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Todos los miedos, el miedo

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Escribió Roberto Luciano Barbeito, catedrático español, en el prólogo al libro El miedo es el mensaje. Riesgo, incertidumbre y medios de comunicación (Madrid, Alianza Editorial, 2004): “La intriga intelectual de Enrique Gil Calvo (el autor del ensayo) lo lleva a preguntarse si el miedo colectivo tiene una base real (entonces se trataría de riesgos reales), o si, por el contrario, es producto de una mera percepción subjetiva (entonces, riesgos percibidos), atribuible quizás a la enorme presión que ejercen las informaciones mediáticas sobre el imaginario colectivo”.

Gil Calvo es un sociólogo doctorado en la Universidad Complutense de Madrid, autor de varios libros y habitual columnista del diario El País. El contenido del ensayo de referencia viene bien en esta semana surcada por acusaciones cruzadas de “meter miedo” entre el Gobierno y la oposición, los medios afines al Gobierno y los medios afines a la oposición, funcionarios de mayor o menor cuantía pertenecientes al partido oficialista, mediáticos de toda laya, periodistas y opinólogos.

Es seguro que ni el prologuista ni el autor hubiesen imaginado que la polémica surgida entre un dirigente de la comunidad homosexual y un estupendo coreógrafo afectado por el VIH, podrían disparar esta suerte de bizarro (por lo grotesco) intercambio mediático que apenas sirvió para poner al descubierto ciertas miserias de estos tiempos y estas pampas. Lo curioso es que en tan extraño debate entre funcionarios del Gobierno (de la Presidenta para abajo, y hasta muy abajo), opositores (de primera línea y de líneas inferiores, muy inferiores) y periodistas (de muy alto rating y del más bajo perfil en todos los soportes de comunicación), la cuestión del miedo al futuro haya sido instalada como una cuestión de Estado.

Esto sucede cuando la sociedad debería recibir mejor y mayor información sobre otras cuestiones que realmente importan, tanto intrafronteras como en el marco de la situación global. Justamente, el citado Barbeito señala que el miedo, tal como lo expone Gil Calvo, tiene mucho que ver con los fenómenos derivados de la globalización. Este párrafo parece escrito para argumentar acerca de lo que viene sucediendo en la Argentina desde hace una semana: “De manera indirecta, la globalización confiere una extraordinaria capacidad a los medios de comunicación de masas para transmitir información con alta frecuencia y a larga distancia (...) Lo peculiar de los medios y de los climas de opinión (que conforman, en definitiva, la opinión pública) es que no sólo transmiten los riesgos reales, sino que también los amplifican, los transforman e, incluso, crean sus propios riesgos. Como consecuencia de todo ello, provocan un estado de alarma colectiva (riesgos percibidos) que no siempre se ajusta a la realidad. Sucede así por la propia naturaleza de la opinión pública, esto es, la de los medios y la de los climas”.

Cierra Barbeito con un párrafo que es, a la vez, advertencia. Vendría bien reflexionar sobre ella cuando se trata de comunicar mediante los medios de prensa (que afortunadamente existen, como existen los periodistas, a contrapelo de las aspiraciones de Cristina Kirchner y Vladimir Putin): “Pero, para alertar eficazmente de los peligros, los medios y los climas, no pueden limitarse a describir la realidad visible (pues es la menos amenazante), sino que también, y sobre todo, deben intentar descubrir, anticipándolos (a veces erróneamente, a veces interesadamente), los peligros provenientes de la realidad cimarrona. De ahí que el trágico destino de la opinión pública en la sociedad global sea el de ser mensajera del miedo colectivo, de un miedo que resulta finalmente ingobernable por el propio carácter emergente de los climas de opinión. Trágico, además, porque, tratando de evitar el peligro, alimenta el miedo y, al alimentar el miedo, alimenta también la sensación de inseguridad que, llegado el caso, puede justificar la limitación consentida de las libertades civiles”.

“Nosotros o el caos”, “nosotros o la corrupción”, “nosotros o la vuelta al pasado”, “nosotros o la pérdida de los derechos y bienes adquiridos”. Nosotros, nosotros, nosotros. Cada vez que los medios se transforman en espejos de esos “nosotros”, dejan de cumplir acabadamente la función para la que están en la sociedad y se transforman en promotores conscientes o impensados de ideas y prácticas que llevan, inexorablemente, a esa “limitación consentida de las libertades civiles”. Y esto es lo peor que les puede pasar a un país y a su pueblo.



jpetraca