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Todos para uno

Hubo un par de cuentos que me dejaron perplejo (en el buen sentido), como el de Juan Gabriel Miño o el de Santiago Clément.

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Comentar antologías se parece a crear estatuas en pastillas de jabón: es un trabajo ideal para gente que dispone de tiempo, pero no del espacio material para la tarea. Como los presos, por ejemplo. Aunque no es una reseña, la dificultad se nota en el prólogo de Raros peinados nuevos. Veinte escritores sub 32 que acaba de editar Eterna Cadencia. Allí, Martín Kohan se ve en la ímproba tarea de decir en menos de tres páginas algo sobre el libro en general y sobre cada uno de los relatos en particular. Complicación adicional: como él es uno de los responsables de la selección (se trata de los premiados en la Bienal de Arte Joven, donde los otros jurados fueron Laura Wittner, Mariano Valerio y Leonora Djament), tanto el balance como el análisis en particular deben ser positivos.

De todos modos, creo que en cualquier circunstancia Kohan suscribiría la frase final de su introducción: “Los cuentos de este libro responden al saber contar, porque corresponden a un saber hacer”. Estoy de acuerdo. Si algo revela esta colección de relatos de escritores jóvenes es un saber hacer, una eficacia, una destreza. Esta competencia en la materia obedece en parte a que la escritura ha evolucionado como lo han hecho el cine, el teatro o la producción de vino.

Hay una tecnología literaria que se ha democratizado, que se ha acercado a mucha más gente. Detrás de ese savoir faire hay un sistema de enseñanza formal e informal que abarca las carreras universitarias y los talleres literarios. La proliferación de esos centros de enseñanza, transmisión y contacto social ha creado un nuevo ambiente para la literatura, en el que la producción alcanza un nivel profesional. De los veinte autores seleccionados, siete estudiaron letras y nueve admiten haber participado de talleres de escritura (es posible que este número sea más grande). Salvo tres, todos han estudiado literatura, cine o teatro.

Sin embargo, no estoy del todo seguro de que éste sea un hecho para celebrar. Leí cuentos originales, como el del casi veterano Blas Rivadeneira, en el que las correcciones de un texto de taller literario sirven para confrontar los nuevos caminos abiertos a los escritores con el vetusto establishment literario tucumano. O el del muy joven Santiago Molina Cueli que, si no entendí mal, satiriza la escritura de vanguardia desde una impuesta torsión del lenguaje. Leí cuentos sólidos, como una fantasía que mezcla droga y política a cargo de Juan Ignacio Sapia. También la historia de un hombre acabado que cuenta Martín Sporleder, la del terminal polígono de tiro suburbano que describe Martín Borches o la compacta narración de una guerra entre el ser humano y los electrodomésticos de Vanesa Pagani, una de las cinco mujeres del lote. Hubo un par que me dejaron perplejo (en el buen sentido), como el de Juan Gabriel Miño o el de Santiago Clément y apenas un par que me dejaron perplejo (en el mal sentido). Pero en esta veintena de narradores competentes me pareció que había demasiado costumbrismo, demasiados relatos sobre niños o adolescentes y poca variedad, tal vez por la propia eficacia de la enseñanza. No podría decir en qué caso estuve frente a una voz o una escritura o si todas las voces son una. Pero tal vez lo mismo valga para cualquier antología de cualquier época y lugar.