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Todos (y todas) somos mortales

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Un sábado por la noche, el sueño de una “Cristina eterna” cedió su lugar estrepitosamente a la única certeza compartida por todos los mortales: el riesgo y la finitud nos atraviesan, irreverentes frente a las jerarquías y a la lucha por el reconocimiento que parecen formar parte de la condición humana. Esa ilusoria promesa de eternidad se derrumbó, cediendo su lugar a la verdad más prosaica. Tal vez porque más allá de las fortalezas del rostro público, persisten, como una espada de Damocles, las debilidades de todo rostro humano.

Memento mori es una frase latina que significa “recuerda que morirás”, acuñada con el fin de advertirnos que, a diferencia de los dioses, a todos, absolutamente todos, nos aguarda un destino mortal. La expresión tiene su origen en una peculiar costumbre de la Roma antigua. Cuando un general desfilaba victorioso por las calles de Roma, lo hacía secundado por un siervo que murmurábale a su oído la letanía: “Recuerda que morirás”, señalándole las limitaciones de la naturaleza humana con el solo fin de impedir que el victorioso incurriese en la soberbia de creerse un dios. Memento mori, debemos repetirnos también nosotros, a sabiendas de que tanto los éxitos como los fracasos son efímeros. Y que la mayoría de las pérdidas suelen ser fugaces. Lo único irrecuperable es el tiempo, el material del cual estamos hechos.

Sin embargo, cuando los acontecimientos se nos imponen desobedeciendo nuestros deseos, cuando la realidad se torna intolerable para un yo que, incapaz de reconocer su fracaso, persiste creyéndose su propia ficción, el inconsciente lo traiciona y se expresa en el cuerpo.

Esta vivencia personal repercutió, esta vez, en el marasmo político nacional. En semejantes circunstancias, se invocó el “estrés” presidencial –un mal legitimado en el imaginario colectivo–, enmascarando tras esa retórica un yo enfermizo que no se reconoce en sus limitaciones. Pero el oportunismo parece no tener límites cuando hace de una enfermedad, un acto de redención: la dolencia de la Jefa de Estado, según se dijo, habría sido la resultante de su consagración a la vida pública. Desde el prisma pragmático de la construcción de poder, la enfermedad se tornó un símbolo del sacrificio personal al servicio de la ciudadanía.

Para el común de los mortales, la esfera pública convive con la esfera privada. Cuando lo que está en juego es la salud presidencial, ésta deviene una cuestión de Estado que no debería ser confinada en el hermetismo de la intimidad. Pues del rostro bifronte de los representantes de la ciudadanía, el perfil que mira hacia su privacidad no puede servirse del secretismo y debe ceder su lugar al perfil público sometido al escrutinio de los representados.

Tal vez la verdadera fortaleza se demuestra cuando se puede asumir su propia fragilidad, reconociéndola a través de su difusión ante una ciudadanía expectante y sabedora que el destino del país depende, en más de un sentido, de esa condición de mortalidad que atraviesa aun a los más poderosos. La concentración del poder nos condujo a que ese destino, siquiera interinamente, recayera en una figura vicepresidencial desacreditada moral y judicialmente que es obligado a tercerizar el poder en el secretario legal y técnico. Desconociéndose los derechos de la ciudadanía y la matriz de la legitimidad política, y con la anuencia y la abulia de las distintas fuerzas opositoras, se maquilla la indisimulable acefalía institucional. Mientras tanto, el poder se ejerce por un ventrílocuo desconocido para el gran público.

La vida humana, remedando al célebre Kant, no tiene precio. Tiene valor. Cuando se trata de una figura presidencial, ese valor trasciende la dimensión de la intimidad. Como personas de bien, honramos la vida. Y como ciudadanos que aspiramos a un fortalecimiento de las instituciones republicanas, celebramos la recuperación de quien tuvo y tendrá en sus manos, durante los próximos dos años, el mazo de cartas que con el que se juega el destino del país.

*Filósofa.



Diana Cohen Agrest