COLUMNISTAS CRUCES ENTRE EL PODER POLITICO Y EL FINANCIERO

Too big to fail

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En uno de los momentos más álgidos de la crisis económica, social y política que vivió la Argentina en 2001 (probablemente la peor crisis financiera e institucional que haya vivido el país en toda su historia, y de cuyas secuelas financieras, políticas e institucionales aún, como vemos, intenta recuperarse, como muestra el irresuelto problema con los holdouts) Kenneth Rogoff, economista en jefe del FMI, apoyó una iniciativa –por entonces novedosa– del equipo económico argentino, comandado por Nielsen y Lavagna, que buscaba una renegociación exitosa de la deuda en default: el postulado básico era que el país podía volver a pagar en la medida en que primero y antes que nada, volviera a crecer. Segundo: que los pagos –el volumen de los pagos– estarían sujetos al volumen de ese crecimiento. Con esta medida se buscó poner los caballos delante del carro, y  no al revés, como sucedió en el país durante mucho tiempo. Un país que no crece es un país que no puede pagar una deuda monumental: tiene otras prioridades.

En medio de una crisis como la del 2001, el país tenía otras urgencias. De allí la prioridad del crecimiento. Esto suponía sin embargo una visión económica y política diferente de la que había imperado en el país en los 90: el financierismo (como lo denomina Ffrench Davis) o el “libertarianismo” (neoliberalismo) supone y supuso entonces que la deuda era lo primero que había que solucionar para volver a crecer, ya que con ese problema irresuelto, se decía, no vendrán inversiones, no habrá crédito: no habrá producción, no habrá crecimiento. Esta lógica de hierro (“nos caemos del mundo”) demostró ser falsa. El país –sin acceso al mercado de capitales– pudo sin embargo, iniciar un largo y sostenido período de crecimiento económico. Es importante aclarar esto porque hoy parecemos volver a encaminarnos, sin advertirlo, a la misma discusión, sin haber aprendido la lección de la última década: el país endeudado de los 90 (para muchos el país “modelo”) era el país que no crecía. El país que renegoció con paciencia su deuda externa fue un país que no obstante creció. Pudo hacerlo. Y aún lo hace. Esto sirve para desterrar el mito de que no pagarle a los fondos buitre (sector minoritario y muy mal visto) puede configurar una “amenaza” real para la estabilidad de la economía argentina. La última década demostró ya que esto no es así.

Puede decirse que actualmente la discusión de fondo, a nivel político, al menos, es otra y es saber, en los albores del siglo XXI, y con el telón de fondo de una crisis financiera global que se extiende desde el 2008 a la actualidad, dónde reside el poder. Qué es lo que significa el poder en una democracia. La lógica de que los bancos de inversión (mercados financieros) son “too big to fail” (muy grandes para caer) ha impregnado el discurso político actual, al punto que todos los gobiernos asumen esta doctrina, nacida en 1984 en EE.UU., como una verdad: nadie pone en tela de juicio que los bancos deben ser “salvados”, aun cuando se demuestra y se sabe que no son víctimas inocentes de la crisis, sino actores que con su especulación y maniobras, muchas veces las producen.

El peso de esta teoría es tal que igual, aun a sabiendas de su responsabilidad, dado su “peso” en el sistema, se los “salva” de todos modos. Entonces es válido reiterar esta pregunta, ¿manda el poder financiero, o manda el poder político? Mandan las autoridades elegidas democráticamente (como creía el liberalismo político) o ya no? (como quieren los libertarians extremos, como Singer).

La pregunta de fondo es qué quedó, en un mundo donde sólo se “salvan” a los bancos (e indirectamente a los fondos de inversión, vinculados a ellos), de la política. Porque esta es la visión de fondo que impregna el discurso legalista de la Justicia norteamericana. Este es el discurso con el que se salva también a los fondos buitre. Es una disputa en la cual se define si las democracias serán vaciadas de su contenido.
El problema es cómo se (re)define la doctina del “too big to fail”. Parece que los too big to fail no son ya, como se pensó siempre, los propios Estados.

*UBA-Conicet / Becario de la OEA / Profesor visitante de la Freie Universität, Berlín.



Guido Lonardo Croxatto