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Tratado sobre la respiración

En la última película de Mad Max hay una escena clave.

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En la última película de Mad Max hay una escena clave. Después de una larga persecución donde Max y varias chicas que comanda Charlize Theron escapan a través de una tierra arrasada en busca de un vergel donde vivir, llegan a la conclusión de que no hay ningún vergel, ninguna casa a donde ir, nada. Y Mad Max dice: “Lo que tenemos que hacer es volver hacia atrás”. Es decir, producir el movimiento que hace el DJ cuando hace scratching con un disco. Volver para atrás significa enfrentar a los tipos que los venían persiguiendo y a los que habían dejado atrás. Es volver a enfrentar los problemas, las dudas, alejarse del confort y atravesar el camino del dolor para resurgir en un territorio extraño.

Esa misma decisión tomó Romina Paula a la hora de montar Cimarrón, su última obra que vi hace unos días en un teatro en La Plata y que ojalá se pueda ver en breve en la capital. ¿Qué es Cimarrón? En principio una obra aparentemente sin hilo conductor, que trabaja en contra de la eficacia conclusiva y que pone en boca de tres actores –Agostina Luz López, Denise Groesman y Esteban Bigliardi– textos de Paula, Rilke y Luciano Lamberti.

Desde sus comienzos, cuando puso en escena poemas de Viel Temperley, Romina Paula trabajó versionando textos ajenos. Tiene esa manera particular de ser profundamente original. Heidegger decía que ser original era simplemente “querer”. Entonces en Algo de ruido hace se mete con la intrusa de Borges y en El Tiempo todo entero produce un cover de El zoo de cristal, de Tennessee Williams. Estas historias que le dieron prestigio y un publico fiel ahora son subvertidas en Cimarrón. El cimarrón es un animal que se vuelve salvaje. Romina Paula es una directora que se animaliza y parece tener la necesidad de sacar a su “público” de los asientos confortables. Uno tiene la sensación de que la obra es un misterio para ella. Los actores dicen los textos, los actores bailan con movimientos pequeños, mínimos e inolvidables. Está la chica cowboy, el hombre que parece un muñeco de torta o el Principito, la chica que pinta un cuadro hermoso e inquietante. Los tres se cruzan en un escenario implorando por un sentido para nuestras vidas. Y sin embargo, si uno se baja de la obligación capitalista de entender, algo empieza  a sentir en uno. Algo que nos acompaña desde que nacemos y pocas veces se activa.

La obra empieza a funcionar cuando te vas del teatro, a lo largo de los días, en medio del tedio laboral, de las obligaciones de la paternidad, cuando estamos sostenidos a la roldana que sube y baja el día logrado o no. Hay pocos directores y dramaturgos que trabajan en contra de su habilidad. Cimarrón es una obra que respira, una columna de aire en la noche de nuestro teatro.

Y Romina Paula es igual a su respiración.