COLUMNISTAS PASADO Y PRESENTE


Trauma argentino

El relato de los años violentos sigue dividiendo aguas, mientras por la economía se devalúa la imagen de Macri.

 CUESTA ABAJO Carlos Gardel
CUESTA ABAJO Carlos Gardel
Foto:Pablo Temes
El pasado que vuelve. Cuando la lúcida periodista austríaca Gitta Sereny analizó a la sociedad alemana de posguerra en su relación con el nazismo, observó que la mayoría evadió toda responsabilidad en esos fatídicos sucesos y de allí la dificultad para debatir qué había pasado en esos años. Ella denominó esta situación como “El trauma alemán”. ¿Se podría, salvando las distancias, observar la relación de los argentinos con los 70 como “El trauma argentino”? Las dos narrativas que interpretan esos años son bien conocidas. Una sostiene que las agrupaciones militantes, en armas o no, eran jóvenes idealistas que fueron masacrados por las fuerzas armadas en un accionar ilegal y planificado. Desde el otro lado se sostiene que existía una guerra no declarada entre dos ejércitos en combate: la guerra sucia. En una versión más cruda los militares habrían sido héroes al combatir a la “subversión apátrida”, cometiendo “algunos excesos”.
 
Sin bien ninguno de los relatos disponibles se sostienen estrictamente con las pruebas de la historia, estas miradas antitéticas son irreductibles, y no admiten un final. Con Cristina Fernández de Kirchner, varios dirigentes de derechos humanos tuvieron un espacio protagónico fuera de su rol original de búsqueda de justicia. Con el triunfo del macrismo la situación cambió, porque desde el nuevo gobierno se rechaza la primera interpretación, y se desconfía de los organismos de derechos humanos. Macri prefiere honestamente no hablar del tema porque intuye que su intervención le traerá dolores de cabeza, sin embargo, no lo podrá evitar como pudo registrar en la entrevista con BuzzFeed, porque como trauma tenderá a resurgir en lugares impensados.

Es la microeconomía, estúpido! El nuevo escenario económico impacta ya en los hogares argentinos, cuando una combinación de factores confluye en la pérdida de poder de compra de los ingresos. Los incrementos generalizados de los precios y unas paritarias pensadas para un target de inflación de un 25% –cuando los cálculos para el año casi lo duplican– producen un descalabro de los presupuestos familiares. 

Los gastos de los hogares han cambiado desde los 90, pues si bien se siguen segmentando por nivel socioeconómico, una familia de clase media debe agregar a los gastos tradicionales (alimentos, luz, gas, expensas, transporte, indumentaria, combustibles si hay un auto, etc.). importes que provienen de “nuevos” consumos, como pagos a escuelas privadas, medicina prepaga, cable, wi-fi, telefonía celular, etc.). Los hogares han privatizado sus consumos donde antes se utilizaban servicios estatales, y sólo pensar que cada miembro del hogar posee su propio teléfono celular, es un indicador de los tiempos que corren. Esta canasta ampliada se sostuvo durante el kirchnerismo con la incorporación de nuevos aportantes al hogar, la actualización de los ingresos al ritmo inflacionario y unas tarifas de servicios públicos subsidiadas. Previendo el incremento de esas tarifas –ahora postergado por la decisión de la Corte Suprema–, las familias cortan gastos comenzando por los “prescindibles”, como salidas, indumentaria, renovación de vehículos y artefactos del hogar. También se observa una reducción en gastos de alimentos, donde los sectores más humildes suprimen consumos de carnes, frutas y verduras, entre otros. La caída de la actividad económica se expresa en diversos indicadores, pero la inflación no cede: la cadena productiva ajusta por precio el descenso de las ventas, en el extraño modelo económico argentino. Estos cimbronazos tienen una evidente relación con el descenso a lo “planeador” de la imagen de Mauricio Macri, quien ha puesto el cuerpo a la situación, esperando un 2017 más estable y con crecimiento, fuera del optimismo estridente de inicios de mandato.

El juego electoral. Aunque para la mayoría de los argentinos 2017 está infinitamente lejos, los políticos ya comienzan a pensar en las elecciones de medio término, que desde 2009 han demostrado ser cementerios de oficialismos. Los faros principales apuntarán a la provincia de Buenos Aires y la posible postulación de Cristina. El encuentro de la ex presidenta con Daniel Scioli sorprendió a propios y ajenos porque la percepción generalizada era que CFK transitaba hacia una radicalización desde el aislamiento político. Esto impulsará a los otros actores a jugar sus mejores cartas para mantenerse en un juego que tiende a la polarización. El macrismo aspira que por la vía del PJ se multipliquen las listas, con la expectativa de sostener el tercio de los votos. También deberán atenderse los cambios en el sistema electoral que no suelen ser inocuos.

Sin embargo, para el oficialismo, las preocupaciones estarán en la Ciudad de Buenos Aires, baluarte que no admite una derrota y donde la situación tiende a complicarse. Por una parte, la gestión de Rodríguez Larreta muestra las dificultades de la era pos-Macri. A la complejidad de organizar las múltiples fuerzas de seguridad, se le suma una desorganización en las obras públicas y sistemas de recolección de residuos que no parecen dar respuesta a los problemas de sus habitantes. Luego, la discusión por el incremento de las tarifas de los servicios públicos cobró un sesgo antiporteño, buena parte de su justificación se basó en los privilegios que tendrían los habitantes del territorio que es el portaaviones electoral del PRO, sin percibir que la Ciudad es un lugar caro para vivir (baste comparar el costo de la canasta bastante más cara que en otros lugares del país). El PRO porteño gana elecciones en la Ciudad desde 2005, y debe buscar candidatos atractivos, pero se asoman las internas de quienes intuyen que no habrá reelección para Rodríguez Larreta. Finalmente, tanto Martín Lousteau como Sergio Massa leen que se abrirá un espacio para cooptar a los desencantados de Cambiemos, a los votantes independientes “progres” que prefieren sufragar equilibrando los poderes, y a los kirchneristas que probablemente no tengan a quién votar.  

*Sociólogo y analista político
(@cfdeangelis).