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Trece millones tienen nombre y apellido 

Male no va a la escuela. Tiene 10 años y participa los sábados de un taller de apoyo para al menos aprender a escribir su nombre.

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Male no va a la escuela. Tiene 10 años y participa los sábados de un taller de apoyo para al menos aprender a escribir su nombre. Su sueño es saber sumar y restar. Al apoyo escolar va, también, para poder desayunar con sus dos hermanitos. Ellos tampoco están inscriptos en una escuela. Viven los tres con sus papás en una casita donde no tienen agua caliente. No son los únicos. En el barrio también está Mabel, la mamá de Brian, que con su avanzada edad y sus problemas de salud sale igual todos los días a vender café con leche por las estaciones de la ciudad desde la madrugada hasta la noche para mantener a sus hijos. A pesar de que vuelve con los pies colorados, nunca le alcanza ni para un bife ni para las zapatillas. De vez en cuando la internan. Y apenas le dan el alta agarra su carrito y vuelve a salir. Fabiana directamente se resignó a tener todo en contra, bajó los brazos y cayó en el paco. Nati, su hija de 7 años, sí va a la escuela, cuando hay clases, y también los sábados al apoyo escolar para aprender y desayunar. A ese taller iban Josi y Mica, que vivían en el barrio hacinados en un cuartito con toda la familia. Pero no fueron más. Sus papás perdieron el trabajo y se quedaron en la calle. Contando y contando se llega a trece millones.

Argentina es una fábrica social de pobres. Y la culpa es de todos. Quizás desde el momento en que decidimos ser un país injusto. Hannah Arendt decía que el requisito de toda civilización es la decisión colectiva de vivir juntos. Porque antes de la Constitución, de los poderes políticos y de los catálogos de derechos y obligaciones, es necesaria la resolución clara y precisa de vivir en comunidad que, como tal, requiere algunos compromisos. Cuando tomamos la decisión de distribuir inequitativamente nuestros recursos aceptamos la exclusión y con ella su rasgo principal, que es la fragmentación en múltiples comunidades que ya no son parte de una nación. A partir de esto cualquiera de las políticas públicas que no tengan en cuenta esta decisión serán migajas.  El 8 de septiembre de 1944, Albert Camus le decía a una Europa en guerra: “La dura y maravillosa tarea de este siglo es edificar la justicia en el más injusto de los mundos, y salvar la libertad de esas almas destinadas a la servidumbre desde su comienzo”. La tarea en el siglo XXI en nuestro país es recomponer los lazos sociales a partir de una igualdad relativa, que Camus llamaba justicia, para evitar la condena de grandes mayorías a la pobreza extrema que en palabras de Camus sería “la servidumbre”.

      La decisión de tener un país injusto fue acompañada de un formato institucional que cada día ratifica y renueva esa decisión. La Justicia que castiga la pobreza. El Poder Legislativo que legisla nominalmente y el Ejecutivo que a veces la subsidia o la utiliza. Por eso el desafío no es sólo prometernos vivir juntos sino impregnar las instituciones de ese sentido para que el aparato estatal lleve a la práctica esa decisión de construir una sociedad más igualitaria. La pobreza estructural responde a una decisión colectiva: excluir y naturalizar esa exclusión. Alexis de Tocqueville se sorprendió cuando fue a Estados Unidos porque la igualdad no era impuesta por la ley sino que había sido construida socialmente y recogida por la Constitución. Así como se construye la inequidad, también se construye la igualdad.

     En definitiva, tenemos el país que decidimos construir. Y como un leitmotiv, las historias de Male y sus hermanitos que no van a la escuela o la de Mabel que se desloma trabajando en la calle y nunca le alcanza ni para un bife se repiten una y otra vez. Con cada momento histórico. Con cada gobierno. Con cada cambio de estación.  Pero como decía Sartre en su segunda versión, estamos condenados, pero aún en las condiciones más extremas siempre hay un margen de elección. Los argentinos podemos volver a elegir qué civilización queremos construir.

   

*Periodista.

Coautora de La cara injusta de la justicia.



Catalina de Elia