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Tres historias convincentes

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En 1952, cuando apareció su primer libro, Los esclarecedores del porvenir, el poeta ruso Evgueni Evtuchenko entró en la librería de un amigo. Quería ver su libro expuesto al lado de los maestros, Maiakovski y Pasternak. Y allí estaba. Repentinamente, entró un joven, con la urgencia de quien entra a buscar un medicamento a una farmacia. Buscó el estante de poesía y se puso a hojear un ejemplar de su libro. Evtuchenko estaba helado, atento y expectante. El librero creyó conveniente una mínima recomendación, y dijo algo sin importancia, algo del estilo: “Ese que tiene en la mano es un buen libro”. Pero el joven, después de haberle echado una ojeada, volvió a poner el libro en su lugar.
—No es lo que busco –le dijo al vendedor–. Quiero regalarle un libro a una amiga que quiere matarse. No me sirve.

Evtuchenko salió a la calle cubierta de nieve. Y sintió vergüenza, por su libro, por él mismo, por todo el mundo. Llegó al puente de Moscova y se detuvo a fumar. En el bolsillo, su mano encontró el fajo de billetes que había recibido por su libro, y lo arrojó al río. El viento se llevó los billetes. Es así como uno se libera del salario de sus mentiras. En esos casos, uno se siente un poco mejor con los bolsillos vacíos.

El gato de Juan Rodolfo Wilcock hablaba italiano. Probablemente acataba las órdenes dadas con furia en castellano, pero a la hora de meditar recurría al dialecto toscano. Gigi Proietti, un actor cuyo rostro todavía puede verse en la RAI encarnando el papel del Maresciallo Rocca, había ido a verlo para hablarle de una versión del Fausto de Christopher Marlowe.

Estaban en su casa, en Lubriano, cerca de Roma. Wilcock estaba hablando cuando de pronto el gato abandonó el lugar en donde descansaba y atravesó la habitación diciendo claramente:
—Me voy. Estos tipos me aburren.
Wilcock prosiguió su charla como si nada hubiese ocurrido. Pero Proietti había quedado verdaderamente impresionado. Se podía esperar cualquier cosa de Wilcock, cualquier calamidad, pero no que su gato hablara.
   —Perdón –interrumpió–, hace un momento vi pasar a un gato...
   —Sí –respondió Wilcock–, es mi gato.
   —Eso ya lo sé –volvió a insistir Proietti–, pero... ¡habló!
   —Sí –respondió Wilcock–, es raro: no suele hablar delante de gente que no conoce. Como le estaba diciendo, Fausto...

Alejo Carpentier era diplomático en París (a la que Carpentier siempre llamaba Pagrís), y durante la grabación de una entrevista en un programa de televisión una pared de utilería se vino abajo y se partió por la mitad, haciendo un ruido horrible. Un testigo (que casualmente se llama Rogelio París, y a quien Carpentier siempre llamaba Pagrís) dice que Carpentier no soltó un irreprimible “¡cagajo!”, sino un “¡carajo!” bien audible y bien cubano. Perdió la egre cuando perdió la compostura.



Guillermo Piro