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Tres tristes testamentos

En el festival de Mar del Plata que hoy termina vi tres películas que pueden pensarse como testamentos.

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En el festival de Mar del Plata que hoy termina vi tres películas que pueden pensarse como testamentos. Una de ellas se llama Visita ou memorias e confissões, de Manoel de Oliveira. El director tenía 72 años y no pasaba por un buen momento. Su cine era censurado y rechazado, los obreros habían tomado la fábrica de su familia después de la Revolución de los Claveles y, lleno de deudas, acababa de vender la casa en la que transcurre la película y donde él aparece como un fantasma. En ella hace un balance de su vida para ser exhibido después de muerto, a la manera de las Memorias de ultratumba, de Chateaubriand. La ironía es que Oliveira viviría hasta los 106 años y antes de morir filmaría veinte películas más por las que sería apreciado como uno de los grandes maestros del cine contemporáneo.

Para Oliveira, un conservador, el pasado es la historia de su familia, de sus antepasados y de sus hijos, de alegrías y desgracias domésticas, una historia de bodas, nacimientos y funerales. No es eso lo que buscan los hermanos Pierre y Vladimir Léon en Nissim dit Max cuando interrogan a su padre Max Léon, un comunista francés que combatió en la Resistencia y pasó muchos años en Moscú como corresponsal de L’Humanité, el diario del partido. A diferencia de Oliveira, Max Léon moriría ocho días después del rodaje, a los 78 años. En la película habla por primera vez abiertamente con sus hijos de sus objeciones a la línea oficial del PCF. Como para muchos comunistas, el dilema de su vida fue cómo procesar los crímenes del régimen soviético que desmentían el más bello de los sueños colectivos: una sociedad fraternal sin explotadores ni explotados. La desgarrada conciencia de los comunistas, especialmente de los que intentaron aceptar la verdad sin refugiarse en la negación ni el cinismo, es de una intensidad dramática sin equivalentes modernos.

No hay manera de procesar esta contradicción y vivir dentro del sueño. La tercera película-testamento, Socialismo, de Peter von Bagh, habla de él y de su historia desde la Comuna de París. Von Bagh fue un notable cineasta, crítico y cinéfilo finlandés. Enfermo de cáncer, terminó antes de morir en 2014 un homenaje a ese anhelo colectivo sin rivales: el patriotismo es confuso, la ambición de riqueza es masiva pero silenciosa, la democracia y la libertad sólo convocan a las multitudes en circunstancias particulares, mientras que el comunismo supo ser un camino infinito e iluminado. Von Bagh ilustra la euforia del sueño comunista con canciones militantes y fragmentos de la historia del cine. Pero lo que parece un himno bolchevique vacila en un momento y empieza a hablar de los horrores de Stalin y sus émulos para terminar preguntándose si el amado y admirado Lenin, de haber vivido lo suficiente, no sería recordado hoy como el mayor verdugo. La película intenta resolver el dilema mediante una conclusión sorprendente, la de que el comunismo no fue eficaz para hacer progresar a los pueblos, pero que el cine fue insuperable a la hora de construir las imágenes que simularon o prometieron ese progreso. La monumental obra roja incluye tanto el hiperbólico cine de propaganda soviético como al hombrecito desamparado frente al capitalismo de Chaplin y a Henry Fonda diciendo “We are the people” en Viñas de ira de John Ford.