COLUMNISTAS PARTE I

Tribula lo que la izquierda dejó

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El término “izquierda” nació en la Asamblea Constituyente francesa de 1789 que discutió sobre la prerrogativa del rey de vetar sus leyes. Los que querían mantenerla se sentaron a la derecha del presidente, los defensores de la democracia a la izquierda, y desde ahí se llamó “de izquierda” a quienes defendían ideas avanzadas y “de derecha” a los arcaicos. La Revolución creía en la igualdad, decía que el poder no pertenecía a familias escogidas por Dios y no era propiedad de un matrimonio y de sus hijos sino que residía en la voluntad popular. Decían que no existían iluminados, dioses vivientes, razas o nacionalismos que pudieran volver a los seres humanos mejores que otros.
El Siglo de las Luces movilizó a intelectuales, literatos y políticos ilustrados que creían en la idea de progreso. Se publicaron las novelas de Dickens y Mark Twain con contenido social y las premoniciones científicas de Julio Verne, en medio de una espiral de progreso tecnológico que empezó con la electricidad y la máquina de vapor y siguió con los trenes y una constelación de inventos como el telégrafo. Las exposiciones universales reunieron a intelectuales, políticos e industriales. Fueron los “Davos” de esa época. La primera exposición se realizó en Londres, coincidiendo con la fundación de la Internacional Comunista y la más espectacular fue la de París, en 1889, cuando nació la Segunda Internacional Socialista.
Se desataron las utopías futuristas. Saint Simon soñó con un mundo unificado por una red de trenes y canales y Fourier, con una utopía sexual.  Hacia 1850, Europa se conmovió por los desajustes provocados por la Revolución Industrial unidos a las pestes que acabaron con la papa en Irlanda y asolaron las vides del continente. Hacia 1850 se desató una hambruna que provocó la mayor emigración de la Historia. Millones de europeos cruzaron los océanos y formaron naciones como los Estados Unidos, Canadá, Nueva Zelanda, Australia, Argentina, Uruguay y Chile. Fue cuando Marx escribió pensando que a los trabajadores sólo les quedaban su prole y sus cadenas. La noción de izquierda sumó entonces, a las ideas liberales, la inquietud por la justicia social.
La revolución soviética de 1917 inició lo que Hobsbawm llama el “siglo XX corto”. Cuando se instauró la dictadura de Stalin, la concentración del poder, el fin de la libertad de pensamiento, y la mentira sistemática de la prensa militante culminaron con los procesos de Moscú. Stalin persiguió a la élite revolucionaria y asesinó a cientos de miles de personas acusadas de revisionistas. Intelectuales que habían simpatizado con el comunismo como Bertrand Russell, George Orwell y Arthur Koestler rechazaron al stalinismo y fueron críticos del sistema soviético. De pronto, quienes defendían la libertad pasaron a ser desviacionistas pequeño burgueses y los defensores de la tiranía “de izquierda”. Pasó otro tanto con China. El maoísmo provocó la muerte de 65 millones de personas, alentó a los Khmers rojos que mataron a un tercio de la población de Cambodia, patrocinó a la estrambótica dinastía Kim en Corea del Norte e inspiró a Sendero Luminoso. Pero en nombre de la verdad militante, defender los derechos humanos fue de derecha y defender el genocidio “de izquierda”. El ejército soviético reprimió al pueblo húngaro y al checoslovaco y el Partido Comunista ayudó a combatir al Mayo francés. Fue demasiado para pensadores como Roger Garaudy, Andre Gorz y Eric Hobsbawm, quienes criticaron los abusos soviéticos y fueron purgados de la izquierda. No defender mentiras evidentes era ser de derecha. La verdad era lo que convenía al partido.
El mundo se vino abajo para quienes vivían de esos mitos. Louis Althusser, el último profeta del marxismo, estranguló a su mujer y terminó en el manicomio en 1980. Nicos Poulantzas se suicidó lanzándose del piso 22 de la Torre de Montparnasse abrazado de sus libros. En 1989 se derrumbó el Muro de Berlín y con él una forma de definir la izquierda.

*Profesor de la GWU, miembro del Club Político Argentino.



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