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Trump II: Era para ganarle al comunismo

Lo que Trump hoy observa en el empleo de una parte de los trabajadores norteamericanos es la consecuencia de corto plazo de la globalización.

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Febrero de 1972. Nixon con Mao, rodeados de Kissinger y Zhou Enlai (el jefe de Deng Xiaoping, padre del capitalismo chino): comienzo del fin de la ex Unión Soviética.
Febrero de 1972. Nixon con Mao, rodeados de Kissinger y Zhou Enlai (el jefe de Deng Xiaoping, padre del capitalismo chino): comienzo del fin de la ex Unión Soviética. Foto:cedoc

Continúa de ayer: “Trump I: ¿El ALCA era a favor nuestro?

Habría sido increíble en el año 1999, cuando los movimientos antiglobalización hicieron su gran bautismo de fuego juntando cincuenta mil manifestantes en Seattle –donde se realizaba la Cumbre de la Organización Mundial de Comercio–, o en 2001, cuando se creó el Foro Social Mundial para protestar porque la globalización sólo beneficiaría a los países ricos, que hubiera sido un presidente norteamericano quien hubiera tomado con más fuerza la bandera antiglobalización. El mundo está al revés, o lo estaba.

Quien hoy enarbola la idea de cobrarles a las multinacionales un impuesto por transacciones internacionales, como si fuera la Tasa Tobin para desarrollar al Tercer Mundo, es el nuevo presidente norteamericano; y en su caso, para que Estados Unidos sea grande otra vez.

No es Bono, ni Naomi Klein, ni Michael Moore ni Noam Chomsky: es Donald Trump la voz que se alza sobre todas para criticar el libre comercio. El año pasado me tocó entrevistar a Chomsky cuando él todavía esperaba que quien resultara el presidente disruptivo fuera el demócrata de izquierda Bernie Sanders, pero al llegar al aeropuerto de Boston ya surgió la primera señal de lo que sucedería: el maletero que llevó nuestros equipos hasta el auto que nos conduciría al Massachusetts Institute of Technology, en Cambridge, nos dijo: “Yo votaré por Trump”.

Para que 500 millones de chinos salieran de la pobreza, 50 millones de norteamericanos empeoraron sus vidas

Es como si fuera Trump quien mejor hubiera leído el libro Imperio, de Antonio Negri y Michael Hardt, y fuera él quien viniera a luchar contra el concepto posmoderno de imperialismo, donde no es a los Estados más poderosos sino a las corporaciones multinacionales a las que hay que combatir. Y en el caso de Trump, para restaurar el viejo orden moderno dejando obsoletos a los filósofos posmarxistas que dominaron la escena cultural de los últimos 25 años tras la caída del Muro de Berlín y, con él, del comunismo.

Trump, el Brexit y Le Pen en Francia –probable ganadora de las elecciones de mayo próximo, y quien podría sustituir a Angela Merkel en las elecciones alemanas de agosto próximo– vienen a concluir el orden posmoderno tratando de reinstalar el orden moderno, pero ya sin la ex Unión Soviética como amenaza.

Para comprender mejor la globalización, es necesario retrotraerse a las armas utilizadas por Estados Unidos y sus aliados europeos para ganar la Guerra Fría. Que no fueron sólo los avances militares en el uso del espacio y la superioridad bélica sobre la defensa rusa que consiguió Reagan sino, tanto o aún más, la guerra comercial contra el comunismo económico que inició Nixon con su histórica visita a China en 1972, promoviendo el ingreso del capitalismo a dicho país y dando comienzo a la era de globalización que hoy conocemos.

En su viaje, Nixon cambió el mundo: arrancó a China de la economía de la escasez, abriéndole el mercado occidental para convertirla en una próspera productora-exportadora. El progreso económico de China la hizo abandonar el comunismo económico. La misma receta que se había utilizado en la Europa de post Segunda Guerra para derrotar a los partidos comunistas europeos creando el Estado del bienestar, que les permitió a los partidos socialdemócratas vencer a los comunistas.

El precio que Estados Unidos tuvo que pagar para que 500 millones de chinos salieran de la pobreza y multiplicaran sus ingresos por cien fue empeorar el nivel de vida de 50 millones de sus habitantes, que se concentran en los estados industriales del centro del país y que votaron ahora mayoritariamente por Trump.

El libre comercio no es el gran reto: en sólo dos décadas, la mitad de los trabajos se reemplazarán con máquinas

La globalización fue “militarmente” muy exitosa para vencer al comunismo, y probablemente esta reacción actual de las economías más ricas de la OTAN contra la globalización sea un síntoma de que la tarea de demoler al comunismo ya fue concluida. Y, terminada la “guerra”, que ahora el Plan Marshall de desarrollo e infraestructura lo precise el propio Estados Unidos.

Casi la mitad de la población del planeta se sumó al capitalismo y al mercado mundial produciendo una redistribución de la renta a favor de ellos. Lo que Trump hoy observa en el empleo de una parte de los trabajadores norteamericanos es la consecuencia de corto plazo de la globalización y su efecto secundario. Pero el próximo gran reto del capitalismo será la robótica: otro profesor del Massachusetts Institute of Technology, el director de su Centro de Negocios Digitales, Erik Brynjolfsson, pronostica que en las próximas dos décadas la mitad de los trabajos que hoy existen serán sustituidos por máquinas. Cada época tiene su desafío.