COLUMNISTAS NUEVO ESCENARIO

Trump impacta en Macri

El Gobierno debe estar preparado para los escenarios posibles. Las medidas que puede tomar EE.UU. El rol del peronismo.

‘DE LA GORRA’
‘DE LA GORRA’ Foto:Pablo Temes

La victoria de Trump no es una buena noticia para la Argentina ni para el Gobierno. No porque a uno pueda no gustarle Trump, sino por las ideas que representa y enunció durante su campaña y sus implicaciones para nuestro país.

En el plano electoral, el inesperado triunfo de Trump encierra algunas lecciones para ser tomadas en cuenta. Independientemente del problema de los pronósticos, una enseñanza de los últimos resultados electorales que sorprendieron al mundo en distintos países es que los sectores sociales cuyas expectativas se ven frustradas son un factor decisivo; quien encarna una respuesta a ellos que resulta confiable para la gente que los sufre es visto como una buena opción electoral, por mucho que contradiga otros valores socialmente aceptados. Cuáles son las expectativas frustradas que pueden movilizar el voto no es algo que puede ser deducido de ninguna teoría. Tampoco son evidentes para el observador común, por lo que muchas personas se equivocan definiendo las prioridades sociales. Los candidatos y sus asesores deben investigarlo, y para eso las desacreditadas encuestas de opinión siguen siendo un instrumento indispensable.

En la Argentina lo hemos visto varias veces en las últimas tres décadas. Primero fue el tema de la inflación; después, el desempleo. Por momentos no hay un tema dominante capaz de dividir fuertemente el voto; entonces, éste se dispersa.

 A veces, un tema con esa potencialidad reúne a una magnitud menor de votantes y no alcanza para definir una elección; ése fue el caso del cacerolazo en 2001. Actualmente no se detecta un tema dominante capaz de segmentar tan fuertemente a la sociedad; un aumento del desempleo o una caída abrupta de la actividad son candidatos indudables, pero la situación en esos planos no ha alcanzado ribetes dramáticos.

Antiguo. Trump no es un “igualitarista”, es más bien un “productivista” anticuado. No tiene nada en contra de los ricos ni en contra de que éstos ganen más; sólo espera que produzcan más y generen empleo.

 En esto, su visión es distinta a la del papa Francisco y de los populistas de estos tiempos. No propone aumentar los impuestos ni una estructura tributaria más progresiva. Su discurso lo aleja del “modelo” de innovación tecnológica que explica en gran medida el crecimiento económico de estos años –el cual genera desigualdad distributiva, acentuando la brecha entre ganadores y perdedores–.

Lo votaron los obreros y la población de cuatro estados que son emblemáticos de la fuerza industrial norteamericana del siglo XX, hoy en declinación; no lo votaron los jóvenes millennials ni los emprendedores que lideran las innovaciones tecnológicas. Está claro que son dos países distintos.

Si el enfoque de Trump funcionará o no todavía no lo sabemos. Por lo pronto, hay que esperar para conocer mejor cuál es ese enfoque. Los discursos de campaña electoral no son una buena guía. Pero lo sabremos muy pronto.

El impacto sobre la Argentina es una preocupación obvia. Puede venir por el lado de un aumento sensible de la tasa de interés, por restricciones comerciales, por el espíritu que imprima a la relación. Su buena sintonía con la Rusia actual puede llevar a una situación mundial más distendida; pero a la vez si Putin consigue llevar a Trump a definir un escenario geopolítico completamente distinto al vigente, eso puede complicar los actuales precarios equilibrios mundiales y afectar mucho la relación de Estados Unidos con sus aliados tradicionales –los europeos, algunos países del Medio Oriente y el sudeste de Asia–. Eso no resultará irrelevante para el futuro de nuestra región.

La Argentina se apresta a redefinir su relación con Washington. Estábamos muy jugados a un triunfo de Hillary. Cuánto eso le importará a Trump y a su gobierno todavía no lo sabemos. Ahora se especula con un tenue vínculo que Macri estableció con Trump, al margen de la política, hace años. Es poco para establecer una relación profunda si no hay una estrategia aceitada. La presunción es que habrá en Washington un gobierno poco amigable, a partir de las ideas proteccionistas de Trump y a partir de los antecedentes que un gobierno republicano tomará necesariamente en cuenta.

Deberemos estar preparados para diversos escenarios. La Argentina debería buscar fortalecer sus lazos con los países del continente –especialmente del Mercosur pero también México– para negociar como bloque, tornando más costoso para Washington modificar el actual statu quo. En un mundo que tiende a revertir la tendencia a la hiperglobalización será imprescindible el fortalecimiento de vínculos bilaterales por afuera del vértice de ese mundo.

El peronismo, que trata de superar sus divisiones –aunque no es para nada seguro que lo consiga antes del año próximo–, tendrá que redefinir aún más sus propuestas para el país actual. Si se acepta la gruesa división del espectro político entre quienes ponen por encima de todo a “la pobreza” y quienes privilegian “el aumento de la producción”, por cierto el papa Francisco es el líder (espiritual, pero más que eso) del primero.

El triunfo de Trump es también un contraste para Francisco; puede desbaratar sus esfuerzos por la reconciliación con Cuba y la paz en Colombia. Trump está también del lado de la prioridad a la pobreza, pero no con asistencialismo, sino con la idea de promover las industrias de su país a través de una economía más cerrada. Además, su fuerte postura antiinmigrantes contradice el mensaje papal.

En temas relacionados con la seguridad, Trump no es un garantista, pero sí un defensor de la tenencia de armas por parte de civiles –lo que implica, obviamente, justicia por mano propia–. El mundo que le gusta no es el que le gusta a Francisco, de eso no hay duda, aunque tal vez esté menos alejado de la visión del Papa que del mundo ideal de los liberales (los de mercado y los progresistas).

El peronismo puede desplegar algunas cartas que podrían facilitar un entendimiento con Donald Trump, ayudando a una mejor relación con el gobierno norteamericano que viene.