COLUMNISTAS EL PAIS SE ENCANDALIZA, LA PROVINCIA NO

Tucumán: depravados estructurales

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Remota respecto de puertos y mercados centrales, y empobrecida por el histórico déficit de federalismo y el crónico exceso de corrupción, Tucumán reúne los requisitos de pariente lejano del gran público que reside más allá de la región feudal argentina, también llamada el Norte Grande.

Esa distancia acaso explique el estupor ante las escenas de urnas quemadas, tiroteos, gendarmes heridos y clientelismo desembozado en los comicios del domingo; seguidas de la feroz represión del lunes contra la marcha de ciudadanos que reclamaban elecciones libres de delitos. Pero para los locales no hay, en la violación del derecho humano a elegir y ser elegido, sorpresa. Y lo más importante: para nadie esta violencia debería ser considerada increible. Creer que las aberraciones democráticas de Tucumán son “una locura” es el peor trámite que puede darse a los flagelos del populismo decadente. Hay una lógica depravada, pero estructural.

Claro que el estallido de la violencia es escandaloso. Siguiendo el razonamiento de Zizek, esa violencia perturba por su condición de subjetiva. Por ser cometida por individuos identificables. Con nombre, domicilio y madre. Horroriza que haya policías disparando balas de goma y gases lacrimógenos contra niños, mujeres y ancianos que repudiaban la comisión de todos los delitos electorales conocidos, porque no hay una Policía que proteja de la Policía.
Por lo mismo, alarma que haya políticos que en plena votación entregan bolsas con alimentos, pero no sólo por la compra de voluntades, sino por la desnaturalización de la representatividad que ese hecho trafica. Esos dirigentes liquidaron su compromiso con los electores: en adelante, sólo representarán sus propios intereses.
Toda esa violencia subjetiva se gestó en un ambiente de dilatada violencia simbólica. Aquí, ese es el idioma del poder. Pero como Tucumán se empecina en lejanías, esas violencias son tomadas en el orden nacional como meros exabruptos. Son mucho más que eso. Beatriz Rojkés de Alperovich es exponente de esas acciones. Es noticia por responder denuncias de fraude con metáforas que banalizan la violencia de género. Pero en su memorial de agravios, marzo fue inolvidable. Media provincia estaba bajo el agua y un inundado le exigió soluciones. “Yo tengo diez mansiones”, “vago de miércoles” y “pedazo de animal” fueron las respuestas. El Gobierno fue resignificado en ese insultante desprecio.
Esa violencia simbólica no puede ser subestimada: en ella está representada la madre de todas las violencias. Es el síntoma del violentísimo sistema político y económico heredado, consolidado y expandido por el alperovichismo. La violencia objetiva del régimen, en el plano político, se estampó en la Constitución de 2006. El Ejecutivo es más importantes que los otros poderes (hacen falta más votos legislativos para destituir al gobernador que a la Corte). Y se forjó una Ley de Lemas maquillada (el “Acople”): en Tucumán están reconocidos 503 partidos. Para disputar los 345 cargos electivos hubo 25.500 candidatos. En San Miguel de Tucumán (con 600 mil habitantes) el partido más votado tuvo 30.000 votos. Un delito de lesa representatividad.
En simultáneo, la violencia en el plano económico se consumó en una perversión infinitamente mayor que el bolsoneo: en los distritos más pobres ganaron los candidatos más ricos.
Entonces, ¿por qué el alperovichismo iba a terminar de otra manera que no sea la maniobra fraudulenta y la represión contra el pueblo que exige calidad y dignidad democrática? ¿Por qué, de ser confirmado como gobernador electo, Juan Manzur (por ocho años vice de José Alperovich) merecería un contexto distinto que el de un fenomenal déficit de legitimidad?
Nada de esto sorprende porque apenas asumió, en 2003, el alperovichismo encaró el desmontaje institucional. Su democracia pavimentadora canjeó república por cordón cuneta. Ello explica que la Junta Electoral no haya visto lo que todos vieron. Aún así, logró dos reelecciones. Y el 70% de los sufragios que llegó a obtener no era sólo por los votos de los pobres (el 70% de los tucumanos no es pobre, por ahora), sino también por las clases medias y altas. En las marchas que exigen elecciones transparentes hay repudios, pero también arrepentimientos.
Por ello, también esas manifestaciones tienen a los jóvenes como protagonistas mayoritarios. Ellos no tienen corresponsabilidad en el alperovichismo. Allí, tal vez, la buena nueva de la provincia que es por estas horas la mala noticia de Argentina. Ojalá, en la plaza Independencia, se esté forjando la Generación del Bicentenario.

*Prosecretario de Redacción de La Gaceta de Tucumán.



Alvaro Aurane