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Turismo cultural

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Graciliano Ramos
Graciliano Ramos Foto:Cedoc
Como a la mayoría, la política económica del gobierno me está arruinando. Se me ocurrió entonces buscar nuevos trabajos (ya tengo tres, pero en turno nocturno podría meter un cuarto). Un amigo me sugirió que podría escribir para los suplementos de turismo de los diarios, idea que me pareció fallida. ¿Sobre qué podría escribir? Condenado a la mismidad, cada vez que viajo repito mis gustos locales: sólo conozco librerías, cantinas populares, tabaquerías y negocios donde venden remeras Nike truchas. No conozco nada que pueda resultar interesante para un hipotético viajero. Curiosamente, a mi amigo sí le pareció que podría ser oportuno escribir sobre esos temas, y me conectó con el editor de Turismo de un importante diario de tirada nacional. Le envié mi propuesta, y obviamente la rebotó, le pareció absolutamente ininteresante. ¡Obviamente tiene razón el editor! (no entiendo por qué me dejé convencer por mi amigo). Pues, al menos para amortizar el esfuerzo realizado, trascribo aquí mis recomendaciones turísticas sobre librerías de viejos.

San Pablo y Ciudad de México son las dos capitales en América Latina en ese tema. Aún amenazadas por internet (cada vez son más las librerías de viejos que cierran sus locales al público y venden por Mercado Libre) existen grandes y bien provistas librerías de viejo. En San Pablo, las mejores se encuentran detrás de la Catedral (Metro Sé). No son especialmente lindas, pero sí inmensas y absolutamente intensas y, casi, apabullantes (buena metáfora para describir a la propia San Pablo). Mi favorita es Sebo do Messias (a las librerías de viejo se la llama “Sebo” por la grasa, el polvo, la mugre de los libros de viejo. Nombre maravilloso: ensuciarme las manos en librerías de viejos es uno de mis placeres excelsos). Fundada en 1970, de varios pisos y cientos de metros cuadrados, mi mayor compra allí fue Memórias do Cárcere, de Graciliano Ramos, en cuatro tomos de la vieja José Olympio (4ª edición, Río de Janeiro, 1956) a un precio menor a una ración de pão de queijo.

En Ciudad de México, por supuesto los inmensos galpones en la calle Donceles en pleno centro. Verdadero templo de la perdición, no me alcanzarían las páginas de este diario para describir lo que allí encontré. Pero también suelo dar una vuelta por las librerías de la avenida Alvaro Obregón y alrededores, en la cada vez más excesivamente cool Colonia Roma. Son más pequeñas que las de Donceles, pero más lindas y amables. En El Atico hallé mi mayor alegría, en un anaquel a la altura del piso (para los que tenemos hernia de disco, llegar hasta allí abajo es un verdadero logro). Atados con una gomita, estaban juntas la Antología de la poesía mexicana, de Jorge Cuesta, en una edición relativamente reciente (FCE, 1985, prólogo de Guillermo Sheridan) y la primera edición (Contemporáneos, 1928), muy difícil de encontrar, a un precio aceptable (no barato, pero sí mucho menos caro que almorzar en el pretencioso restaurante Sobrinos, en la esquina de Alvaro Obregón y Orizaba). Es una ciudad extraña México: sus librerías de viejo son notoriamente mejores que las de nuevos, que ya casi no existen, hundidas por las cadenas, incluso por las cadenas más o menos dignas, como El Péndulo.
Ya sin espacio por hoy, algún día deberé escribir sobre la librería del cubano, en Quito. Otra vez será.