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Turismo y política

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En la calurosa mañana de domingo las calles de Liubliana, la capital de Eslovenia, estaban casi vacías. Caminé por la calle Tomsiceva y, después de pasar la Opera, llegué al edificio de la Moderna Galerija. Me intrigaba particularmente una exposición llamada Monumentos inapropiados, Memorial sobre el turismo en la Yugoslavia socialista. Albergada en el subsuelo del edificio, casi escondida, consistía en exhibir documentación de todos los parques memoriales que el mariscal Josip Broz Tito y sus delegados habían mandado construir en las diversas naciones. En casi todos los casos, el objetivo consistía en homenajear al movimiento partisano y la llamada lucha por la liberación nacional que, encabezada justamente por Tito, emprendieron a partir de 1941 contra el grupo nacionalista Chetniks, que apoyaba la continuidad de la monarquía y tenía un carácter proservio. La población apoyó en su momento a los partisanos dado que escondían su matiz comunista y totalitario detrás de otras características más amables: la lucha contra el nazismo y la aparente aceptación de la diversidad de las naciones. Una rareza: al ganar, construyeron otro nazismo y desquiciaron las naciones.
Sobre todo a partir de los años 60 y 70, el régimen comunista inició la construcción de parques turísticos, con objetos utilizados en la lucha de los partisanos, monumentos y la consecuente comercialización de memorabilia simbólica, infraestructura hotelera alrededor de los sitios y visitas guiadas que, en rigor, eran formateos revisionistas para armar un relato histórico que manipulara el imaginario colectivo. Básicamente, la invención de un origen. Colateralmente, estas construcciones facilitaban aspectos menores, como dar trabajo a los que giraban en torno de estos monumentos y parques.
Citaré sólo algunos. En 1970, en Croacia, levantaron el sitio memorial Petrova Gora, de 17 mil hectáreas, que tenía una muestra permanente llamada Tito en el Karlovac y región kurda y un museo de la revolución. En 1976 se construyó el Oktober Memorial Park en Servia. En 1981, en Sarajevo, el Memorial Park Vraka, que se centraba en honrar a los aviadores caídos y tenía un atrio con palabras del Mariscal Tito. En 1989, con más de 6 mil metros cuadrados, el Park Revolucije en Macedonia. En todos había culto a la personalidad, reinvención del pasado y fuerte relación con la juventud, el deporte y el turismo.
Hoy en día, la supervivencia de estos monumentos, dado que Yugoslavia estalló en varios Estados que se gobiernan por sí, depende de cada uno.
Parece interesante advertir el paralelismo con los últimos años en la Argentina. Allí está el caso de la ex ESMA, que empezó siendo un parque memorial y finalmente fue loteado y dado como premio, a cambio de apoyo, a las distintas organizaciones de derechos humanos, a la vez que contenía un discurso unilateral y abusivo que despertó incluso las críticas nada menos que de Tzvetan Todorov cuando lo visitó. Allí está también el CCK, un lugar espectacular que no sólo porta un nombre ajeno a la cultura, paradoja que señaló Juan José Sebreli en su conferencia inaugural para la Noche de la Filosofía, sino que fue usado para contratar “ñoquis”, colocar memorabilia, tal como el saco y la birome de Néstor Kirchner, y generar un enorme sobreprecio en la construcción. Tecnópolis también fue un lugar armado para la propaganda kirchnerista. Lo mismo ocurrió con la grosera manipulación en los relatos y guías del museo del bicentenario de la Casa Rosada, como bajadas de línea a favor de posiciones nacionalistas y peronistas en general, y kirchneristas en particular. Todo este desbarajuste está en un lento proceso de normalización. La Argentina también tiene sus rarezas y anomalías: la infraestructura hotelera edificada en los últimos años, sobre todo la del sur, a diferencia de la de Tito, no era funcional a estos parques y museos sino a motivos aún más espurios.
 
*Periodista.

Marcelo Gioffre