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Uber: el futuro está llegando

La resistencia a Uber –por simpática que resulte a mucha gente– es un botón de muestra de lo que ya fue y está condenado.

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Foto:Cedoc

Muchos taxis circulan con un enorme cartel: “Fuera Uber”. Los taxis manifiestan por las calles, a veces con violencia. Es una guerra que empezó hace varias semanas y que, a juzgar por lo que sucede en muchos otros lugares del mundo, promete larga duración y alternativas impredecibles. Uno de los formatos de negocio más universales del mundo, el servicio de taxis, se siente amenazado. Los taxistas están muy sindicalizados y se sienten dueños de la calle y del transporte de pasajeros.

El modelo estándar consiste en autos de alquiler que operan bajo regulaciones bastante estrictas, precios regulados, licencias otorgadas por la autoridad pública y ciertas exigencias de idoneidad y perfil de los conductores. Las reglas son más estrictas o más laxas según los lugares, y se cumplen en grados muy variables de ciudad en ciudad a través del planeta. Los vehículos pueden ser más nuevos o más viejos, estar mejor o peor mantenidos, inspirar más o menos confianza, ser más o menos accesibles según las horas del día y las zonas de cada ciudad, pero en términos generales el modelo del negocio se parece en todas partes. En los márgenes del sistema siempre existen alternativas más informales –como los “remises” en la Argentina– y en muchos lugares el sistema se desdobla en distintos tipos de taxis, con pocas diferencias en sus prestaciones. En casi todas partes los taxis funcionan con el aparato que da su nombre al servicio, el taxímetro. La demanda de este servicio es universal. Aun así, en muchos lugares del mundo, cuando se realizan encuestas de satisfacción de clientes, los taxistas no salen muy bien parados: por ser incompetentes, por sus malas maneras, por la pobre calidad higiénica y mecánica de los vehículos.

Las reglas son más estrictas o más laxas según los lugares, y se cumplen en grados muy variables de ciudad en ciudad a través del planeta.

Parece estar fuera de duda que en todas partes hay bastante para mejorar el producto “transporte de pasajeros en autos de alquiler”. La demanda de ese bien tan básico, y la regularidad y constancia de su oferta en todas partes, da cuenta del alto grado de regulación que casi siempre ejercen los gobiernos locales. Hasta que la tecnología irrumpe haciendo posible una sustancial mejora y un cambio de modelo. El desafiante en muchos lugares del mundo se llama Uber, y en algunos lugares ya tiene competidores. Como norma, Uber ofrece una opción que torna el servicio más fácilmente accesible gracias a la tecnología, supuestamente con tiempos de espera más breves o menos engorrosos, la promesa de una calidad mejor y más constante, pago en dinero virtual con su correlato de mayor seguridad para el pasajero y para el chofer y, sobre todo, menor precio. No sorprende que encuentre buena acogida entre los consumidores.

Tampoco sorprende que una actividad tan regulada y normativizada por la autoridad pública genere ataques en dos frentes: el de los dueños y trabajadores de los taxis convencionales y el de los gobiernos. Uber es una innovación que desafía a un producto bien establecido y a quienes viven de él, y también a los gobiernos habituados a establecer regulaciones para toda actividad imaginable.

Desafíos como el de Uber no son nuevos, por cierto. La actividad comercial informal es antigua como el mundo; tan antigua que quienes se ven afectados por ella –los comercios establecidos formalmente, los ciudadanos que suelen sufrir la ocupación del espacio por operadores intempestivos, y los gobernantes locales– a menudo terminan por acostumbrarse tanto a ese fenómeno que se allanan y abandonan la resistencia.

La demanda de ese bien tan básico, y la regularidad y constancia de su oferta en todas partes, da cuenta del alto grado de regulación que casi siempre ejercen los gobiernos locales.

Uber también encarna algo cada vez más frecuente: la aparición de una oferta que sólo es posible en virtud de cambios tecnológicos. Estos, como muchas veces se dice, suelen desarrollarse antes de que los gobernantes hayan tenido tiempo de inventar las reglas para controlarlos. Uber es la manifestación de un fenómeno que es y será cada vez más frecuente: la transformación de lo que se produce o se hace en el mundo por efecto de nuevas tecnologías. Un fenómeno que en muchos casos involucra nuevas funciones de producción, o bien menos intensivas en mano de obra o, como en este caso, más incentivas en el nuevo recurso de capital, el conocimiento. En cualquier caso, en detrimento del recurso “trabajo”.

Uber es un botón de muestra de lo que viene. La resistencia a Uber –por simpática que resulte a mucha gente– es un botón de muestra de lo que ya fue y está condenado. Marx lo vio así hace unos 150 cuando habló del “desarrollo incontenible de las fuerzas productivas”.

*Sociólogo.



mmorayaraujo