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Uber y los luditas

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Se cree que Ned Ludd nació a fines de siglo XVIII cerca de Leicester, ciudad que se convertiría en un pujante centro industrial. La proliferación de máquinas en el contexto de la Revolución Industrial amenazaba con dejar sin trabajo a los obreros y artesanos del lugar. La leyenda cuenta que el tal Ned Ludd encabezó una serie de disturbios que terminaron con la destrucción de varios telares. Estos obreros percibían sueldos de hambre y trabajaban en condiciones espantosas, pero era lo único que sabían hacer. Los brotes de violencia fueron reprimidos por el ejército británico, avalado por la Frame Breaking Act, a la que Lord Byron se opuso con tenacidad. Aquí comienza una larga discusión entre intelectuales. Karl Marx fue unos de los primeros en tocar este tema, al afirmar que a los trabajadores les llevaría un tiempo considerable distinguir la culpabilidad entre las máquinas y las formas en que la sociedad hacía uso de ellas.

Heidegger sostenía que el avance tecnológico lleva a la pérdida de los sentidos y la capacidad de asombro. El ludista más notable del siglo XX fue Ted Kaczynski, niño prodigio, doctor en matemáticas y profesor de Berkeley (Estados Unidos), más conocido como el Unabomber, responsable de varios atentados contra empresas que dejaron un saldo de tres muertos y veintitrés heridos.

Aunque lo desconozcan, la protesta del señor Moyano, al impedir el reparto de resúmenes de cuentas por e-mail, y las protestas de los taxistas por Uber los inscribe en la vertiente ludista de la historia. Hoy han ganado una batalla ante la complacencia gubernamental que tiene cosas más urgentes que resolver, pero éste ha sido el primer combate de una larga guerra, y el recurso de mantener a la sociedad de rehén, cortando calles o, como decía Hobsbawm, “la negociación colectiva por disturbio”, no puede ser eterno.

El avance tecnológico online cambió los paradigmas de la producción y amenaza a ciertas actividades que tenderán a desaparecer, o a reducirse notablemente en un futuro no tan lejano.

El mundo digital crece más rápidamente de lo que estábamos acostumbrados, y a la generación de los baby boomers nos apareja problemas adaptativos que deberemos resolver con inteligencia (después de todo, una de las definiciones de inteligencia está relacionada con nuestra capacidad individual de adaptarnos). La Aldea Global de Marshall McLuhan ha llegado para quedarse. Internet achicó el mundo. Las comunicaciones instantáneas y la gratificación inmediata con sólo apretar un botón ha cambiado el paradigma de las relaciones sociales. No es cuestión de discutir si internet o las redes sociales son buenas o malas. Sencillamente son, están aquí. Uno podrá darles mejor o peor uso, o podrá ignorarlas, pero se instalaron en nuestra vida y, de una forma u otra, la modifica aparejando consecuencias económicas.

Creo que las declaraciones de Stephen Hawking de febrero de 2016 son iluminadoras: “Si las máquinas producen todo lo que necesitamos, el resultado de esta situación dependerá de cómo se distribuyan las cosas. Todos podemos disfrutar una vida de lujos si la riqueza de esos productos hechos por las máquinas se comparten, o las personas terminan miserablemente pobres, en caso de que los dueños de las máquinas no distribuyan esa riqueza en forma equitativa. Hasta ahora la tendencia parece ir en la segunda instancia”.

En última instancia, el conflicto sigue siendo, como tantos otros en Argentina y el mundo, corporativista y cada grupo no quiere ceder sus prerrogativas que redundan en beneficios económicos.

La innovación tecnológica puede terminar con algunos trabajos, pero crea otros que, usualmente, requieren más conocimientos técnicos y preparación, y ése es el tema que no parecen entender, ni quieren, los seguidores de Ned Ludd.

*Oftalmólogo y escritor.



Omar López Mato