COLUMNISTAS

Un aire de familia

PERFIL COMPLETO

Tengo un gran recuerdo del libro El diván victoriano, de Marghanita Laski, la primera publicación de la editorial Fiordo. Eso no quiere decir que me acuerde de la novela, sino que asocio el nombre con una experiencia grata. Es una curiosa propiedad de algunos libros o películas dejar tras de sí más un gusto que una información. Ese gusto o regusto suele ser confiable, en el sentido de que es raro que uno piense que un libro le gustó cuando no fue así, mucho más confiable que los recuerdos empíricos. No creo, por ejemplo, que la infancia de Fellini fuera demasiado parecida a la de Amarcord, que quiere decir “me acuerdo” en algún dialecto.

Hay otra relación entre Fellini, la memoria y la editorial Fiordo; tiene que ver con un libro editado hace poco, que se llama Diario nocturno. Como todo lo que publica Fiordo, Diario nocturno sugiere cierta sofisticación, cierta exquisitez, a la que contribuyen el diseño gráfico y la idea de reeditar escritores poco conocidos pero que difícilmente merezcan algún reproche de la crítica. El autor de Diario nocturno (subtitulado Cuadernos 1946-1956), una mezcla de memorias, aforismos y microrrelatos, es Ennio Flaiano (1910-1972), escritor que fue mucho tiempo casi secreto pero que hoy goza de un gran prestigio en las gacetillas.

El ingenio y la ferocidad de Flaiano son evidentes. Es capaz de escribir: “Se levantó de la cama: era feísima. Pasó una hora delante del espejo para ponerse fea”, o también: “Nada hay más triste que un artista que dice: ‘Nosotros los pintores’ o: ‘Nosotros los escritores’; y que siente su mediocridad protegida y reconfortada por las demás mediocridades, que hacen número, sociedad, sindicato”. Y también es evidente la arrogancia de pertenecer a ciertos círculos de la cultura y de la mundanidad ilustrada, que en el caso italiano incluyen el cine. Flaiano se ganaba la vida como guionista: lo fue de Antonioni y de Fellini en películas tan paradigmáticas de ese mundo como La noche, La dolce vita u Ocho y medio.

Las historias de Flaiano, en la pantalla y en el papel (como el notable cuento sobre el loro de Stalin que figura en Diario nocturno), revelan que Flaiano, sus amigos y sus familiares eran gente convencida de su importancia intelectual y social, de pertenecer a una aristocracia del espíritu sobre la cual me gustaría aportar un recuerdo (posiblemente adulterado por el tiempo). Flaiano estaba casado con Rosetta Rota, la hermana matemática de Nino Rota, célebre (y un poco empalagoso) compositor de Fellini. Había otro hermano, Giovanni, que se exilió durante el fascismo y tuvo un hijo que fue matemático, como su tía. Se llamaba Gian-Carlo Rota (1932-1999) y fue una celebridad excéntrica, que enseñó teoría combinatoria durante años en el MIT con la condición de que lo dejaran dar también su curso sobre la fenomenología de Husserl. Habrá sido a mediados de los 70 cuando este Rota dio una conferencia en Ciencias Exactas a la que asistí. Habló (en perfecto castellano, porque había estudiado en Ecuador) de tableros latinos, unos cuadrados numéricos que se emparentan con el juego que después se llamó Sudoku. Nunca nadie me impresionó por la autoridad que parecía emanar de su palabra. A los cuarenta años, Gian-Carlo Rota tenía una dicción de prócer. Creo que Fiordo rescata de algún modo ese espíritu.



Quintín