COLUMNISTAS CAMBIO DE RUMBO

Un año para recordar

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Si el 17 de octubre del ’45 es aceptado como señal del cambio de rumbo en la política argentina que representó el peronismo, vale la pena observar lo que sucedía en el resto del mundo, para registrar diferencias y similitudes.
Poco queda hoy de lo que aportó 1945, año decisivo en la construcción del nuevo orden mundial. En la conferencia de Yalta, primero, y luego en Postdam y Londres, las potencias vencedoras dibujaron el nuevo mapa acorde con sus objetivos: desarme y división de Alemania, desmilitarización del Japón, imposición del protectorado soviético en Europa central y del orden económico capitalista regulado por los Estados Unidos. Los soldados que volvían de la guerra, y los civiles que habían quedado en la retaguardia tenían sus propias expectativas.
En 1945. Año Cero, el historiador holandés Ian Buruma rescata la experiencia del hombre común, a partir del relato de su padre que, deportado como trabajador forzoso a Berlín, regresó a casa. Este viaje al pasado, sin temas tabú, narra cómo emergió el mundo del naufragio y el lento abrirse paso de la conciencia de que los horrores cometidos por los pueblos civilizados –como el exterminio de los judíos europeos– no tenían parangón en la historia moderna.
La euforia que siguió a la liberación fue breve, seguida por ajustes de cuentas y las nuevas proscripciones. Millones de desplazados fueron obligados a dirigirse a nuevos destinos (“un millón más aquí, tres millones menos allá”, negociaban los vencedores).
En la construcción del mundo de la posguerra, la voluntad de cambio se expresó en forma democrática en Gran Bretaña, donde el primer ministro conservador Winston Churchill, artífice de la victoria, fue derrotado en las urnas por el partido laborista. Las mayorías querían algo nuevo, la planificación, el estado de bienestar y formas más igualitarias de convivencia.
En la Francia de la Liberación, el general Charles de Gaulle, pese a su tendencia conservadora, dio lugar a un proceso de planificación de la economía, beneficios sociales y estatización de empresas. En política exterior, sentó las bases de un proceso que facilitara la pacificación y la unidad europea, cuyo primer fruto fue la Comunidad europea del carbón y del acero.
Los cambios llegaron a las mujeres. Convocadas en la guerra para tareas de las que tradicionalmente eran excluidas, se ganaron el derecho al sufragio, incluso en sociedades tan machistas como la italiana y la japonesa.
El anhelo de “Nunca más la guerra” se materializó en la Conferencia de San Francisco, que elaboró la Carta de las Naciones Unidas donde se estableció el derecho de todos los pueblos a elegir su forma de gobierno. Esto dio pie a futuros conflictos entre las potencias colonialistas, Gran Bretaña, Francia, los Países Bajos y los pueblos de sus dominios asiáticos y africanos. Despuntaron las “guerras de liberación” que culminarían con la independencia de las nuevas naciones.
La Argentina, a pesar de su gobierno militar que declaró tardíamente la guerra al Eje, fue invitada a incorporarse a la Conferencia de San Francisco. Washington necesitaba más países de América Latina en el nuevo organismo internacional para compensar el avance del bloque soviético. A su manera, y con una conducción carismática originada en el ejército, validada el 17 de Octubre, la Argentina se asomaba al mundo de la posguerra. De su comportamiento futuro, de la astucia de su dirigencia y del peso de su economía dependería el lugar que el país ocuparía en la historia de la segunda mitad del siglo XX.

*Historiadora.



MarIa Saenz Quesada