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Un artista maldito

Los superficiales ensamblajes (para peor robados) de Duchamp, las costosas nulidades de Demian Hirst, las provocaciones retro de Jeffrey Koons (menos atractivas que las naifs de su ex esposa la Ciccolina) podrían conducir a que algún distraído piense que el arte es pura provocación, frívolo cultivo del escándalo.

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Los superficiales ensamblajes (para peor robados) de Duchamp, las costosas nulidades de Demian Hirst, las provocaciones retro de Jeffrey Koons (menos atractivas que las naifs de su ex esposa la Ciccolina) podrían conducir a que algún distraído piense que el arte es pura  provocación, frívolo cultivo del escándalo. Para probar que su desafío real se sitúa en el extremo opuesto, para eso nacieron artistas como Bartolomé Esteban Murillo (1618-1682)

Sus primeras producciones pictóricas son tan modestas que dan vergüenza ajena. En 1646, milagrosamente, su genio se manifiesta con las telas del Claustro Pequeño de los Franciscanos de Sevilla. La transformación pictórica es de tal dimensión que abre la sospecha de a) un cambio de identidad (un pintor extraordinario y anónimo asesina a uno mediocre y, por remordimiento, usurpa su nombre y lo lleva a la gloria); b) la presencia de un íncubo. En cualquier caso, luego de aquel salto de calidad, su obra permanece en el altísimo nivel manifestado. Murillo es pío, religioso al extremo de la dulce contrición, del untuoso sobado y la empalagosa lamida y besuqueo de los pies de mármol de todos los santos que se exhiben en las iglesias oscuras de Sevilla. Su producción resulta exitosa y marca rumbos en la pintura española: apunta a reducir el sentido mítico de las grandes representaciones religiosas, liberándolas de todo acento metafísico-doctrinal, de las languideces lacerantes y los martirios desgarradores; hace descender la gesta sobrehumana de la religión a la crónica de los acontecimientos sencillos. De allí que algunos teólogos sospechen que fue un sirviente del demonio, quien pretende probar que la reposada vida de un buen cristiano no prometen emociones. Su producción estética costumbrista
–galerías de chicos que comen melón, se quitan las pulgas, juegan a los dados– refuerza esa creencia.