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Un ballottage a todo o nada

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João Santana, el experto en marketing político que consolidó el triunfo de Dilma Rousseff en la segunda vuelta de Brasil, rechaza la idea de que quien golpea en una campaña pierde la elección. En el libro sobre su carrera, Um marqueteiro no poder, el periodista Luis Maklouf expresa los principios tácticos de este cultor del maquiavelismo, para quien aquellos que pierden las elecciones son, en cambio, quienes no pueden golpear o defender al mismo tiempo.
El nuevo Daniel Scioli iracundo que debutó el viernes en los medios, con el reemplazo de sus proverbiales frases de amor y paz por zarpazos directos hacia su contrincante, Mauricio Macri, para asociarlo a la Alianza de Fernando de la Rúa, se gestó en largas reuniones del equipo de campaña guiadas por el manual de las segundas vueltas a todo o nada.

Al otro lado, los estrategas de Mauricio Macri se preocuparon el fin de semana por sacudir a quienes todavía arrastran la resaca de los festejos e inocularlos contra el síndrome de Tanguy Pepiot, un ignoto corredor francés que se convirtió en trending topic cuando perdió la medalla de oro por comenzar a festejar antes de tiempo sin advertir que su contrincante, Meron Simon, aprovechaba su pérdida de velocidad para superarlo en el metro final.

Alumbran tres semanas de asperezas. Tanto para Scioli como para Macri, una derrota significa el fin de sus sueños presidenciales.
La política no perdona a quienes tardan en despabilarse. Para muchos, los resultados de la primera vuelta resultaron una tormenta de agua helada, por ejemplo, para los camporistas, que ya habían empacado para mudarse a La Plata con las promesas de cobijo que había regalado Aníbal Fernández. Pero también para los macristas, que de pronto despertaron con la posibilidad de verse al frente de tres gobiernos en simultáneo. La atención está puesta ahora sobre los crujidos de la relación entre Cristina Kirchner y Daniel Scioli. Pero la convivencia edulcorada que mostraron los festejos macristas esconde conflictos. En su interior anidan sectores disímiles, que también pueden verse en el espejo de Brasil. El economista macrista Rogelio Frigerio alertó meses atrás sobre la necesidad de evitar el error de Dilma Rousseff, quien en noviembre de 2014 nombró a Joaquim Levy, un riguroso liberal que aplicó un plan de ajuste que agravó los problemas económicos que ya exhibía la economía vecina. Levy generó un laberinto cuya salida Brasil aún no encuentra. Pero otros economistas cercanos a Macri, en cambio, comulgan con el manual de Levy. No es el único quiebre. Pero sin duda uno de los más significativos.



Damián Nabot