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Un combate día a día

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En la clasificación de Transparencia Internacional sobre la corrupción en los 180 sistemas políticos existentes, la Argentina ocupa el puesto 105. Es mucho más corrupta que Italia, que se sitúa en el 67. Entre 1992 y 1994, la investigación judicial italiana conocida como mani pulite tuvo, entre sus muchos méritos, el de producir la desaparición de los partidos más corruptos y un notable recambio entre los dirigentes de los dos o tres partidos que sobrevivieron. Veinte años después, la corrupción desde Milán a Venecia ha hecho un gran retorno.
De hecho, la corrupción política no se refiere nunca sólo a los partidos y los políticos. Depende, naturalmente, de cuánto poder hayan acumulado los partidos y los políticos, pero es una red muy extendida en la que caen también, consciente y deliberadamente, funcionarios públicos, empresarios, operadores económicos, periodistas y, muy a menudo en posiciones cruciales, tanto los generadores de negocios como los jueces. Sin embargo, los políticos siempre deben ser considerados los más responsables por la corrupción. Ocupan cargos desde los que ejercen poder; toman decisiones importantes; a menudo reclutan, seleccionan y promueven a los empleados y jueces a quienes ellos mismos deberían controlar con buenas leyes que les permitirían apartarlos. Son muchas veces los políticos quienes piden contribuciones en dinero y votos. Son ellos los que se prestan a la corrupción.
Cuanto más sepan los políticos que se mantendrán en cargos que les permiten beneficiarse económicamente, cuanto más seguros se sientan de que no serán descubiertos o, que si lo son, podrán gozar de una impunidad garantizada por los jueces, más se aprovecharán. Donde los políticos son corruptos, los ciudadanos, por un lado, pierden confianza en la política y en sus representantes y, por el otro, se verán obligados a entrar también ellos en el círculo de la corrupción:  políticos y funcionarios piden dinero y otras cosas para satisfacer los derechos de los ciudadanos.
Quien corrompe en sus diversas formas destruye lo más importante que puede existir en una sociedad: la confianza y el sentido de justicia. Los políticos corruptos tendrán más dinero para sus campañas electorales y derrotarán a los políticos que no se plieguen a la corrupción (la moneda mala aplasta a la buena). Conquistarán sus partidos marginando o expulsando a los políticos honestos. Los empresarios corruptos lograrán obtener ventajas de muchos tipos de políticos y gobernantes y harán la vida imposible a los empresarios, incluso a los extranjeros, que no sepan o no quieran pagar coimas. El “mercado” se distorsionará en favor de empresarios que utilizan la corrupción porque, además, no sabrían competir apelando a una capacidad de innovación y de eficiencia que no poseen. Los periodistas corruptos no hablarán sobre los que escuchan y ven. Los jueces corruptos no perseguirán al crimen y a los criminales, y absolverán de forma oscura y confusa a los políticos corruptos que puedan tener influencia sobre sus carreras.
La corrupción existe en todas partes, y no sólo en los países capitalistas. Lo que cuenta es cuán rápidamente es descubierta y cuán severamente es castigada. En muchos países, entre ellos Argentina e Italia, los corruptos logran a menudo evitar las sanciones, sobre todo por la omertà de los otros políticos y por el trabajo inadecuado de periodistas y jueces.
No existe ninguna solución milagrosa para la corrupción. Es necesario que los partidos y los políticos derroten a los corruptos en su interior y les impidan regresar. Es necesario que las asociaciones profesionales, de empresarios, abogados, operadores económicos, cuenten con un código ético que castigue con la expulsión de sus afiliados que recurran a la corrupción. Es necesario, finalmente, que la Justicia esté compuesta por jueces competentes, preparados, bien pagados e incorruptibles, y que hagan carrera sólo quienes trabajen más y mejor, y no los que tienen “amigos” poderosos entre los políticos.
Finalmente, serán las asociaciones de hombres y mujeres que quieren una sociedad justa quienes vigilen y denuncien los comportamientos corruptos de los poderosos. En Argentina, estas asociaciones tienen una tarea difícil e importante. Libran una guerra que no termina nunca, en la que hay que vencer las batallas día a día. Argentinos, se puede.

*Profesor de Ciencia Política.



Gianfranco Pasquino