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Un cuaderno lleno de estupideces

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Como dejé de fumar, volví a andar en bicicle­ta. Y como volví a andar en bicicleta, no puedo dejar de pensar en Lance Armstrong. Luego de sufrir a los 25 años un cáncer de testículo con metástasis pulmonar y cerebral, Armstrong venció a la enfermedad y ganó siete veces con­secutivas el Tour de France, la prueba deportiva más difícil del mundo, según algunos. Pero todo se desmoronó en 2012 cuando Armstrong fue acusado de haber hecho uso de testosterona y transfusiones de sangre; fue suspendido de por vida y, humillado, tuvo que devolver los trofeos.

El uso de drogas es considerado de formas distintas en el arte y la literatura y en el deporte. Pareciera que en el arte desde hace tiempo ya están convencidos de que el uso de drogas no hace a los artistas más talentosos de lo que son cuando no recurren a ellas. En el deporte todavía tienen esa visión de historieta, de alguien que echando mano de la droga se convierte en otro que no es él. En realidad es una visión bastante literaria, si pensamos en El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Pero para apoyar mi teoría basta decir que la novelita de Stevenson es una reverenda estupidez. Si hubiese sido por la esposa de Ste­venson, el libro nunca habría visto la luz. Fanny Stevenson estaba tan desilusionada por el texto que su marido había escrito en sólo tres días, en­tre los ataques hemorrágicos debidos a la tuber­culosis y los delirios producidos por la cocaína con la que se curaba, que quemó el manuscrito. Stevenson tuvo entonces que empezar de nuevo, dolorido y alucinado, reescribiendo la obra en otros tres días (Stevenson escribía a una velocidad asom­brosa: diez mil pala­bras por día, cuando Stephen King, uno de los más prolíficos de los autores modernos, sólo escribe mil). Esta vez Fanny lo conside­ró “un cuaderno lleno de estupideces abso­lutas”, pero de todas formas el manuscrito terminó en manos del editor.

Es sabido que escri­tores como Charles Baudelaire recurrían al has­hish para escribir. En un ágape parisino, alguien hizo en voz alta una observación de ese estilo, Baudelaire lo escuchó, se acercó a él ofreciéndole uno de sus cigarrillos de hashish y le dijo: “Tenga, tome uno, fúmelo, escriba como yo”.

Henri Michaux, por ejemplo, recurría a la mes­calina. El resultado de sus experiencias con las drogas se encuentra en cuatro volúmenes: Co­nocimiento por los abismos, Miserable milagro, El infinito turbulento y Las grandes pruebas del espíritu. Naturalmente, recurrir a las drogas a la hora de escribir no garantiza nada: miren a Stevenson. Pero lo cierto es que los deportistas están muy atrasados en relación con eso. Sin duda los músicos son quienes más recurren a las dro­gas, y entre ellos parece ser que nadie se droga más que los bateristas. No sé qué hay de cierto en eso, pero suena plausible. La pregunta ahora es: ¿los directores de cine se drogan? No es que la cosa me quite el sueño, pero creo que el gran problema del cine argentino es que los directores se drogan demasiado poco. Es una idea nada más...



Guillermo Piro