COLUMNISTAS CAMBIO EN LA EDUCACION

Un debate sobre la responsabilidad y las funciones de la Universidad

El rol de las instituciones privadas en la discusión intelectual argentina desde la década de los 90. La formación de los nuevos profesionales en un mundo globalizado. El pensamiento académico crítico y el valor al mérito, en primer lugar.

PERFIL COMPLETO

Como señala el sociólogo Manuel Castells, a lo largo de la historia las instituciones universitarias han desempeñado cuatro funciones principales, a saber: ser un espacio de reverberación de las ideologías presentes en la sociedad, proveer un mecanismo de selección y socialización de las élites, generar nuevos conocimientos y, finalmente, entrenar un segmento (no nos engañemos: minoritario) de la población en la ciencia y las profesiones. Estas funciones genéricas se han desempeñado en contextos nacionales diferentes que han sido a la vez fuente de recursos y de restricciones.

La combinación de presiones explícitas e implícitas y de funciones universales y locales siempre constituyó una fuente de tensión en la vida de las instituciones universitarias. La administración y la respuesta a esas tensiones han estado muy lejos de ser idénticas. Muy por el contrario, han sido esas diferentes respuestas las que les han dado un carácter idiosincrático a los distintos sistemas universitarios nacionales.

Las tensiones derivadas de estas múltiples demandas se han vuelto particularmente agudas en el mundo contemporáneo. La consolidación de la sociedad de masas, la aceleración del progreso técnico (especialmente en el campo del manejo y transmisión de la información) y la creciente integración global han planteado nuevas exigencias frente a las cuales las instituciones universitarias han debido buscar continuamente respuesta. En esta perspectiva, el sistema universitario argentino emerge como el resultado de un esfuerzo por cumplir con las funciones genéricas de la Universidad respondiendo, en forma paralela, a los condicionantes que la historia y el entorno económico, social y educativo más inmediato le han planteado.

En efecto, no hay duda de que el debate sobre el acceso y el propósito de la educación universitaria en la Argentina no puede sustraerse de las condiciones creadas por la particular trayectoria histórica de nuestro sistema universitario. Del mismo modo, no es posible desconocer que el estado general del sistema educativo (y en particular de la escuela secundaria) condiciona decisivamente el tipo de desafíos que la Universidad enfrenta en el campo de la formación de recursos humanos y la transmisión del conocimiento. Las posibilidades efectivas de creación de nuevo conocimiento (tanto en la ciencia como en las humanidades) también son inevitablemente afectadas por el desarrollo, consolidación y recursos del sistema nacional de ciencia y tecnología.

Dentro del ámbito de las universidades privadas argentinas ha habido distintas respuestas a estos desafíos en un contexto de diversificación creciente. En uno de los dos extremos “ideales” podría ubicarse, por un lado, a las instituciones universitarias “profesionales”, que encuentran su rol principal en la formación de recursos humanos orientados a satisfacer las demandas del mercado de trabajo. En el otro extremo ideal se ubica lo que podría denominarse las instituciones universitarias “de investigación”, que intentan combinar la formación de recursos humanos y la transmisión de conocimiento (instrumental o no) con la producción de conocimiento original. Si bien ninguno de los dos modelos “ideales” existe en forma pura, es posible identificar el ADN de cada uno de ellos dentro del espectro de la oferta universitaria privada argentina.

A pesar de las diferencias esenciales de estos “modelos” universitarios, ambos enfrentan un desafío y una responsabilidad comunes, a saber: ser vehículos transmisores de valores que sería deseable diseminar en la comunidad en su conjunto. Tres de estos valores son el pluralismo, la tolerancia y el mérito. Las virtudes colectivas del pluralismo requieren poca elaboración: la diversidad de ideas ofrece más posibilidades de encontrar mejores respuestas. En una sociedad en donde la polarización y el conflicto tradicionalmente tomaron la forma de la eliminación (material o simbólica) del otro, el valor del pluralismo adquiere una dimensión especial.

Pero el pluralismo sin tolerancia es una fórmula vacía. La tolerancia requiere aceptar las ideas del otro como legítimas expresiones que merecen consideración, análisis y, en caso de disenso fundamental, respeto. Sin tolerancia, el pluralismo se transforma en un principio de existencia puramente formal. Nuevamente, en una sociedad entrenada en las opciones polares, el ejercicio de la tolerancia no puede sino cumplir un rol civilizador de la mayor importancia. También aquí la Universidad tiene una esencial función educativa que cumplir, particularmente a través del ejemplo que ofrezca su vida interna y del estilo con que forma nuevos recursos humanos.

Finalmente, es menester subrayar el valor del mérito como principal fuente de reconocimiento y promoción. Este ideal “meritocrático” constituye una aspiración fundamental de la vida universitaria. Si bien no existen medidas objetivas del mérito que sean válidas para todo tiempo y lugar, sí existen procedimientos que ofrecen mecanismos eficientes para evaluarlo. En efecto, las reglas y la transparencia son las condiciones necesarias para el ejercicio práctico del mérito. En nuestro peculiar contexto nacional, ayudar a restablecer el valor del mérito a través del ejemplo y la formación también debería constituir una función clave de la Universidad.

Obviamente, como señalamos al comienzo de esta nota, la Universidad no es un ámbito en el que los rasgos principales de la sociedad que la contiene puedan estar completamente ausentes. Por lo tanto, no hay nada que asegure que la vida universitaria responda a patrones diferentes de los de la sociedad de la que forma parte: la torre de marfil no existe más. Lo que sí sobrevive como un ideal y un desafío es la constitución de una comunidad interesada y capaz de pensarse críticamente a sí misma y de identificar las formas más idóneas de contribuir constructivamente a la sociedad que la contiene.

A través de su actividad cotidiana, la Universidad de San Andrés se esfuerza por estar a la altura de este imperativo.

* Vicerrector Académico de la Universidad de San Andrés (Udesa). Investigador principal del Conicet.



Roberto Bouzas