COLUMNISTAS MARIO SOARES (1924 - 2017) II

Un demócrata pleno

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Desde que tengo el honor de representar a nuestro país ante Portugal, he visitado dos veces el Monasterio de los Jerónimos, el monumento más emblemático de Lisboa. Mi estado de ánimo en cada una de esas ocasiones no podría haber sido más antagónico. Estuve allí en julio para celebrar el Bicentenario de nuestra Independencia. Y volví ahora con profundo pesar para asistir al funeral de Mário Soares, el padre de la democracia portuguesa.

Miles de personas acudieron en estos días a aquel monasterio –construido en el siglo XVI en honor de la principal figura de los descubrimientos portugueses– para darle el último adiós a otro de sus grandes héroes. En el solemne momento de su partida, la historia ha hecho justicia a Mário Soares. Durante el período político más relevante de sus 92 años de vida, Soares siempre se colocó –y siempre supo colocar a su país– del lado correcto de la historia.

Cuando Portugal era una dictadura, Soares luchó por la libertad. Cuando Portugal casi cedía al comunismo, Soares impuso una democracia multipartidista. Cuando muchos querían preservar las colonias, Soares desbloqueó la independencia de Angola, Mozambique y Santo Tomé y Príncipe. Y cuando la mayoría vacilaba en compartir soberanía, Soares firmó la adhesión de Portugal a la Comunidad Europea.

Soares poseía una incomparable trayectoria política que trascendió fronteras en la segunda mitad del siglo XX. Dicho perfil justificó la visita de Raúl Alfonsín a Lisboa el 21 de julio de 1986. En medio de un periplo que llevó al entonces presidente argentino a varios continentes, Alfonsín llegó a Portugal, no en visita oficial, sino para encontrarse con Mário Soares, cuando era el presidente de los portugueses.

Ese mismo día ambos jefes de Estado dieron una conferencia de prensa en el palacio presidencial. Alfonsín, sentado a la derecha de Soares, afirmó que “Argentina espera a los inmigrantes portugueses con los brazos abiertos”, declaración que fue ampliamente destacada por la prensa. Ya entonces Argentina y Portugal compartían aquellos valores, hoy tan actuales, como son: el del acercamiento entre América Latina y Europa y el del multiculturalismo.

De hecho, como político nato e incondicional demócrata, Soares nunca cerró las puertas al diálogo a los que pertenecían a otras líneas de pensamiento. Por el contrario, era un republicano que aconsejó al ex rey de Marruecos Hassan II. Era un agnóstico que a menudo elogiaba a nuestro papa Francisco. Era un socialista que siempre admitió su admiración por el antiguo líder comunista portugués Alvaro Cunhal, con quien libró épicos duelos.

Soares pronto se equiparó a los grandes líderes europeos de su época. Tras haber sido 12 veces detenido por la policía política portuguesa y haber sido deportado a Africa para “ser olvidado”, Soares se exilia en París. Es durante este período que conoce al entonces abogado François Mitterrand y que crea en Alemania, con el apoyo del ex canciller alemán Willy Brandt, el partido socialista portugués.

Soares regresó a Portugal en el “tren de la libertad” en 1974, pocos días después de que la Revolución de los Claveles derrocara a una dictadura de 41 años. En Lisboa lo esperaba el éxtasis de una multitud que, desconociendo qué líneas tejerían el futuro, ya sabía que Soares sería su mayor artesano.

Mientras sobrevivía a numerosos e inesperados sobresaltos políticos, Soares contribuyó de forma decisiva para transformar, sin violencia, una revolución en una democracia. Un logro que, estoy seguro, muchos argentinos de mi generación valorarán con especial consideración.
En democracia fue canciller, primer ministro y presidente de la República. Pero cuando le preguntaban a Soares qué es lo que más lo enorgullecía, él respondía sin vacilar: “oponerme a la dictadura”.
De este lado del Atlántico, Portugal se vistió de luto. Soares partió, pero su legado democrático y republicano perdurará por siempre.

*Embajador en Portugal.

Oscar A. Moscariello