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Un dinosaurio en el ‘sueño americano’

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La polarización en las primarias presidenciales de Estados Unidos entre un aventurero de ultraderecha como Donald Trump y la estrella ascendente Bernie Sanders, el primer candidato demócrata de la historia que se declara “socialista”, suscita tanto terrores como esperanzas.
En primer lugar, porque no ocurre en cualquier país, sino en el indiscutido líder mundial del capitalismo. Luego, porque los dos, a pesar de su “extremismo” –en el caso de Trump, real; en el de Sanders, una calificación gratuita, ya que es un socialdemócrata en línea con su colega Jeremy Corbyn, electo líder del laborismo inglés con el 60% de los votos– cosechan triunfos y avanzan en las encuestas, a pesar de que se les siguen asignando escasas posibilidades finales.

La especulación general es que incluso si resultan elegidos, a la hora de la verdad tendrán que apuntar sus discursos y propuestas hacia el electorado de centro, con lo que las cosas, según la tradición, tenderían a equilibrarse.
Candidatos de origen empresario y archimillonarios como Trump hubo varios, pero ninguno como él llegó a expresar tan descaradamente no ya lo que representa la derecha republicana –Estado mínimo, los intereses de las grandes corporaciones y el sector financiero–, sino su ideología más profunda: rechazo, sino odio, a las “clases bajas”, negros, mestizos, inmigrantes, hispanos, mujeres. Trump llegó a decir que “podría disparar a la gente en la Quinta Avenida y no perdería votos”… Un pistolero esperpéntico y medio loco, pero que podría llegar a ser presidente de la primera potencia económica y militar del planeta.

Sanders es lo opuesto. Brillante universitario, militante de la Liga Socialista desde su juventud, objetor de conciencia durante la guerra de Vietnam, en los 80 alcalde tres veces reelecto de la pequeña ciudad de Burlington (devenida desde entonces “uno de los mejores lugares para vivir en todo Estados Unidos”, según las encuestas) y senador por Vermont desde 2005, se describe a sí mismo como socialista democrático, admirador del modelo de los países nórdicos y defensor de la democracia laboral. En esa línea, brega contra la desigualdad de ingresos, por sistemas de salud y educación públicos, los derechos sindicales, la ausencia laboral por maternidad, la ecología, la reforma al financiamiento de campañas políticas, y así por el estilo. También ostenta una larga trayectoria a favor de las libertades y los derechos civiles; contra la discriminación racial y en el sistema de justicia criminal, la Patriotic Act y la cárcel de Guantánamo. En diciembre pasado, una encuesta de la Universidad de Quinnipiac (Connecticut) presentó a este outsider socialista como el candidato “más elegible” a la presidencia ante los principales candidatos republicanos e incluso por encima de Hillary Clinton.

En las primarias sigue por debajo de Clinton en las encuestas nacionales –aunque acercándose–, pero sus mitines atraen el triple de audiencia que su rival demócrata y mucho más que Trump.
Esta polarización abre un panorama inédito en Estados Unidos, ya que incluso si ni Trump ni Sanders resultan elegidos, las aspiraciones de los sectores que representan, radicalizadas por los efectos de la crisis estructural del capitalismo, seguirán allí, como el dinosaurio de Monterroso. En el caso de Trump, las de una derecha aterrorizada ante las reivindicaciones de trabajadores y desempleados, clases medias en baja, marginados, desposeídos y desamparados. En el de Sanders, justamente las de esos sectores, expresadas como propuestas de cambios profundos.
“Es la economía, estúpido”, diría un candidato tradicional, republicano o demócrata, que intentase señalar lo que pasa, en Estados Unidos y en el mundo entero. “Es el reparto del excedente, imbécil”, le contestaría cualquier Sanders del mundo que apuntase a las razones por las que pasa lo que está pasando.

*Periodista y escritor.



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