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Un equipo argentino

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Ni toque, ni gambeta, ni arco de enfrente, ni orden defensivo; ni lirismo, ni disciplina táctica, ni manía ofensiva, ni libre inspiración. Esta, la de Sabella, es la Selección que más y mejor representa a la Argentina. No digo al fútbol argentino, a su tradición o su supuesta identidad; digo a la Argentina: sus mitos, sus autoficciones.

De a ratos se conecta, funciona, rinde, y hace pensar a sus millones de hinchas que sí se puede: que se puede todo. De a ratos se desconecta, se desconcierta, se pierde, y hace pensar a sus millones de hinchas que no se puede: que no se puede nada.

De este equipo no se sabe qué esperar. El dilema de si es genial o es un desastre, que sus seguidores se plantean enfebrecidos, es falso en sus propios términos: el equipo es de a ratos bueno, como bien ha planteado Tomás Abraham en Clarín, ni colosal ni calamitoso; de a ratos pierde el rumbo, como les ocurre a tantos otros seleccionados; en defensa comete errores, pero los errores en defensa abundan en este mundial (como esa incompetencia favorece que haya goles, se la toma paradójicamente como señal de “buen juego”).

No se sabe qué esperar: lo dinámico no siempre está, pero en todo caso lo impensado sí. Y si no, que le pregunten a Enyeama, el arquero de Nigeria. ¿Por qué no atinó a tirarse y sacarla en el gol de tiro libre de Messi? Porque no se lo esperaba. Pero, ¿por qué no se lo esperaba, si unos pocos minutos antes se produjo un tiro libre idéntico y él voló y atajó? Porque Messi ha modificado el estatuto general de las sorpresas.

Sorprende, sí, pero no con lo nunca visto, no con lo nunca hecho; sorprende con lo que ya se ha visto, sorprende con lo que ya hizo. O incluso con lo que acaba de hacer, y no se suponía que pudiese repetir.

Porque Messi es un genio de la repetición, más que de lo inédito. Combina increíblemente lo imprevisible con el más de lo mismo. Y es eso, es esa combinación singular, lo que, a mi juicio, lo hace argentino hasta la médula. Si no quiere cantar el himno, por lo tanto, si es por mí, que no lo cante.

*Escritor.



Martín Kohan