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Un grito de alerta

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Dejando de lado los géneros de la ficción (que en el contexto que aquí me interesa no vienen al caso), el formato de la televisión histórica (la televisión que dominó la segunda mitad del siglo pasado) se estabilizó a través de dos ejes o aspectos fundamentales. El primero y más importante es el control de la relación de mirada: hay televisión a partir del momento en que alguien me habla mirándome a los ojos. Stanley Cavell, gran filósofo norteamericano y profesor emérito de Harvard, observó hace muchos años que así como el modo de percepción al que invita el cine es el viewing, el ver, el  modo de percepción característico de la televisión es el monitoring, el monitoreo. “En la televisión en vivo –dice Cavell– la cuestión no es revelar, sino cubrir (como con un revólver), mantener algo a la vista.” La tarea de los presentadores de televisión es la gestión del contacto con el televidente a través del monitoreo permanente de la relación de mirada. El segundo aspecto es la dinámica de lo que se suele llamar el “piso”, la arquitectura de ese espacio que el televidente percibe y donde se instalan los “personajes” de la información o el entretenimiento.

Si la relación de mirada establece el contacto, la identidad de los receptores va a ser construida lingüísticamente: por lo que se les dice y por cómo se les dice mientras son mirados. La combinatoria es compleja. Actualmente y entre nosotros, la variante más generalizada en los programas de noticias de la televisión abierta evita la interpelación explícita del destinatario en segunda persona, singular o plural (del tipo: “como usted sabe” o “como les anticipamos ayer”); simplemente se enuncian las noticias, y como la mirada del presentador se clava una y otra vez en la mirada del televidente, se supone que le está hablando a él (y si hay otras personas en el “piso”, no solamente a él).

Declaro mi amor a todas las lectoras (bueno, también a los lectores) que hayan llegado hasta aquí, pero comprendo que se pregunten a qué diablos viene todo esto. Viene a cuento del escándalo desatado por Jorge Lanata hace tres domingos a propósito de la corrupción y de los caminos del dinero K. Porque el modo en que se presenta el dispositivo de la televisión en Periodismo para todos es un aspecto esencial para explicar su enorme resonancia.

La estrategia audiovisual de Lanata es punto por punto la contraria de la de Cristina en sus apariciones por cadena nacional. Lo he comentado en varias oportunidades en esta columna; la señora presidenta construye un dispositivo cerrado, que tiende a ignorar al televidente: tiene un público nutrido de funcionarios y seguidores que la escucha atentamente, festeja y aplaude, al que ella se dirige interpelando de cuando en cuando a alguien en particular (en PPT se mostró el momento en que la Presidenta saludaba a uno de los personajes involucrados en la denuncia de lavado de dinero).

Lanata hace su monólogo inicial ante un público (mayoritariamente joven) que ríe y aplaude, pero al que él no le presta ninguna atención: su mirada predominante es una mirada a cámara y su palabra interpela al televidente individual, invariablemente en segunda persona del singular. En el desarrollo de la investigación periodística, a lo largo del programa, el piso se muestra como grandes espacios vacíos donde, tomados frecuentemente de lejos, apenas están Lanata (a veces parado, a veces sentado) y un interlocutor o interlocutora, miembro del equipo, que tiene en sus manos algún documento y hace comentarios. En sus intervenciones, Lanata sigue interpelando a un televidente individual. La irrealidad de los espacios vacíos se acentúa con la eventual aparición y desaparición de las actrices y actores que imitan a la Presidenta o a alguna otra figura de la política.

El mensaje del formato de PPT es claro. Lanata me habla como se habla a un amigo (“lo que hoy vas a ver”, “no lo vas a creer”, “te juro que esto pasó”, “fijate”, etc.): destinatario individual y apolítico. En recepción no hay identidades colectivas –ni en el piso, ni allá afuera–, ni siquiera comunicacionales: Lanata jamás interpela al televidente en segunda persona del plural (“ustedes”). Por ese canal de la mirada a cámara, también le habla a la Presidenta y también insulta a alguno de sus críticos (“¡Imbécil!”).

Nada impide interpretar que esa posición de receptor-amigo individualizada está ocupada por un ciudadano; el tema central de la corrupción tendería a facilitar esa lectura. Pero ese ciudadano, por el momento al menos, está solo. Se puede pensar que se trata de una representación bastante correcta de nuestra situación actual. Y también que el programa de Lanata es un formidable grito de alerta.

 

*Profesor emérito de la Universidad de San Andrés.



Eliseo Verón