COLUMNISTAS VIVENCIAS


Un libro

La inmanencia formal me seduce, la negatividad me convence. Yo creo que debo expresarme así: hablar de seducción, en el primer caso, porque hay algo en la inmanencia formal que me atrae y que me tienta; y hablar de convencimiento, en el segundo, porque adhiero a la negatividad en la dialéctica por estricta persuasión del concepto. Entré en Adorno, cuando joven, y después ya no supe salir. Me pliego gustoso a esa premisa, o a ese afán, o a esa exigencia, la de un arte que sostiene su rotunda pero muda impugnación del mundo social existente, sin necesidad de ir más allá de sí, desde su sólida especificidad estética. Y la dialéctica negativa, en su radicalidad sin concesiones, me revela el alcance impar de una crítica no propositiva, una especie de suspensión (distinta, en cualquier caso, de la dialéctica en suspensión de Walter Benjamin) que entabla con la realidad empírica una tensión tan rigurosa como imprescindible.
Me es difícil, sin embargo, lo confieso, desprenderme por completo de alguna ilusión de eficacia. Suscribo a la finalidad sin fin, sí; y subrayo hasta con fervor la idea de que la función social del arte radica en su falta de función. Y aun así, pese a todo, alguna clase de incidencia concreta por lo visto espero. Se nota que Sartre, o Bertolt Brecht, también han hecho lo suyo en mí. A la par de la autosuficiencia objetiva, que no es nunca arte por el arte, no dejo de preguntarme por algo que habría que denominar consecuencia práctica.
Será por eso, entre otras muchas razones, que me fascinó Música, dictadura, resistencia, el último libro de Esteban Buch. Su asunto principal, aunque no excluyente, es el concierto que la Orquesta de París ofreció en julio de 1980 en el Teatro
Colón, bajo la dirección de un ya renombrado Daniel Barenboim, ejecutando la Quinta Sinfonía de Mahler. En torno del hecho musical en sí, en cualquier caso, se abrió un espectro bien diverso y bien complejo de cuestiones: los temores personales de Barenboim (quien, habiendo dejado el país desde niño para hacer posible su brillante carrera, era técnicamente un desertor del servicio militar obligatorio), el encuentro sigiloso de algunos integrantes de la orquesta con las Madres de Plaza de Mayo, la propuesta de un boicot por parte de la Orquesta de París (para no presentarse y hacerse cómplices de la dictadura militar imperante) o la propuesta de un boicot en contra de la Orquesta de París (para no aplaudirla y hacerse cómplices de la supuesta campaña antiargentina en el exterior).
Esteban Buch exhibe una admirable destreza para indagar y dilucidar todas estas cuestiones. La inmanencia formal lo convoca, y en un marco expresamente adorniano; se ocupa, por ende, de analizar aquellos aspectos que en la Quinta Sinfonía de Mahler pueden examinarse en clave de resistencia estética (esto es, de negatividad), ya se trate de la famosa Marcha Fúnebre y sus posibles resonancias en aquella coyuntura, o ya se trate de los elementos que en Mahler se activan a partir de una impronta de tenor militar o bien de una impronta de tenor popular.
Pero Esteban Buch no deja de interrogarse, en Música, dictadura, resistencia, por la recepción efectiva que el concierto pudo haber tenido en esa noche de julio de 1980. El examen pormenorizado de las formas musicales, en su inmanencia, no puede luego sino abrirse a la inquietud por sus eventuales efectos: ¿suscitó una respuesta política? ¿Se tomó como pura música? ¿Impulsó una resistencia? Plantearse estas cuestiones implica abrir una discusión sobre la relación entre arte y política, sobre los alcances y los límites de toda resistencia cultural, sobre las utopías de la potencia estética, sobre las zozobras de sus presentidas impotencias. Y abre también, lo uno con lo otro, una discusión sobre la dictadura militar y el transcurso cotidiano de las vidas comunes. Lo hace con honestidad cabal: poniendo en juego su propia vivencia. Música, dictadura, resistencia pasa entonces al rock, a un concierto de Serú Girán en Bariloche al que el propio Esteban Buch asistió, y el análisis se retoma así en el registro de la cultura de masas.

mkohan