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Un libro, una muestra

Tuve una pesadilla horrible: soñé que Macri le pegaba tres gritos a Massa (le decía: “En el fondo sos un kirchnerista”) y Massa retrocedía como un perrito faldero con la cola entre las patas.

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Tuve una pesadilla horrible: soñé que Macri le pegaba tres gritos a Massa (le decía: “En el fondo sos un kirchnerista”) y Massa retrocedía como un perrito faldero con la cola entre las patas. Desperté y por suerte me calmó leer la excelente entrevista de días atrás en Las 12 a Myriam Bregman, seguramente la dirigente más lúcida de nuestro tiempo. No obstante, sigo sin comprender la falta de discurso público de la izquierda sobre los medios de comunicación. Los veo como alumnos aplicados aceptando ir a programas cloacales (rodeados de servicios de inteligencia disfrazados de periodistas, de corruptos con credencial de comunicadores, de fascistas que hablan en nombre del diálogo y la tolerancia, y de periodistas semianalfabetos –con perdón de la redundancia– que sólo se dedican a operaciones de desinformación y mentira permanente) sin emitir una sola opinión acerca del estatuto del sistema mediático. Como si las grandes corporaciones mediáticas no fueran unos de los motores que dotan de legitimidad simbólica a la explotación capitalista que la izquierda, acertadamente, día a día pone en cuestión. Lo que la izquierda evalúa como un pequeño silencio táctico yo lo percibo como un enorme error estratégico.

¿A cuenta de qué venía todo esto? No me acuerdo. Me acuerdo, sí, que la semana pasada había prometido ocuparme de Mélancolie de gauche. La force d’une tradition cachée. XIXe-XXe (Melancolía de izquierda. La fuerza de una tradición oculta. Del siglo XIX al XXI) de Enzo Traverso, recientemente publicado en Francia por las Editions la Découverte. Es un libro que se puede leer en el mismo horizonte de preocupaciones que Soulèvements (Levantamientos), la muestra curada por George Didi-Huberman –que el año que viene se expondrá en Buenos Aires–, que me deja, como la exposición, un cierto gusto amargo, como una sensación de algo necesario pero a la vez fallido. En los dos hay un acertado rechazo al presente, a las condiciones miserables de nuestra vida actual, y una no resignación ante la falta de horizontes de cambios radicales y justicieros (tal vez nunca antes en la historia de la modernidad hubo, como ahora, un momento en que lo dado se impuso como único horizonte posible). Y hay también una apelación a la larga y trágica tradición de las izquierdas como reservorio para extraer nuevas potencialidades críticas. Comparto plenamente ese pesar y ese deseo. Pero pese a la evidente inteligencia de Didi-Huberman y a la coherencia de la obra de Traverso, a veces el riesgo de eclecticismo estético en el que caen, me genera un efecto de nebulosa en la lectura.

Sin embargo, hay una frase cortante y decisiva en el libro de Traverso, que explica bien la sensación de soledad en nuestro presente. Hablando de los nuevos movimientos sociales, surgidos a fines de los 90 y principios de los 2000 bajo la consigna “Otro mundo es posible”, escribe: “No pudieron, a diferencia de las otras generaciones huérfanas que los han precedido, inventar una tradición”. La falta de tradición, la idea de novedad absoluta, ha sido el plan maestro de las vanguardias de principio del siglo XX. Pero de lo que se trata hoy es de reinventar un vanguardismo historicista, una constelación de fantasmas (categoría que, como alguna vez Derrida, Traverso y Didi-Huberman no dejan de invocar) que vengan a perturbar el rumbo suicida del presente.