COLUMNISTAS

Un mártir de nuestro tiempo

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En el Bafici, que terminó ayer, hubo tres películas en las que aparecen directores de cinematecas. Los que se dedican a conservar películas y exhibirlas periódicamente suelen ser gente que confía más allá de lo habitual en la cultura cinematográfica, en su influencia y en su poder transformador. Así, pudimos ver a Gian Luca Farinelli, director de la Cinemateca de Bolonia, decir que sin el gran cine del pasado y su capacidad para evocar la historia, la posibilidad de que el futuro no arrase con el presente está seriamente amenazada. También vimos a João Bénard da Costa, legendario director de la Cinemateca Portuguesa, sostener que su institución tenía básicamente la misión de crear un espacio para que el cine prosiguiera cuando terminaban las proyecciones, porque la cinefilia es ante todo una manera de organizar la vida alrededor del cine.
Pero el más radical entre sus colegas, de un modo particularmente trágico, resultó Naum Kleiman, un ruso nacido en 1937 que tuvo a su cargo hasta hace poco el Museo del Cine de Moscú y en torno de quien gira la película Cinema: A Public Affair, de Tatiana Brandrup. La historia de Kleiman y el museo empieza un poco antes de la Perestroika, cuando la administración soviética lo designa temporariamente como su director después de pasar años al frente de los archivos Eisenstein. La relación de Kleiman con Eisenstein es muy particular: siempre lo consideró un héroe que nunca transó con el régimen ni aceptó la intimidación de Stalin y, en cambio, siempre luchó para que la sociedad civil tuviera su lugar como alternativa al Estado. La interpretación de Kleiman parece ingenua o extraña, pero de su amor por el cine de Eisenstein y por su secreto coraje cívico, concluía que su propio trabajo en los archivos del cine y el Museo tenía como objetivo la creación y el fortalecimiento de una sociedad civil en Rusia. Pero el pensamiento de Kleiman es también contradictorio con los dogmas liberales y así es como siempre creyó que el cine soviético exhibía valores que escapaban a las reglas de la censura y que eran la base para una unión en libertad de la sociedad rusa (e internacional) del futuro.

Tras la época permisiva de Yeltsin, a Kleiman le tocó lidiar con Putin y con la ola de creciente corrupción e intolerancia. Y particularmente con la siniestra figura de Nikita Mijalkov, quien aprovechando su cargo de presidente del sindicato de profesionales del cine vendió en nombre de la organización el edificio del Museo a un comprador anónimo por un monto desconocido. El Museo se quedó sin sede y durante muchos años proyectó sus películas por todo Moscú. Pero finalmente, en 2014, Putin reemplazó también a Kleiman, quien les pidió a sus empleados que se quedaran para salvar lo que pudiera salvarse y para recordar que hubo una época en la que las personas podían conservar la dignidad frente al poder. Cinema: A Public Affair es una película enormemente triste, que evoca la abrumadora e impune injusticia a la que se suele entregar el despotismo cuando está liberado de controles. Es como si Kleiman hubiese sido elegido para representar como pocos personajes en el arte contemporáneo el lugar de mártir, una cuestión ancestralmente ligada a la cultura rusa, tan rica en sufrimientos terribles de sus ciudadanos.



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