COLUMNISTAS ENSAYO

Un nuevo escenario

En Los partidos políticos y la política exterior argentina (Ariel-Paidós), María Cecilia Míguez plantea que las estrategias generales de una nación pueden establecerse a partir de sus relaciones exteriores. El alineamiento automático con los Estados Unidos fue el símbolo de que las teorías neoliberales eran un paradigma. La autora, doctora en Ciencias Políticas summa cum laude, analiza la postura tomada a partir de 1987 y su cambio actual.

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La autonomía es un objetivo de todos los Estados contemporáneos, pero en el caso de los países periféricos la cuestión se relaciona con el carácter dependiente y con una determinada concepción del interés nacional, que es particular. La dependencia es un fenómeno estructural, es decir, económico, social y político, y, por lo tanto, la búsqueda de autonomía por parte de la política pública debe conducir a su quiebre o su debilitamiento.

Las relaciones internacionales de la Argentina reciente han pasado por diversas etapas. Durante el gobierno de Alfonsín, la política exterior presentó ciertos márgenes de autonomía respecto de los Estados Unidos, procurando compensar la influencia del poderoso vecino del Norte mediante la intensificación de las relaciones con la Unión Soviética, con Europa occidental y con otros países latinoamericanos. Pero lo hizo casi exclusivamente en el área política-diplomática y estratégica-militar de la política exterior, y no en la dimensión económica. Desde el llamado “giro realista” se continuó profundizando la inserción internacional dependiente instalada a partir de la última dictadura militar. A partir de los últimos meses de 1984, hubo un acercamiento paulatino a los dictámenes de las grandes potencias occidentales y de los organismos multilaterales de crédito, condicionando la economía al pago de la deuda.

Por su parte, la política internacional de Carlos Menem buscó, por el contrario, alinearse con los intereses de los Estados Unidos y de Europa occidental en todas las áreas de la política exterior, estableciendo un nuevo patrón de inserción internacional neoliberal, caracterizado por el vínculo “carnal” con los Estados Unidos y la nueva inserción triangular. La adopción de las políticas neoliberales y su correlato en la política exterior fueron consecuencia de un lento proceso. Requirieron de una dirigencia política que concretara ese proyecto en el plano nacional. Líneas políticas del justicialismo y del radicalismo asumieron ese rol, lo que llevó a trastrocar identidades fundacionales de dos partidos históricos en la Argentina. Elementos del escenario internacional y del escenario local posibilitaron que, desde fines de la década de 1980 y los primeros años de la década de 1990, fuera delineándose un nuevo consenso entre sectores de la UCR y del PJ acerca de la inserción internacional del país en el “nuevo orden mundial”, que permitió la implementación de una nueva política exterior en los gobiernos de Carlos Saúl Menem.

Ya en la presidencia de Menem culminó un proceso de cambio que se expresó en la formulación de una política exterior coherente en función de las nuevas condiciones de acumulación mundial y local. Algunos han considerado que se trató de un proceso de “aprendizaje”, concepción a la que le subyace una connotación condescendiente con las dirigencias políticas (algo así como “no había otra opción”) y positiva. Pero este proceso debe comprenderse en el marco de la construcción hegemónica operada desde los centros de poder mundial, y entonces, como una cadena de disciplinamientos. No para atribuir un carácter pasivo a la dirigencia política (con lo que estaríamos anulando uno de los eslabones esenciales del entramado de la dependencia), sino para comprender el carácter contradictorio y conflictivo de ese proceso de adopción del marco ideológico neoconservador y para entender su responsabilidad. El desplazamiento de las corrientes reformistas tanto de la UCR como del PJ vino de la mano tanto de la destrucción del modelo de industrialización sustitutiva como de las drásticas transformaciones del escenario internacional. Algunas de esas líneas sobrevivieron en pequeñas agrupaciones o silenciadas. El derrumbe de los países del ex bloque soviético y la distensión del bipolarismo provocaron que las corrientes reformistas que históricamente habían buscado su margen de maniobra sobre la base de una política de péndulo o balance –política que tuvo su mayor despliegue en el ámbito del no alineamiento– se vieran imposibilitadas de continuar utilizando esa estrategia. Sin estrategia de pivote y sin estructura productiva que fortaleciera las orientaciones tendientes al nacionalismo empresario, en ambos partidos políticos predominaron las líneas que promovían las transformaciones neoliberales.

Puntualmente, el proceso hiperinflacionario preparó el terreno para la consolidación del cambio de rumbo en materia económica y de política exterior. Amedrentó a los sectores populares, a fracciones más democráticas, nacionalistas y populistas de los partidos políticos, y catapultó las ideologías que venían cobrando fuerza y que, argumentando la crisis del modelo de industrialización sustitutiva y del Estado, promovían la liberalización y la apertura. La construcción hegemónica se dirigió hacia la opinión pública, generando las condiciones para el consenso popular respecto de las reformas y de la nueva orientación de la política exterior. Los resultados de esa hegemonía profundizarían la crisis de las identidades políticas en la Argentina y darían lugar a importantes conflictos sociales, en especial en la segunda mitad de la década, por fuera de la escena política.

Los sectores dominantes argentinos promovieron las reformas neoliberales a cambio de importantes beneficios económicos. Para ello tuvieron la necesidad de vincularse con los partidos políticos analizados a través de la cooptación o del aporte directo de dirigentes, teniendo en cuenta las nuevas reglas de juego electoral impuestas a partir de 1983 y la falta de un partido orgánico propio, identificado con el proyecto económico que impulsaban. Los organismos multilaterales de crédito, como el FMI y el Banco Mundial, desempeñaron un papel fundamental, ya que las exigencias de ajuste para posibilitar la reestructuración de la deuda fue un condicionante constante.

En la escena política el menemismo desplazó a sectores nacionalistas y antiimperialistas, y en cuanto a la lucha de clases permitió controlar a la clase trabajadora. La Alianza fue continuidad. Lo único que podía terminar con esa dinámica era la movilización popular, tal como sucedió en 2001. La complicidad de la gran mayoría de los dirigentes con el nuevo rumbo estallaría en la crisis de 2001. Como consecuencia, de allí en adelante, y en especial a partir de 2003, se iniciaría un nuevo proceso de resignificación de las identidades partidarias y, junto con ello, una revisión de núcleos problemáticos como el rol del Estado, la inserción internacional, la relación con los organismos internacionales de crédito y el endeudamiento externo, la posición frente al conflicto por las islas Malvinas, el proceso de integración regional y la relación con las potencias.

Los gobiernos de Néstor Kirchner y de Cristina Fernández tuvieron lugar en un contexto internacional y continental distinto, caracterizado por el creciente debilitamiento de los Estados Unidos, los gobiernos de nuevo signo político en América latina, la mejora sustancial de los precios de las materias primas y la irrupción de la demanda china. Se adoptaron políticas que han demostrado cambios en la estrategia de inserción internacional y en el modo de acumulación. Importantes medidas implementadas demuestran márgenes de autonomía respecto de los Estados Unidos –como el rechazo del ALCA y la promoción de la Unasur– y, en algunos casos, se trata de respuestas a demandas que se vinculan con el interés nacional, como los reclamos de la soberanía de las islas Malvinas y la nacionalización de la mayoría del paquete accionario de YPF. Ahora bien, hace falta derogar aquellos convenios firmados con Gran Bretaña en 1989 y 1990, recuperar el control nacional de las áreas económicas estratégicas y limitar y controlar la participación de los capitales extranjeros, bregar por el retiro de las bases militares norteamericanas en la región y seguir profundizando las políticas que nos unen a los países latinoamericanos. Ante las nuevas características del escenario mundial, establecer una política exterior independiente en un país como la Argentina forma parte de una estrategia global de desarrollo que debe priorizar la autonomía y la soberanía en el proyecto económico, social y político nacional. Buscar ese desafío en forma conjunta, pero desde las especificidades nacionales, es la tarea de los países del escenario latinoamericano.



*Doctora en Ciencias Sociales.



María Cecilia Miguez