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Un país entre el Chapo y Francisco

Aunque las visitas papales tienen inevitables implicaciones políticas, estos días del pontífice  serán un bálsamo pastoral para un país que no atraviesa por su mejor momento.

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La primera visita del papa Francisco a México, que se inició el viernes, ocurre en un momento difícil para el país. Cuando el mexicano más conocido en el mundo es el narcotraficante Joaquín Guzmán, alias el Chapo, y las revelaciones sobre abusos a los derechos humanos se han hecho una cuestión común en el país, la visita del primer papa latinoamericano es un bálsamo de esperanza para el 80% de los mexicanos que se declara católico. Ante la ausencia de un liderazgo político claro que pueda guiar al país por el sendero del crecimiento económico, la consolidación democrática y la ampliación efectiva de los derechos para ese 46% de mexicanos que vive en la pobreza, la visita papal abre un paréntesis de cinco días para olvidar los difíciles desafíos que enfrenta el país.

En 2012, el regreso al poder del mítico Partido Revolucionario Institucional (PRI), liderado por Enrique Peña Nieto, alimentó las expectativas de muchos mexicanos frustrados por los discretos logros de dos gobiernos consecutivos, y 12 años en el poder, del Partido Acción Nacional. Después de haber gobernado sin mucha democracia y demasiada corrupción por setenta años, el PRI fue derrotado en las elecciones presidenciales de 2000. Con Peña Nieto como candidato, el PRI buscó reinventarse como un partido moderno, pragmático y eficiente, capaz de entregar el liderazgo necesario para apretar el acelerador del crecimiento que permitiera combatir efectivamente la pobreza.

Aunque hubo señales promisorias en los primeros meses de gobierno de Peña Nieto –con reformas en telecomunicaciones, en energía y en la institucionalidad política que parecían tener un enorme potencial para mejorar la productividad, hacer más competitivos los mercados e introducir mejor rendición de cuentas al sistema político–, la desaparición de 43 estudiantes normalistas en el estado de Guerrero desnudó enormes falencias institucionales en el país. Las sospechas sobre una red de corrupción que protegió a los responsables del presunto asesinato masivo de los estudiantes y la incapacidad del gobierno central para imponer el Estado de derecho confirmaron las debilidades de la democracia mexicana. Revelaciones sobre irregularidades en la adquisición de bienes raíces de la esposa del presidente, la actriz de telenovelas Angélica Rivera, alimentaron la ya alta desconfianza popular en sus máximas autoridades. A menos de dos años de haber iniciado su sexenio, Peña Nieto ya se había convertido en un presidente sin liderazgo y con pocas posibilidades de recuperarlo.

Si bien la recaptura del Chapo Guzmán en enero de 2016 –meses después de su espectacular fuga en julio de 2015– dio un respiro al gobierno, la alicaída economía del país, el decreciente valor del peso mexicano y la profunda desconfianza que existe entre los mexicanos hacia sus autoridades y sus instituciones reflejan el preocupante momento por el que atraviesa el segundo país con más católicos en el mundo. El poder y la influencia que han acumulado los carteles de drogas en el país alimentan múltiples teorías conspirativas entre la población que ponen en duda la independencia del Poder Judicial, de las policías y de las propias autoridades de gobierno.

Pese a que había altas expectativas respecto de que las reformas que impulsó Peña Nieto al llegar al poder ayudarían a acelerar el crecimiento, el país creció a un promedio de apenas por sobre el 2% en los primeros tres años de este gobierno. Se espera que en 2016 y 2017 el crecimiento se acerque al 3% (aunque las primeras revisiones en el crecimiento de 2016 ya se han hecho a la baja). Con ese discreto ritmo de crecimiento, es muy poco lo que se puede avanzar en reducir la pobreza y ampliar las oportunidades para millones de mexicanos que viven en la exclusión.

Si bien, al igual que en otros países de América Latina, la Iglesia Católica mexicana también ha visto golpeada su reputación, producto de diversos escándalos, sigue siendo una de las instituciones más influyentes en México. Aunque el porcentaje de los que se declaran de otras religiones o de ninguna religión subió de 10% a 20% entre 1990 y 2010, y sólo 30% de los que se declaran católicos dicen asistir regularmente a la iglesia, México sigue siendo un país mayoritariamente católico. En su largo pontificado (1978-2005), Juan Pablo II desarrolló una especial relación con México, país al que visitó cinco veces (más que a ningún otro país en el mundo, después de su nativa Polonia). Incluso hoy, diez años después de su muerte, Juan Pablo II es más popular en México que el papa actual, el primer latinoamericano en ocupar el cargo. En su primer viaje a México, Francisco deberá hacer un gran esfuerzo para emular la capacidad que tuvo Juan Pablo II de ganarse el corazón del pueblo mexicano.

En los cinco días que permanecerá en México, Francisco visitará zonas indígenas en Chiapas, al sur del país. También viajará a Ciudad Juárez, en la frontera norte con Estados Unidos, donde abordará la problemática de los inmigrantes que buscan cruzar al otro lado del río. Además de oficiar misa en la Basílica de la Virgen de Guadalupe, el lugar católico más sagrado en el país, Francisco buscará enviar un mensaje de esperanza a un pueblo que no tiene muchas razones para sentirse optimista sobre el futuro del país.

Después de haber experimentado decepción con el retorno del PRI al poder, después de haber sufrido la desaparición de los 43 estudiantes y cargar con un lamentable registro de violaciones a los derechos humanos (que incluye ser uno de los países más peligrosos en el mundo para ejercer el periodismo) y habiendo sido testigo del poder de los capos del narcotráfico con la espectacular huida del Chapo Guzmán en 2015, el ambiente en México no está para celebraciones. Aunque las visitas papales tienen inevitables implicaciones políticas, los días que pasará Francisco en México serán un saludable bálsamo pastoral para un país que no atraviesa por su mejor momento.

*Profesor de Ciencias Políticas, Universidad Diego Portales, Chile. Master Teacher of Liberal Studies, New York University.



Patricio Navia