COLUMNISTAS MARTINO, GROUCHO, PERON, BUKOWSKI, BIANCHI… Y LAS IDEAS

Un país ‘mangerizado’

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“Las ideas no son como pinturas mudas sobre un lienzo; la idea, en cuanto que es idea, incluye una afirmación o una negación”.
Baruch Spinoza (1632-1677); de su “Ética” (1677), parte II: De la naturaleza y origen del Espíritu; Proposición XLIX.

El mercado de pases pasó de Wall Street a La Saladita; Boca puso alumnos en penitencia y Newell’s, nuestro equipo top, estuvo ahí nomás de eliminar al Mineiro de Ronaldinho y se mancó al final. Una desgracia. Para colmo, los políticos en campaña no le mueven un pelo a nadie. Vivimos en un país “mangerizado”, nos revela el pensador puntano Alberto Rodríguez Saá. ¡La inquietante lógica del portero sospechado! Uno sabe que el otro sabe lo que todos saben, pero nadie habla y la causa sigue, con la cancha cada vez más embarrada, falsos testigos, nulidades. Mm… suena conocido.
Mientras tanto, pasan cosas asombrosas. De Narváez, por ejemplo, animado por un impulso irrefrenable, se subió a un colectivo en pleno centro porteño para estrechar la mano de uno que lo había saludado y al bajar –créanme, lo contó él mismo– se emocionó cuando los demás pasajeros lo despidieron con un aplauso. ¿No le creen? ¡La historia o vos! Massa, para no ser menos, trató de refutar a la Sarlo y a los que lo acusan de ser un candidato insustancial y se convirtió en una ecuación, un signo, un logo. ¡El logos griego! Un día tardé en descifrar frente a un cartel el mensaje oculto en la inscripción “+ a”. ¿Más a? ¡Massa! Wow. Sin palabras. Y Scioli, socio fundador, otra vez con el millón de amigos de Roberto Carlos y en dupla de centrales con Insaurralde, como Schiavi. Todo muy conmovedor.

Lo de Belo Horizonte podía pasar; sobre todo en un juego donde lo azaroso, el error humano, puede destrozar el mejor plan. Si Mateo, pobre, en lugar de rechazar débil y al medio hubiese dejado pasar esa pelota que, mansa, iba directo a las manos de su arquero, hoy el finalista sería Newell’s y Martino seguiría en el fugaz Olimpo argentino de los indiscutidos, un sitio con entrada fácil y salida de emergencia, donde sólo se celebra al ganador. Pero perdió. Así que su idea, hasta ayer untada por la empalagosa miel de la unanimidad, ya comenzó a ser cuestionada. Por rígida, dogmática, previsible, carente de un plan B.

¿Qué significa, en Argentina, tener un plan B? Los principistas –ingenuos sin remedio para los adoradores del resultado– piensan que un plan B es traicionar la idea, entregar las banderas. Para los pragmáticos, se trata de “adecuarse a un nuevo escenario y minimizar los riegos” –traduzco: colgate del travesaño o hacé un ajuste ultraliberal si hace falta, pero ganá, que de eso se trata este negocio, gil–; y los más cínicos susurran: “La clave es elegir la mejor hoja de ruta; si no se puede ir por derecha, vamos por izquierda”. El objetivo era llegar a la final, y ya. Argentinidad pura y dura.

Groucho Marx lo explicaría con su frase más popular: “Caballeros, éstos son mis principios, y si no les gustan, tengo otros”. Perón, imperativo y categórico, advertiría: “La única verdad es la realidad”. Y Bukowski, involuntario fan de Martino y su Newell’s, cerraría el duelo de citas refutando al general con furia etílica: “La verdad no vale nada. ¡Al carajo con la verdad! El estilo es lo más importante: cómo haces, una por una, cada pequeña cosa”.

Como todo ideólogo en esta era de inmediatez extrema, Martino y su gesta pronto serán un amable recuerdo. Y más allá de lo que intenten el audaz Mellizo en Lanús, el ciclotímico Zubeldía en Racing o Pizzi y la chequera de Marcelo en San Lorenzo, todo el mundo estará pendiente de dos próceres en deuda: Bianchi y Ramón Díaz.

Lo de Díaz es menos dramático. Lo suyo es contagio, guiños cómplices, espontaneidad. Sus equipos juegan, digamos, con un estilo peronista: nada muy sofisticado, puro sentimiento, espíritu ganador. No creo que necesite un título para mantenerse.

Bianchi es su opuesto. Su estilo nunca fue lujoso. Es un profesional sólido, con ideas simples y notable efectividad. Hablamos de un ganador serial. Eso le ha garantizado –por ahora– el amor incondicional del hincha y espaldas como para darse el lujo de volver de su siesta y mantenerse intocable, pese a que Defensores de Macri no quería saber nada con él, ni con Riquelme.

No es simpático, nunca se llevó bien con la prensa –lo pagará caro si las cosas no mejoran– y tuvo un semestre horrible. El equipo fue un espanto, incorporó mal, la omnipresencia de su hijo Mauro provocó suspicacias, y el vestuario fue un cuento de Lovecraft. Se lo vio irreconocible. Más que sereno, absorto, ido; como desbordado. Necesita ganar para volver a ser.

Su gran virtud fue potenciar grupos ya armados. Lo hizo en Vélez y en Boca. Esta vez deberá arreglarse con lo que tiene, que no es demasiado. Lo que quedó de un plantel desguazado, con refuerzos modestos y un Riquelme que dependerá más que nunca de su físico.

Franco Sosa, a lo bestia, blanqueó desde Jujuy el clima bélico que todos relativizan, y se definió con orgullo y candor: “Yo era del bando de Román”. Albin, brutalmente sincero en un medio uruguayo donde destrozó a Riquelme y Bianchi, mutó en diplomático de carrera cuando habló en radios argentinas. Somoza calló y huyó a Lanús, con Acosta. Riquelme perdió a dos de sus incondicionales: Viatri y Clemente. Erviti, harto de estar harto, dijo adiós aún con su contrato vigente y lo pagó corriendo en zapatillas con la reserva. Silva –de estrella a extra en tiempo récord– compartió la misma humillación, mientras negocia una salida digna. Y en medio del tsunami Boca vuelve hoy, contra Verón y su Estudiantes. Veremos.
Martino perdió tres de sus últimos cuatro partidos y medio millar de personas fueron a su casa para ovacionarlo. Sí, ya sé: son pocos para hablar de un país “martinizado”. Una pena.
Tiene razón el Alberto. Gana Mangeri, nomás; por goleada.



Hugo Asch