COLUMNISTAS JUEZ LIJO Y UNIDAD DE LAS CGT

Un Papa aliviado

Francisco recibió hace menos de un mes al magistrado que indagará a Boudou. Se viene la unión sindical.

Foto:Dibujo: Diego Temes

Para algunos obispos locales, la unidad de las tres CGT se perfila nítida. Hasta disponen de una fecha cierta, hacia el 26 de junio en Mar del Plata, para avanzar en ese sentido, ya que entonces reunirán en un mismo cenáculo al núcleo oficialista de Antonio Caló y “los gordos”, y a las formaciones opositoras que presiden Luis Barrionuevo y Hugo Moyano. El paraguas de la convocatoria remite al diálogo político y social con el que ciertas figuras de la Iglesia, como Jorge Casaretto –quien ha vuelto al plano figurativo–, taladran a distintos sectores como en los tiempos de Fernando de la Rúa, cuando entonces no se sabía si acompañaban un cortejo fúnebre o construían un colchón para evitar desenlaces violentos. El objetivo no se cumplió: terminó el gobierno de la peor forma. Ahora se insiste con el mismo propósito dialoguista y, en particular con las organizaciones sindicales, a partir de una conveniente unidad gremial.

La noticia de la reunión de las tres CGT endulza los oídos del Papa, quien en los últimos meses propició esa alternativa sin protagonizarla, aliviado también por la continuidad del juez Ariel Lijo al frente de la causa Ciccone, quien ha citado a indagatoria al vicepresidente Amado Boudou. Como se sabe, hace menos de un mes el magistrado estuvo alrededor de una hora con Francisco en Roma, a solas, y si bien es común la atención específica y casi exagerada que el pontífice otorga a las cuestiones argentinas, tamaña duración de entrevista no resulta frecuente. Por supuesto, se dijo que conversaron de temas familiares.

Al Gobierno, en cambio, cierto malestar le genera la eventual reunión de los sindicalistas hoy divididos en Mar del Plata. Ya advirtió Cristina que se opone, que no la cuenten en una unidad nacional que signifique el regreso a tiempos pasados. Y, para Ella, es obvio que este tipo de encuentros representa la creación de poderes alternativos, consagrar disidencias, repeticiones en los medios, y limar en alguna medida su autoridad. Nunca vio en estas manifestaciones una colaboración, más bien impuso y gestionó –como lo entendía su esposo– la fragmentación o disolución de sectores (cámaras empresarias, sindicatos, prensa, etc.) para sostenerse en la cumbre. Había para dar y se respiraba cierta complicidad en el aire: esa política garantizaba el apogeo kirchnerista.

Moyano fue el emblema de ese generoso tráfico de influencias oficial, convirtiéndose por las prebendas en el gremio más poderoso del país, transformando a su organización en una acumuladora de inmuebles, con depósitos cash que disputan los bancos oficiales, a punto de inaugurar el Sanatorio Antártida, quizás el más moderno en la región. Todo gracias a Néstor.

Ahora, lejos del calor oficial, sin duda congelado por Cristina (lo acecha el negocio de la basura, Florencio Randazzo evalúa restarle una carga impositiva que lo favorece en los puertos), Moyano es quien más insiste en la unidad de la CGT ante los curas, dispuesto a resignar espacios o mimetizarse en la cartelería. No parece temer: llegan tarde para desmontarle el fabuloso emporio. Se entiende hasta que busque otros socios políticos, que valorice a Mauricio Macri (han negociado contratos importantes en la Ciudad) en lugar de Massa, Scioli o De la Sota.

Sus rivales de la CGT de Caló, a disgusto, comparten otras desgracias sin haber disfrutado de los premios: suman al peso de ser imputados de oficialistas el mínimo amor de la mandataria y la exangüe distribución de fondos de las obras sociales. Si hasta Caló tiembla en el sillón de la UOM para ser reemplazado por un colega de la seccional cordobesa, naturalmente más rebelde.

Para colmo ahora, con el estancamiento económico, estos sindicatos han sido los primeros en padecer la crisis con despidos y suspensiones, hasta con inevitable reducción salarial. Como si fuera un castigo a su conducta complaciente, los que más sufren por el momento son mecánicos, metalúrgicos, construcción, sanidad... los pilares gremiales del proyecto.

Tampoco pueden apelar a los empresarios más afines, ni se les ocurre utilizar como reclamo argumentos de Cristina –“ganaron mucho, traigan la plata”– a las cabezas más notorias y desenfadadas que defendieron a la Presidenta al relato industrial, léase: Iveco, Volkswagen, la Cámara de la Construcción, algunas pymes paraestatales, por citar algunos conspicuos y prósperos hacedores de negocios personales e institucionales en la última década. Lo pasado, pisado.

El Gobierno no impedirá la cumbre de Mar del Plata; sí que continúe el operativo unidad. Ya fue advertido en la reunión: desde afuera van a tratar de que no nos juntemos. Todos saben lo que significa “desde afuera”. También saben que no pueden permanecer inertes 18 meses si persiste la inactividad económica, cuestión a la cual los obispos no han sabido dar respuesta en su pedido de paz social. O lo que ensayaron como réplica fue insuficiente: miren, el Papa también tiene prisa por la paz en Medio Oriente, pero sabe que tal vez lleve años la negociación que acaba de emprender, señaló uno de los eclesiásticos.

“Demasiada espera –completó incómodo un gremialista–; esa excusa no nos sirve”.



Roberto García