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Un pequeño cortometraje

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Orlando Jimenez Leal
Orlando Jimenez Leal Foto:Cedoc Perfil
Escribía Cabrera Infante en 1981: “Las atrocidades de Castro, no todas literarias, sólo se sabrán una vez que haya desaparecido, cuando ocurra –si es que ocurre”. Así estaba de pesimista el escritor entonces y puede que tenga razón: tal vez Fidel nunca desaparezca, al amparo del régimen que custodiará su memoria y sus secretos, como ocurre con Mao. En cuanto a las atrocidades literarias, sabemos de algunas que llevan los nombres de Virgilio Piñera, Reinaldo Arenas, Heberto Padilla, Lezama Lima, todos muertos antes que Fidel, igual que Cabrera. Igualmente significativas fueron las atrocidades cinematográficas ya que Cuba, a diferencia de su modelo soviético, no sólo censuró el cine sino que lo mató: en sesenta años, las películas cubanas dignas fueron apenas un puñado.

Todo empezó probablemente en 1961, cuando Sabá Cabrera Infante (el hermano de Guillermo) y Orlando Jiménez Leal filmaron un cortometraje documental llamado PM. Fue la pieza que eligió Castro para hacer su primera purga de intelectuales, la que llevó al cierre del diario Revolución, sustituido por el Granma, estandarte de la obsecuencia, ejemplo perfecto del periodismo de desinformación. Asistido por Alfredo Guevara, su burócrata cinematográfico de cabecera, Castro aprovechó un congreso de escritores en el que supuestamente se iba a discutir la prohibición del corto para dejar su pistola en el escritorio antes de pronunciar la famosa frase: “Dentro de la revolución todo, contra la revolución nada”, que en la práctica significaba “el arte será propaganda o no será nada”.

Nunca había visto PM, pero en estos días alguien avisó en Twitter que el film estaba en YouTube, igual que otro documental que nunca había visto: Conducta impropia, de Jiménez Leal y Néstor Almendros, cuyo centro es la represión a los homosexuales, un capítulo de la historia revolucionaria que demuestra muy bien la crueldad del líder y el miedo a disentir que durante todos estos años impregnó la sociedad cubana y al día de hoy lo sigue haciendo, como lo prueban estos fastuosos y rancios funerales, inflados a base de control e intimidación, pero en los que ya nadie cree salvo los nostálgicos del fracaso socialista y los dirigentes políticos que no pueden dejar de admirar a un maestro en el arte de perdurar en el poder.

Conocía todo lo que muestra Conducta impropia más allá de algún detalle escabroso. En cambio, PM fue una revelación. Filmado con medios muy precarios (16 mm, sonido imposible, sobrantes de película), es simplemente un recorrido nocturno por las calles y los bares de la zona del puerto, en el que se ve gente bailando, tocando música, conversando o bebiendo, un recorrido por caras de alegría y tristeza marcadas por el alcohol. Cine-verdad, sin ninguna preparación previa, hay algo en PM que impresiona mucho: aquel país en el que los habitantes aún disponían del espacio público para divertirse a su modo, antes de que el régimen ordenara y reglamentara la vida desde su pudibunda y uniforme hipocresía. Lo que resplandece en PM es la libertad inherente a esas horas perdidas y la lógica que explica por qué esa pequeña película tan inofensiva en apariencia fue motivo de un descomunal escándalo. Los censores sabían lo que hacían, tenían muy claro que esas imágenes debían ser exterminadas.