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Un prejuicio estético absurdo

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Aun exagerada e inexplicable, es rigurosamente cierta la idea de que los hombres podemos cambiar casi todo en nuestra vida menos la identificación con un equipo de fútbol. Una identificación auténtica y entrañable que se destiñe cuando, además, le queremos poner el sello distintivo de la estética, la mística o la garra. Eso de que al de Boca le gusta ganar como sea, que el de River es de galera y bastón, que el del Ciclón y el de Racing son los sufridos y que los del Rojo son los de paladar negro me sabe a rancio, a una presunción del
medio pelo.

No viene al caso desmenuzar cada ejemplo. Basta con un par. De los grandes equipos de Independiente, la enorme mayoría ha sido símbolo inequívoco de buen fútbol, de un juego eficaz como consecuencia de una idea. Lo fue en tiempos de Erico, en los que ganó torneos con récord de goles a favor, lo fue en los 50 con Micheli, Lacasia, Cecconato, Grillo y Cruz, y con el enorme Bocha durante casi veinte años.

Pero el Rojo fue el primer campeón argentino de la Libertadores de la mano, entre otros, de un tal Hacha Brava Navarro, de cuyo seudónimo siempre se han jactado orgullosos los más elegantes fanáticos de la Doble Visera. Y, aun con un dejo de fastidio, se celebró el título logrado con el Indio Solari, o aquel reciente del Tolo Gallego, que dejó de florearse para terminar a los manotazos cuando se angostó el cuello de botella.
Fui uno de los pocos periodistas que tuvieron el enorme privilegio de atestiguar la maravillosa noche de Porto Alegre de 1984 cuando un Independiente subestimado por la prensa local –se reían hasta de la pelada de Bochini, que les pintó la cara– despedazó al poderoso Gremio en la final de ida. Fue una noche mágica liderada por el diez, en genial sociedad con Burruchaga, autor del único golazo de la serie. Sin embargo, el primer acto de fe roja de esa noche fue la del Loco Enrique avisándole a Renato Gaúcho que, para pasar por su banda, primero debía volar por la pista de atletismo, que fue el destino del puntero local en el cruce inicial del partido.

Más contundente es lo de Boca, cuyo pueblo aún hoy levanta banderas del “huevo, huevo, huevo, Giunta, Giunta, Giunta”, que idolatra la bravuconada anti River de Passucci o Cabañas, y que añora esa presencia flaca, larga y áspera de Rattin instalando boyeros con 220 voltios en la mitad de la cancha. Pero entre sus ídolos más emblemáticos figuran señores de la talla de Rojitas, Maradona y Riquelme, tres de los más maravillosos genios de la pelota que parió nuestra tierra.

Lo que quiero decir es que, con todo lo que podamos amar a nuestra camiseta, no hay que dar por la pertenencia más de lo que uno es capaz.
El más exigente gourmand grita desaforado un gol inmerecido para ganar un clásico. Y hasta el más fiel apóstol de los dientes apretados llora de emoción viendo el caño de Román a Yepes y se avergüenza en secreto mirando el video de la patada que Roberto Aníbal, para colmo, ni siquiera le pegó a Ruggeri.

Por lo general, muchos de ustedes van a la cancha con el objetivo primordial de ver ganar a su equipo. Para mi gusto, un riesgo caro y, cuando menos, incómodo. Con lo difícil que es conseguir un lugar –o que el partido no sea a puertas cerradas–, con el tiempo que perdés entre que salís y volvés a casa más lo que te afana el trapito para dejar el auto mal estacionado a diez cuadras de la cancha, hay que tener fe para, encima, dejar toda alegría condicionada a un solo resultado. Tal vez por eso tantos se conforman con no perder…

De todos modos, siempre tuve la sensación de que la gran mayoría de los hinchas que se van felices con un triunfo triste tarda lo que demora en llegar al bondi en aceptar lo mal que jugó el equipo. Una cosa es querer ganar. Otra muy distinta es no saber de fútbol.

Por estas horas, cuentan que en La Plata hay alerta naranja por la llegada de Gabriel Milito a la dirección técnica. Para fortuna del Mariscal del Siglo XXI, el resultado final en Guayaquil acompañó algunas insinuaciones claras de lo que pretende para su Estudiantes. Pretensiones que no van en desmedro de los intentos de unas cuantas cosas buenas que logró hacer Pellegrino, pero que, según alguna visión ciertamente fundamentalista, representa un cambio cultural para la historia Pincha.

Con la lógica de los días más gloriosos, la enorme mayoría de los hinchas de Estudiantes identifica el punto de partida de su sello distintivo entre fines de los 60 y principios de los 70. La historia comenzó con Osvaldo Zubeldía, no con el Payo Pelegrina. Mística copera, pertenencia; díganle como quieran pero no discutan su lógica. Una lógica que puede prescindir aun de los orígenes de varios de sus próceres. Zubeldía, el arquitecto, llegó como técnico a La Plata después de más de una década de jugar en otros equipos –Vélez, Boca, Banfield– y de hacer debutar en la Primera de Atlanta a dos fenómenos de la talla del Loco Gatti y Luis Artime. Raúl Madero fue un enorme defensor, elegante y de gran pegada, que se lució en Boca y Huracán antes de llegar a 57 y 1. Estudiantes fue el cuarto equipo profesional para Marcos Conigliaro; Néstor Togneri, el héroe de Montevideo –copa ganada a Peñarol en 1970– surgió de Platense y el propio Carlos Bilardo pateó muchas de sus primeras pelotas representando a San Lorenzo de Almagro. Nade de esto les quita esencia Pincha.

Lo que quiero decir es que hay con Milito un cierto prejuicio estético absurdo para la propia historia del club. Le endilgan no ser un hombre de la casa, algo que, a principios de los 60, no fueron ni Zubeldía, ni Bilardo.

Antes que un equipo peculiar, polémico y ganador, el Estudiantes de Zubeldía fue un equipo formado por futbolistas de técnica sobresaliente en la mayoría de los casos. Nada distinto del campeón de 1982 con el mediocampo de Russo, Trobbiani, Ponce y Sabella, dos delanteros bien definidos y dos laterales que sobresalían en ataque. O de esa maquinita de juego, goles y triunfos que devolvió al Pincha a la Primera División de la que jamás debió haberse ido.

No seré yo quien le explique al hincha de Estudiantes sobre su leyenda y sobre su mística. Sin embargo, a un equipo integrado con Braña, Leandro Benítez, Enzo Pérez, Gastón Fernández, Boselli y Verón yo quiero reconocerle tanto más la capacidad para jugar que para honrar esa leyenda.
Bancar tu propia identidad es todo un ejercicio de fe por estos días. A mí no me alcanza con que me digas que sos peronista. O radical. Quiero que me digas a quién vas a votar. Difícil de explicar, ¿no?

Aun a riesgo de tener que prescindir de ciertas convicciones y de ciertos ideales, pareciera ser que sólo tomando distancia del fundamentalismo podríamos empezar a ponernos de acuerdo.

Además, muchachos, dicho esto con muchísimo respeto. El gran símbolo Pincha de estos tiempos es el señor que decidió que su equipo juegue como quiere el Gaby Milito. Que los ataques no vengan de un pelotazo sino de una posesión; dinámica, pero posesión al fin. Que desde el arquero y los centrales la pelota viaje lo más cerca posible del suelo y termine la mayor cantidad de veces en otra camiseta rojiblanca. Ese símbolo resignó millones para volver al pago, ganarle un título increíble a Boca, mojarles la oreja a los brasileños en su propia casa y tener en jaque como pocos al mejor Barcelona.

Ese símbolo se llama Juan Sebastián Verón y, aunque cueste aceptarlo, jugó maravillosamente bien al fútbol pareciéndose muchísimo más a Toninho Cerezo o a Riquelme que a Bilardo o al tucumano Aguirre Suárez.



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