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Un proyecto trunco

Se acerca fin de año, momento propicio para hacer balances y revisar cajones, actividad a la que me entregué todo el fin de semana.

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Se acerca fin de año, momento propicio para hacer balances y revisar cajones, actividad a la que me entregué todo el fin de semana. En uno, debajo de una foto de mí con 15 kilos menos, encontré un papelito que decía: “Presentar proyecto Latinoamericanos”. De golpe recordé de qué se trataba: hace años estaba sin trabajo y se me ocurrió presentar a alguna editorial un proyecto de colección de libros de autores latinoamericanos del siglo XX algo olvidados (por no decir raros o vanguardistas o excéntricos o cualquier otra palabra pretenciosa). Como suele sucederme, no hice nada, no lo llevé a ninguna editorial, no prosperé en ese tema (al menos pude conseguir trabajo como arbolito en la calle Florida, donde todavía laburo, aunque por suerte ahora sólo de lunes a jueves). Debajo del título, siempre en el papelito, constan los nombres en los que había pensado, empezando con dos libros de Sebastián Salazar Bondy, Lima la horrible y Pobre gente de París. Publicado en Perú en 1964, creo que de Lima la horrible hay ahora circulando una edición chilena y alguna otra que no recuerdo bien, pero de Pobre gente de París, publicado en 1958, estoy casi seguro de que no se reeditó luego de la edición de Jorge Alvarez en 1965. Antes y después, Salazar Bondy (nacido y muerto en Lima en 1924 y 1965) escribió poesía, teatro, cuentos y crítica literaria sin mayor suerte, dentro de la que se conoce en Perú como “la generación del 50”, cuyo representante más talentoso es Julio Ramón Ribeyro.

Lima la horrible es un maravilloso ensayo-diatriba contra la capital de Perú, sus costumbres, sus tradiciones, su historia, sus puntos ciegos. Lejos del tono ontológico sobre Buenos Aires de Martínez Estrada en La cabeza de Goliat, pero cercano en la comprensión de la crítica cultural ante todo como un veredicto (negativo), Salazar Bondy escribe con una ironía, una inteligencia y una suave liviandad carente en casi todo el resto de su obra, por momentos demasiado grandilocuente y pesada (no dejan de gustarme los autores de una sola obra maestra en medio de decenas de libros fallidos). De un libro lleno de grandes pasajes elijo la última frase, atribuida a Mariátegui: “Mi misión ante el pasado parece ser la de votar en contra”. Aunque no puedo dejar de mencionar la frase, tal vez, más célebre del libro, seguramente la más célebre que haya escrito Salazar Bondy: “Tenemos más costumbrismo que costumbres (…) nuestro costumbrismo además es totalitario. Abarca cocina, música, arquitectura, danza, deporte, farmacopea, urbanismo, lenguaje, poesía y religiosidad”.

Pobre gente de París reúne ocho relatos sobre latinoamericanos en aquella ciudad. Con un toque realista y una prosa algo más tosca que la del ensayo, no obstante se deja leer con placer (me encanta el cuento en que imita el tono argentino: “Ponéle la plata en la mano, che. Con cien francos por una pregunta vas a saber hasta qué lunares tiene la mina que te coquetea en el laboratorio”).

Ahora que lo veo, también en el papelito decía: “Armar una gran antología de Juan José Morosoli”. Inigualable escritor uruguayo de los años 40, precursor avant la lettre de Beckett pero disimulado detrás de un tono campero, me cuentan que finalmente una gran compilación de Morosoli salió en alguna de esas editoriales nuevas y pretenciosas que pululan por Almagro.