COLUMNISTAS CRISIS DE RELATO

Un sistema que cotiza a la baja

.

A los cinco días de su triunfo, en una intervención en el Parlamento Europeo, Nigel Farage, el líder del Brexit, le dijo a sus compañeros “Todos ustedes se reían de mí. Ya no se ríen más, ¿verdad?”. Poco después dimitió. Sacó a los ingleses de Europa y, al parecer, este logro le quitó a él de la política. El ascenso al hoyo.

El otro líder del Brexit, Boris Johnson, que pretendía conducir a los tories y suceder a David Cameron, también renunció. Ahora es ministro de una cartera cuasi imposible después del Brexit: la de exteriores. Si Farage es un actor de stand up cuyo público habitual es el que le escucha, pinta en mano, en un pub, Johnson se aproxima a un personaje shakesperiano, con todas las contradicciones expuestas, que actúa para audiencias más exigentes; un personaje bastante divertido y, en apariencia, genial. Cuenta el periodista John Carlin que en una entrevista le mencionó a Borges y Johnson le citó la primera línea de un cuento. Farage y Johnson son la combinación perfecta para el prime time de una cadena de televisión. Un talk show conducido por Benny Hill y Stephen Fry.

David Cameron fue el primero en dar un paso atrás. Convocó el referéndum para sofocar los reclamos del ala euroescéptica de su partido y frenar el avance del UKIP, el partido de Farage. Cameron es un mal discípulo de Margaret Thatcher, quien sostenía que los referéndums son recursos de los dictadores y los demagogos, pensamiento del ex primer ministro laborista Clement Attlee, a quien Thatcher admiraba tanto como a Tony Blair.

Matteo Renzi, otro gigante del reality político en un salto electoral –mortal– como el de Cameron, llevó a Italia a un referéndum para asegurar su espacio de poder a través de una curiosa reforma constitucional con cuya derrota consiguió restaurar la figura de Silvio Berlusconi y reforzar a Beppe Grillo, líder del populismo stand up.

El filósofo Byung-Chul Han sostiene que comprar y votar son dos actividades que cada vez se asemejan más. El Estado –y no es ninguna novedad– se contamina del  mercado y los ciudadanos, en ese trance, tienen una relación de consumo con lo público.

Los países, incluso las regiones y los ayuntamientos, se definen a sí mismos como marca. La marca España, la marca Toscana –ahora también se apunta Umbría como marca low cost–, la marca Dubrovnik. Somos lo que debemos y la deuda es el compromiso ante el mundo para que la marca no pierda valor. La marca sube o baja en tanto se asuman los compromisos y la deuda cotice en consecuencia.

A la marca, que es uno de los relatos del mercado, están los que le oponen la patria. Tanto la ultraderecha europea que se contextualiza como "primavera patriótica" liderada por Mariane Le Pen, como la izquierda, en España, en la que Iñigo Errejón apela a esa misma patria dentro de la liturgia que despliega un sector de su partido, Podemos. Un neoliberal no entra en la discusión: la patria es la marca.

Durante la campaña electoral que le llevó al Palacio del Elíseo, François Hollande mantuvo una larga conversación con Edgar Morin. En ella, Morin expresa su preocupación por la crisis económica y la crisis de civilización a la que nos enfrentamos y le pregunta a Hollande si él puede ser capaz de indicar las directrices de una salvación pública y si esta, en definitiva,  es posible. “No solamente digo que es posible, no sólo quiero demostrar que es posible, ¡sino que lo voy a hacer!”., respondió Hollande.

Hollande, hoy,  es el primer presidente de la V República que no se presenta a la reelección porque su sola presencia en la carrera electoral le asegura el triunfo directo a Marine Le Pen. El candidato neoliberal es François Fillon: a diferencia de Le Pen, cree en la globalidad, en el mercado sin regulación alguna y en el dios de los católicos; todo a ultranza. El mismo fervor que manifiesta Donald Trump, aunque este último también quiere a Vladimir Putin.

Cuando los electores, entonces, contradicen las encuestas, se produce una crisis de relatos. Todos miran a las agencias demoscópicas, algunos a los ciudadanos. Casi nadie al sistema, y es eso lo que está cambiando.

*Escritor y periodista.

Miguel Roig