COLUMNISTAS CATALUñA

Un sueño aún lejano

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Coup d’État de manual. Intervención a la policía que se negó a golpear ancianos y mujeres. Destitución de un Parlamento elegido en elecciones libres, convalidadas por España, con 78% de asistencia a urnas y voto no obligatorio. Un presidente, vice y consejeros con 61% de escaños –que más los diez de CUP suman 71 escaños independentistas–, ungidos con la única promesa que siempre honra el Estado español cuando de “catalufos” se trata, una estadía en Soto del Real.

En fase declaratoria, 24 horas después de la imputación y en flagrante violación a todo derecho, el vicepresidente, la presidenta del Parlament y seis consejeros, destacados catedráticos y profesionales, son arrojados a calabozos de diferentes prisiones. ¿Justicia?, cuyos fallos bizarramente previsibles otorgan, de modo supersónico e inapelable, una y cada una de las acusaciones de la fiscalía general.

Sedición y malversación ( por adquirir urnas y papeletas prohibidas) para quienes hoy como en el ¿ayer? del Generalísimo cruzan furtivos el Pirineo, mientras el marido de la infanta con régimen ultravip se timbea en Londres la plata robada de los españoles, y centenares de pillos entre condenados y procesados, jerarcas del Partido Popular, no verán ni la foto de la mazmorra en la que se pudren Cuixard y Sánchez.

Los “subversivos”, término en boga en la península del relato dictatorial, responsables de un civismo de masas finés y de que los comercios estén abiertos cuando se superponen con la ruta de las movilizaciones. ¡Una “marca españa con minúscula” que cotiza en La Salada!

La jefa de la oposición, Inés Arrimadas, de Ciudadanos, que junto al PP no suman una sola alcaldía en Cataluña, se aviene a gobernarla con Mariano Rajoy. Elecciones fijadas por el Estado para diciembre. Cul-de-sac, los “indepes” pierden si compiten porque avalan el putsch y carecen de garantía de fair play , y si no lo hacen, porque la minoría empoderada por Madrid les ocupa el espacio político que resignan.

El “mago” Rajoy, que cambió el Estatuto de 2008 cercenando la autonomía, y decretazo mediante levantó restricciones para que las empresas pudieran irse de la tierra de Gaudí, culpó luego a la “inestabilidad secesionista”. El escándalo, denuncias de empresarios presionados.

La cruzada hace pie en medios dominantes que equiparan el nacionalismo catalán con el de Le Pen o Nick Farrage. La coalición “indepe” hegemonizada por ERC, una izquierda republicana y liberal, odia el vacío de un “Catalexit” y elige Bruselas para internacionalizar su proscripción. Los escasos espacios autónomos se traducen en aulas de acogida para los inmigrantes y ayuda social paralizada hoy por Madrid, o bochada como el fondo de pobreza energética. Los falangistas, vitalicios de las marchas de “la España silenciosa”, lo saben.

La subordinación, dilución del conflicto de clase, al diseño del enemigo externo permanente, marca registrada de todo nacionalismo, es el rasgo central de la agenda de La Moncloa de los últimos años.

No los une el amor... Un PP en retroceso, jaqueado por la trama Gürtel y Barcenas, y la debacle económica e institucional, forma gobierno a los ponchazos con su socio de un 155 que le granjeó patadas de coaliciones en alcaldías catalanas, el PSOE de los barones non sanctos y “puertas giratorias”.

Devaluados en España, y hasta el dígito en Cataluña, se cuelgan del veneno anticatalán y lo inoculan como norte político. La línea para deslegitimar a los líderes indepes: “Locos que arrastran a los catalanes a un callejón sin salida”. El argumento, falsable para ambos bandos, es un muro de la cuestión catalana; el nacionalismo del español de a pie que detesta una escisión y seguirá votando por su asfixia. El otro, una UE que eligió entre la democracia y el temor al compromiso económico de un deudor mayor devenido de una secesión. Y de un modo obsceno, a juzgar por la palmada de Macron a Rajoy a horas de las porras. Muros que no ceden. Las réplicas represivas bajo la convergencia espacio-temporal creada por las redes podrían saturar la tolerancia europea. Pero no parece que el Govern exponga a las masas a los rigores de una resistencia pacífica. A nivel interno, la llegada a Moncloa de la única fuerza que apoya un referéndum, Podemos, dependía de un pacto con un PSOE que eligió hace rato de qué lado está.

*Geógrafo UBA, MA, UA, UNY.



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