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¿Una anomalía republicana?

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Entendemos que el antagonismo es el modo en que se expresa la vida misma en su dimensión política. Justamente por ello la democracia, en la que el antagonismo cobra vigor, requiere de la república, ¿pero qué es lo requerido y por qué?
Lo que se requiere es una regla de juego, una neutralidad, un límite externo, casi un ritual, no uno que dependa de la reforma de los seres humanos de carne y hueso. Y si bien no alcanza con la ley o la institución, debe ser al menos posible vincular el antagonismo con ese límite, para que la comunidad no sea devorada por la violencia de la confrontación.

Es bastante evidente que nos gustaría encontrar ese camino que les hubiera encantado hallar tanto a Hobbes como a Rousseau, sin matar a la comunidad, pero tampoco volviéndola mítica. (La cuestión es ciertamente mucho más antigua, aunque en estos autores modernos haya reaparecido bajo una nueva imagen: no por nada ya el viejo Confucio en la lejana China buscó armonizar la buena vida con las reglas del ritual).
En el contexto más inmediato de nuestra política, sometida a la presión de su reducción electoralista, es difícil discernir ese camino por el cual el antagonismo democrático alcanzaría su contención republicana. En efecto, ¿qué nos promete el panorama electoral para las ya inminentes elecciones presidenciales?  
Sería fácil, prudente pero acaso erróneo, decir que nos ofrece más de lo mismo, pero en circunstancias agravadas por la agudización del antagonismo y por la fragmentación y fragilidad de las organizaciones políticas. Por el contrario, cabe temer incluso que lo que tiene de más vital y real el antagonismo podría diluirse en corto tiempo, mientras que la expresión republicana vería esfumarse su sustancia hasta convertirse en cáscara vacía, ofreciendo una coartada a los poderes más corporativos.

Sin embargo, pongamos a prueba otra hipótesis más interesante: lo que se nos presenta en el próximo turno electoral es un conjunto de anomalías, y en esas anomalías quizá anide la simiente de un mayor grado de equilibrio republicano para nuestra democracia, fortalecida en los últimos años.

Reduzcamos nuestra búsqueda de una especie de “epifanía” republicana a las tres candidaturas que tienen, por el momento, chances reales de ganar la elección. Comencemos por el kirchnerismo, es decir, por la continuidad del gobierno de CFK. Hasta hoy, parece que continuará a través de una anomalía: llevar como candidato a Daniel Scioli, que lo representaría no representándolo.
Por otra parte, si nos vamos al extremo opuesto, ¿qué encontramos? A la UCR y a Elisa Carrió, no ya como candidata a presidenta sino asociada a la candidatura de Mauricio Macri, que es un candidato anómalo para muchos de los que lo apoyan. En efecto, el macrismo es algo parecido a un populismo conservador, más bien antipolítico, al que votarán mayoritariamente los radicales, ¡que siempre fueron lo opuesto a ello, Carrió incluida!

Por último, tenemos a Sergio Massa y su frente renovador, que es una entera anomalía donde se juntan ex radicales, ex lilitos y peronistas de la vieja guardia, muchos de los cuales formaban parte del apoyo kirchnerista hasta hace uno o dos años, ¡y hasta su propio líder formó parte del gobierno de Kirchner!

Ahora bien, si se acepta que el próximo presidente de la Argentina surgirá de formaciones políticas y candidaturas anómalas, y se repara en que todas esas formaciones se constituyeron dentro del antagonismo, ¡bienvenida sea la anomalía! El problema está en si estas anomalías no serán una regresión en cuanto a lo conquistado por nuestra democracia en la última década. Por ello, el desafío parece radicar en esto: ir por más democracia fortaleciéndola dentro de la regla de juego republicana, ¿tenemos derecho a esa esperanza?

*Ex senador (2007-2013). Filósofo.



Samuel M. Cabanchick