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¿Una Argentina republicana?

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La Argentina actual se caracteriza por un nivel institucional muy bajo (las instituciones argentinas ocupan el lugar 137 entre 144 países de acuerdo al Informe de Competitividad Global 2014-2015 del Foro Económico Mundial), un altísimo nivel de intervencionismo estatal en la economía (139 de 144 en “carga de la regulación gubernamental”, misma fuente) y nuestros socios internacionales son Venezuela, China y Rusia.

Las explicaciones usuales incluyen ingredientes como una ideología atrasada cincuenta años, corrupción, etc. Seguramente hay algo de verdad en estas ideas, pero quienes sueñan con un gobierno de ideales democráticos y republicanos debieran considerar una explicación alternativa más preocupante.

A pesar de los resultados mencionados, luego de casi ocho años en el poder y cuatro anteriores de su marido, quizá la Presidenta realmente quiso transformar a la Argentina en Alemania, quizá genuinamente se propuso institucionalizar el país como enunciaba en su primera campaña presidencial. Pero tal vez se encontró con que el precio de la institucionalización es demasiado alto. Quizá su hiperpresidencialismo responde en parte a la frustración frente a la incapacidad de moldear una realidad que resultó ser menos maleable de lo esperada, y se resignó a seguir el camino de menor resistencia.

Aunque el relato sugiera lo contrario, la combinación de populismo con capitalismo de amigos, lejos de ser revolucionario, es el sistema de menor resistencia para el político. Justamente por ello es en los hechos el sistema adoptado por la gran mayoría de los países. Los verdaderos revolucionarios, los que en el largo plazo le brindan bienestar sustentable a su gente, son las democracias con fuertes instituciones republicanas. Pero a nivel global son la excepción.

Douglass North, Nobel de Economía de 1993, definió a las instituciones como “restricciones autoimpuestas que estructuran las interacciones políticas, económicas y sociales”. Las restricciones son formales (Constitución, leyes, derechos de propiedad) e informales (tabúes, costumbres, tradiciones) y contribuyen al crecimiento, el orden y la seguridad de la sociedad.

¿Por qué la combinación de populismo con capitalismo de amigos es el sistema más simple y amigable para el político? El capital y el trabajo están siempre en tensión. La riqueza de una sociedad en general cambia de manera lenta comparada con los tiempos de la política. En el corto plazo la manera más sencilla de tener más no es la dura competencia en el mercado, sino quitarle una parte al otro. En el largo plazo esto reduce el potencial de crecimiento.

El Estado arbitra esta relación tensa, por lo que tanto el capital como el trabajo tienen incentivos para influenciarlo. El árbitro no está exento de los mismos incentivos que afectan a las partes y, en ausencia de restricciones (instituciones según North), le conviene ser influenciado.

Como el trabajo es más numeroso, su moneda de cambio son los votos. Al político le conviene torcer las reglas por los votos, si éstas no ofrecen mayor resistencia. La moneda de cambio del capital es… bueno, capital. Al político le conviene torcer las reglas para hacerse del capital que financia la política y aumenta las chances de mantenerse en el poder. El populismo con capitalismo de amigos para el político es como tener el pan y la torta al mismo tiempo.

A pesar de que las instituciones son buenas para la sociedad en su conjunto, en el aquí y ahora todas las partes pagan costos por las restricciones que implican. Espero que el próximo presidente sea consciente de esta dificultad desde antes de asumir el cargo y tenga un plan de gobierno consistente con la misma. Pero esto depende de una fuerte presión ciudadana para lograrlo. No es fácil solidificar instituciones formales sin instituciones informales que lo demanden.

*Director del MBA, Ucema.



Sergio Pernice