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Una blanca calma

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Cuando te operan, te van durmiendo de manera gradual. Primero te dan un ligero golpe de anestesia y  las preocupaciones del mundo –incluso tu futura cirugía– se van: uno orbita en la espuma maravillosa de los días. Antes de aplicarme la anestesia total, el anestesista se me acercó y me dijo: ahora pensá en algo lindo que te vamos a dormir completamente. Yo pensé en unos elefantes que una vez vi en las afueras de Bangkok, mientras iba en moto, con Guadalupe sentada atrás, agarrada a mi cintura. Una manada de elefantes ondulando lentamente sobre un prado. Gris sobre verde. Los elefantes siempre me trajeron calma. Hay algo en su inmensidad que se asemeja a la bondad. Grandes vegetarianos que parecen saber todo sobre el mundo y que han sido –por lo que saben– sancionados por la naturaleza a cargar esos marfiles que los vuelven víctimas de la codicia humana. Ayer unos cazadores mataron a Satao, uno de los elefantes más grandes del planeta que vivía en Kenia. Tenía casi cincuenta años. “Era muy inteligente, estoy seguro que se metió entre el follaje para ocultar sus colmillos de los humanos porque sabía que corría peligro”, dijo Mark Deeble, el documentalista que lo filmó muchas veces. Canta Spinetta en Los elefantes, una hermosa canción de Almendra: “Lo elefantes saben descansar,/ van a morir de paz/ Un elefante sabe como aquél/ el creador de la tierra y el sol”. Y agrega sobre el final: “Un elefante anda por aquí./ Vamos a verlo andar/mientras sea un elefante hasta el final/ no tendrás que entender,/ y tendrás calma, /una blanca, blanca calma”. ¿De qué habla Los elefantes?, le pregunta Juan Carlos Diez a Spinetta: “El tema propone la idea de que nosotros, al lado de ellos, no somos nada. Lo cual me suena acertado. Si tuviéramos la misma chispa pero con la serenidad de un elefante, andaríamos mucho mejor por la vida”. Es palabra del Flaco.

Fabian Casas