COLUMNISTAS HISTORIAS BICENTENARIAS

Una Buenos Aires católica

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En tiempos coloniales la religión católica era parte esencial de la pertenencia a la patria española. Tal era el peso de la religión en lo urbano que recorrer aquella Buenos Aires aldeana significaba caminar entre santos e iglesias. Las imágenes que dejaron los pintores que la retrataron en tiempos de la Colonia la muestran chata, salvo por los campanarios.

Los nombres de las calles dan testimonio de la conjunción que existía entre fiel y ciudadano. En 1770 las actuales calles Balcarce y 25 de Mayo se llamaban Santo Cristo, Florida era San José, y Maipú se conocía como San Pedro. Lo mismo con las hoy avenidas Belgrano (Santo Domingo), Corrientes (San Nicolás) y Córdoba (Santa Rosa).

La concentración de templos era enorme en un pequeño espacio. En 1860 la ciudad tenía unas once parroquias, había 15 iglesias más la Catedral, la mitad de ellas en un radio de tres cuadras alrededor de la Plaza Mayor. Con reformas, siguen siendo los edificios más antiguos que sobreviven en Buenos Aires: San Ignacio, Santa Catalina, San Francisco, Santo Domingo, La Merced, entre otras.

La religión en la Colonia. Las órdenes religiosas más influyentes fueron los franciscanos, dominicos y jesuitas. La Compañía de Jesús, fundada en 1540, creó colegios, estancias, misiones, enseñó a construir y cultivar. Los jesuitas ocuparon lugares centrales en la ciudad, primero en lo que hoy es la Plaza de Mayo y luego la Manzana de las Luces.

En tiempos coloniales se era súbdito del Rey y de Dios, no se podía disociar una cosa de la otra. La Iglesia era la sociedad, siendo ambos algo parecido a sinónimos. “En el imperio español, el súbdito es a la vez un fiel católico, que vive bajo el cetro del monarca español, y por lo tanto hay una completa identificación entre súbdito y feligrés, algo que después con la revolución se va a romper. En la época colonial el conjunto de los fieles es el conjunto de los súbditos”, afirma Roberto Di Stefano, autor de Historia de la Iglesia argentina.

La de las parroquias es la primera organización territorial urbana, y todavía está en la memoria de muchos argentinos. Por otro lado, es muy fuerte la presencia eclesiástica en la campaña: allí llega primero la Iglesia, y luego la autoridad civil. Casi siempre los pueblos nacen originariamente de curatos. También en algunos casos surgen de fortines, pero el fortín y la capellanía militar siempre iban de la mano. El poder civil y el poder religioso se movían juntos.

El siglo XIX implica un cambio contundente, porque se empiezan a separar Estado e Iglesia, ciudadano y fiel. El ciudadano puede ser algo distinto al feligrés y la definición del ciudadano deja de ser confesional, en una de las novedades del nuevo siglo.

Es que en 1810 cambia el principio de legitimidad. Aún con sus problemas de implementación, la legitimidad popular reemplaza a una legitimidad que tenía un origen religioso en la época colonial. Cuando se define la soberanía en términos de soberanía popular –que emana del pueblo– se seculariza el origen del poder y se produce una divisoria de aguas; ya no se vive necesariamente en un régimen de unanimidad religiosa: Estado, Iglesia y sociedad dejan de ser una misma cosa.

Se piensa a veces que la Revolución de Mayo se hizo contra la Iglesia. Pues no es tan así. Un grupo de obispos se opuso a la revolución, pero un sector del clero la apoyó, en parte por estar disconformes con la dependencia de la corona. Hay casos notorios de aval a la revolución, empezando con la participación de religiosos en el Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810. Lo ha resaltado varias veces el cardenal Bergoglio, hoy papa Francisco.

Tanto es así que los cambios de legitimidad que trajo 1810 no sepultaron la fe ni los valores religiosos. Manuel Belgrano vivió 50 años, 40 de los cuales fueron como súbdito del rey. Los últimos 10 fue revolucionario y jefe de los ejércitos de independencia, pero nunca abandonó la fe ni dejó de inculcar la espiritualidad a sus soldados. Cuando Belgrano muere –en la extrema pobreza– es enterrado con el hábito dominico, dado que era terciario de esta orden en Buenos Aires.
 

*Historiador.



Diego Valenzuela