COLUMNISTAS NAVAJAS

Una cadena invisible

Embarcando en Chile descubro en mi bolso de mano un objeto cortante, el paradigma de los objetos cortantes, el summum del tajo y el tronchado: una Victorinox con unos cien años de uso, embutida en un estuche de cuero gaucho repujado.

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Embarcando en Chile descubro en mi bolso de mano un objeto cortante, el paradigma de los objetos cortantes, el summum del tajo y el tronchado: una Victorinox con unos cien años de uso, embutida en un estuche de cuero gaucho repujado. Yo había olvidado que ese objeto estaba en el bolso, pero es lógico: sin considerarme un héroe, mi bolso es receptáculo de cosas de primera, segunda y quinta necesidad, como saquitos de té bueno por si tengo que ir a lugares donde sólo hay Green Hills, una libreta del año 1996 donde describo las figuras de tango que aprendí con Virulazo y Elvira y que ahora son sólo signos en código para los cuales me falta un Champolion, mi espada Chien retráctil para practicar los vaivenes de la Forma Secreta, el guión de una película que no hice pero de la que por ahí todavía me llaman si se hace, mil sobres de stevia, un chupetín de uva. ¿Cómo hacer para vivir sin estas cosas que no usaré nunca, y tampoco en este viaje? Antes de que mi valija grande sea despachada en la gélida bodega del avión, embuto la Victorinox y la salvo de esa urna de acrílico odioso, de ese cementerio público de escarnio, ese mensaje publicitario para pasajeros tercos que aún insisten en querer llevar en la cabina tijeras, agua mineral, encendedores o Samsungs 7 a punto de explotar como pochoclos.

El origen de esta navaja es sorprendente. El fotógrafo cordobés Manuel Araya vino una vez a verme al teatro. Cuando salí, adecentado por mil toallazos como un boxeador herido y maloliente, él ya se había ido. Esperar a los actores a la salida del teatro es humillante. Yo no lo haría. Araya había dejado este regalo para mí en la boletería. Sin una nota, sin una aclaración. Supuse todo tipo de cosas. Supuse que la obra lo habría turbado lo bastante como para sentir la necesidad de darme algo a cambio. Así que lo acepté como un regalo misterioso, equivocado, lleno de amables intenciones. Pensé: “Me ha dado lo primero que encontró en su bolso”. Y yo sé lo difícil que es deshacerse de las cosas de los bolsos.

Lo cierto es que yo no sabría qué hacer con una Victorinox. Desde ese entonces me obsesioné con la idea de encontrarle alguna utilidad, como me pasa con algunas palabras nuevas que desconocía y que aprendo de repente, para las que busco situaciones amables donde depositarlas con cuidado. Coruscante. Flexágono. Hipertelia.

Después de muchos meses y a raíz de este episodio aeroportuario en el que salvé heroicamente el estuche y la navaja, le escribo a Araya (que ahora está en Barcelona y no sé si vive como fotógrafo, cantante, escritor o traficante) que tengo su arma y que no sé por qué me aferro a ella esperando ilusoriamente que aparezca un uso. No destapo cervezas porque no bebo, no arreglo canillas y no sé si las canillas requieren de destornilladores o de filos, no corto alambre de enfardar, no asalto gente por la espalda. El momento se hace esperar mucho.

Araya me contesta apenas que de cualquier manera el destino de esas navajas es terminar perdidas y si no perdidas, olvidadas en el fondo de un cajón y que él cree que tienen su momento de gloria cuando alguien las encuentra y parecen útiles pero no lo son. Agrega que todo lo que dijo parece su autobiografía y que Barcelona lo está tratando bien (¿y de qué otra forma puede Barcelona tratar a las personas?, pienso yo) y que él es como mi Victorinox.

La llama “mi” Victorinox y ahora sé que ya no podré desprenderme de ella, pobrecita, pobres todos. Salvo que se la regale a alguien que la necesite tanto como yo, que se la pase en una cadena invisible de favores.

Los que fabrican Victorinox bien lo saben: nadie las usa pero todos las desean. Es el destino seguro de los regalos mal elegidos. El desatino del obsequio traza los bordes de una brecha existencial. Imagínese usted, señor, señora, que alguien le regalara zapatillas de baile. Unas finísimas, rosadas, sin uso, tentadoras. ¿Es tan fácil decir “no son para mí” y tirarlas en un ropero? ¿O traen aparejadas la pregunta más amenazante, a saber: quién soy yo? ¿Y quién he sido? ¿Y quién dice que no puedo ser Maya Plisétskaya o Julio Bocca en vez de ser yo y tener que ser yo para siempre?