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Una discusión pendiente

Los breves segundos que dura el video bastan para incriminar a cualquiera.

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Los breves segundos que dura el video bastan para incriminar a cualquiera. La mujer rubia que baila sobre el escritorio de una oficina de la ex ESMA y el grupo de administrativos que hace coro junto a ella alcanzan el grado extremo de lo banal. No basta con indignarse, sino que es necesario ir más allá y tratar de hacer un esfuerzo por pensar qué es aquello que hace posible que ese tipo de cosas ocurran en un lugar cargado de tantos sentidos para nuestra historia reciente.

Desde su “recuperación” como sitio de memoria, la ex ESMA fue escenario de las más diversas intervenciones, desde murgas y asados en su parque hasta su uso para recitales, dictado de clases de cocina, set de filmación y espacio de ensayos acrobáticos. Todas estas actividades fueron justificadas bajo el lema que, como un mantra, acostumbraba a repetirse: “Donde hubo muerte debe haber vida”, una consigna sin densidad alguna, que hizo posible que se permitiera hacer allí todo o casi todo, y que al ser enunciada desconocía con inmensa soberbia el espesor de los agudos debates y reflexiones alcanzados sobre el sentido y el cuidado de los lugares de memoria.

A pesar de que desde 2002 y por más de una década tanto se dijo y se escribió, tanto se discutió y reflexionó junto a expertos nacionales y extranjeros sobre cómo abordar su significación histórica, memorial y educativa, la ex ESMA no logró sortear casi ningún abuso. Tironeada por intereses ideológicos, parcelada y repartida a discreción como trofeo entre diferentes organizaciones, rápidamente se convirtió en territorio a conquistar. Y en medio del avance de esa anárquica conquista que desatendió cualquier opinión o advertencia que no fuera enunciada por los “autorizados”, tuvo lugar una serie interminable de acciones alejadas de cualquier sentido común, de las que la célebre

parrillada a cielo abierto es una de las más memorables porque en su momento fue justificada por representantes del Estado nacional e incluso por no pocos de los que allí habían padecido cautiverio. Por eso la imagen vulgar del perreo entre los escritorios que hoy reproducen las redes sociales no debe verse como algo extraño o

excepcional: se trata de una continuidad que enlaza otras tantas situaciones que con mayor o menor difusión pública tuvieron lugar en ese espacio a lo largo de estos años y que contribuyeron tristemente a opacar aciertos que sólo un gesto de necedad sería capaz de negar.

Acaso deberíamos estar dispuestos a asumir que algo no ha sido como lo esperábamos en los intentos de preservar muchos de nuestros sitios de memoria, que algo ha fracasado en nuestros esfuerzos por protegerlos  –tanto de la sacralización como de la banalidad–, por volverlos lugares de verdadero interés para la sociedad en la que ellos desplegaron su más terrible función en el llamado pasado reciente.

Si luego de casi cuatro décadas de democracia todavía hay que esforzarse en argumentar que “eso” no es posible de hacer en la ESMA ni en ningún sitio donde el dolor talló su marca más poderosa e hiriente, es porque algo o mucho de lo allí ocurrido no fue interpretado o entendido en su verdadera y dramática dimensión.

Una vez más queda demostrado que, a diferencia de lo que dicen los discursos que suelen enunciarse a la hora de recuperar los antiguos lugares del dolor, no alcanza con salvarlos del olvido, con despojarlos de su anonimato en el corazón de las tramas urbanas; ése es un primer paso que luego debe dar lugar al arduo y nunca sencillo trabajo de transmitir serenamente sus sentidos: generando diálogos, abriendo reflexiones por fuera del grupo de los “ya esclarecidos”, volviendo sus historias comprensibles y “cercanas”, pensando especialmente en aquellos que las desconocen o que no fueron contemporáneos a los hechos allí ocurridos.

A pesar de que se insista en decir que los sitios fueron preservados por ser testimonio irrefutable de un tiempo que a todos nos avergüenza, con eso no basta. La permisividad y la defensa de las choripaneadas, las clases de cocina y las murgas en el pasado, como la posibilidad del perreo en este presente, ponen de manifiesto la inmensa brecha existente entre las palabras y los actos, al tiempo que reafirman que hay mucho que no se ha hecho bien para alcanzar el cumplimiento de ese objetivo, porque no hay sincero testimonio del dolor ni sagrada memoria de la muerte vil del semejante que pueda convivir dignamente con tanta banalidad.

Sobre esto habría que discutir, y sobre esto hay muchos que deberían responder.


*Docente de la Universidad Nacional de Rosario.



Rubén Chababo