COLUMNISTAS

Una grande de mozzarella

Una mirada a las características de la policía argentina, tanto Metropolitana como Federal, luego de su bochornosa participación en los incidentes del domingo en el Obelisco. 

Ya el ruido ha pasado. Los argentinos, que nos preciamos de ser una sociedad que preserva de manera muy intensa la cultura de la memoria, ya nos estamos olvidando de lo que sucedió el domingo 13 de julio por la noche. Yo, en cambio, les propongo ahora mismo intentar hincarle el diente a lo que sucedió, pero desde una perspectiva eminentemente tópica, por no decir profesional. ¿Qué policía tenemos en la Argentina? ¿Cómo se caracteriza?

Más allá de las manipulaciones políticas, hoy escandalosas, y a las que llegaré al final de este comentario editorial, porque nadie se va a salvar de mi juicio sobre lo que pasó, ni el Gobierno nacional, principal responsable, ni el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, cuya omisión fue escandalosa. Quiero, antes de eso, ir a los aspectos específicos de lo que solemos conocer en nuestro país como “policía”. Les propongo, por ejemplo, hacernos cargo del aspecto físico que tiene hoy el personal uniformado de la Policía Federal. Uno los ve en la calle todos los días: la mayor parte de los agentes de la Policía Federal exhiben sobrepeso; su actitud en la vía pública es de desinterés y distracción; lo más habitual es verlos ensimismados en el funcionamiento de sus teléfonos celulares, sin siquiera recorrer con sus ojos lo que pasa en la calle; se advierte una impresionante falta de preparación profesional; y la doctrina y estrategia de la policía, supuestamente planificada y consignada en las normas, se da de choque – o mejor dicho, confronta – con una realidad política: el país de los argentinos ha resuelto ser una sociedad donde no existe el castigo.

¿Y qué muestra la gestualidad, el aspecto exterior, de la policía? En términos generales, y cuando hablo de policía hablo, básicamente de la Federal, su gestualidad a veces es embarazosa, porque cuando uno los ve haciendo orden cerrado, parapetados en sus grandes escudos y con las caras tapadas con sus cascos, advierte que pareciera ser que son capaces de todo; sin embargo, esa intimidación es estéril. Por ejemplo, la lentitud deliberada con la que la Policía Federal llegó a ponerse en movimiento en la Plaza de la República el domingo fue escandalosa. La eficacia en el accionar policial es harto cuestionable; y sobre todo, advierto, en una mirada fría, despojada de adjetivos calificativos, una incapacidad técnica escandalosa para afrontar grupos violentos sin producir matanzas.

Esta es la policía que vemos, como la veo yo todos los días, testimonio ocular: estaciona el patrullero en la esquina de la pizzería, y uno ve entrar al triste agente, para salir con la pizza en las manos. El código de los trabajos suplementarios ha envenenado la labor policial y hay, además, una omisión que no podría ser aceptada en ninguna ciudad con una policía realmente profesional. No existen parejas de policías caminando las calles. El policía anda solo, hablando con los porteros, ensimismado, con su teléfono celular. De cara a las grandes conmociones sociales, los tumultos, los disturbios y los saqueos, una y otra vez vemos la incapacidad casi ontológica de la policía para actuar con eficacia técnica, rectitud legal y sin violencia asesina

En infinidad de series de televisión sobre asuntos criminales y policiales, sobre todo europeas, no de los Estados Unidos, se advierte que otros modelos policiales no ignoran ni dejan de lado que la presencia de la corrupción es endémica en prácticamente todas las fuerzas policiales del mundo. No hay ninguna que se salve de eso. Pero en la Argentina, no hay siquiera –de cara a la sociedad civil– un departamento de Asuntos Internos que le comunique a la sociedad qué es lo que se ha encontrado, en dónde está podrida la manzana, por dónde anda mal el trabajo policial.

Se me dirá –y debo compartir la preocupación- que todo esto comienza y termina en la conducción política. Hoy en la Argentina la policía carece de la más elemental autonomía operativa. Ése es el huevo de la serpiente. La conducción política de la Policía Federal está a cargo de un gobierno que ha resuelto someterla de una manera muy fuerte para implantar este estado de permisividad total, que hace que se tenga la sensación que tuvimos el domingo por la noche: mucha gente, mucha más de la que a uno le gustaría, no le tiene miedo a nada.

Acá se ha hecho mucho barullo y se ha jugado mucho con la expresión “tolerancia cero”. Pero me temo que debo compartir con ustedes que he llegado a la conclusión que hoy tenemos “tolerancia mil”, no “tolerancia cero”.

La permisividad se ha extendido a todos los rincones de la sociedad con la muy explícita complicidad de la clase política. Clase política es una frase que durante años quise evitar, porque me traía el recuerdo del uso populista de la expresión, de la desacreditación de la democracia, pero la triste conclusión de lo que pasó el domingo por la noche, es que la Policía Metropolitana, fundada por el ingeniero Mauricio Macri, está remotamente lejos de su razón de existir.

Es, además, políticamente inaceptable que un hombre que aspira a ser presidente de la Nación, haya dejado pasar ya 72 horas sin dar la cara y decir lo que pasó y lo que no pasó, y por qué sucedió lo que sucedió. Parece que el ingeniero Macri, un hombre que maneja tan bien los medios masivos de comunicación, no habría tomado en cuenta que millones de argentinos vimos la actuación ridícula, patética, inaceptable de la Metropolitana, trotando por la calle, cuando los ladrones y los saqueadores se llevaban lo que querían de los negocios saqueados en la Plaza de la República.

¿Por qué actúa así el ingeniero Macri? Lo ignoro. ¿Estará extorsionado? ¿Pensará que si dijese la verdad o asumiera los riesgos, esto le podría traer consecuencias políticas, como lo que pasó en el hospital Borda? No lo sé. Pero algo debería tomar en cuenta un hombre que aspira a que los argentinos lo votemos como presidente el año que viene. A veces, el exceso de prudencia o de cálculo es cobardía y es perder una oportunidad. Lo que pasó el domingo por la noche pone, negro sobre blanco, la verdadera realidad de un país que, en los hechos cotidianos, carece de policía. A menos que ustedes –cosa que dudo– quieran aceptar que nuestro destino es aceptar el modelo de oficial de policía es el que, patéticamente, se baja del patrullero e ingresa a la pizzería para llevarse, “de garrón”, una grande de mozzarella.

(*) Emitido en Radio Mitre, el miércoles 16 de julio de 2014. 



Pepe Eliaschev