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Una intervención

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Esta semana leí una notable entrevista a Hugo Vezzetti a cargo de Gonzalo Aguilar en la revista digital Informe Escaleno. Vezzetti vuelve sobre los temas del debate social acerca de los usos de la memoria y los efectos culturales de la violencia política, presentes en dos libros de gran hondura conceptual, Sobre la violencia revolucionaria. Memorias y olvidos, y Pasado y presente. Guerra, dictadura y sociedad en la Argentina. Pero en la entrevista Aguilar avanza sobre la actualidad de los derechos humanos en la Argentina, en un tono de eximio polemista, que permanecía mucho más solapado en esos libros. Es un Vezzetti que a la inflexión argumentada, documentada, profunda y estilísticamente austera de sus libros le agrega una fuerte dosis de mal humor y de crítica frontal a las políticas que llevó adelante el Gobierno en esta década en que el pensamiento sobre los años 70 y el debate por los derechos humanos ocupó un lugar central en la escena pública. Como con todo buen polemista, es imposible estar de acuerdo con todo lo que señala. Disiento más de una vez, pero eso es lo de menos. Así como si lo que trivialmente se conoce como “kirchnerismo” hubiera tenido más voces como las de Horacio González habría sido mucho mejor, también si lo que banalmente se nombra como “oposición” hubiera tenido más intelectuales como Vezzetti habría sido mucho más efectiva. Tarde o temprano deberá escribirse sobre el populismo antiintelectual de esta época, que supone que nombrar coordinador de no sé qué pensamiento nacional a un profesor del CBC –“especialista” en
Walter Benjamin y que no sabe una palabra de alemán– para que organice ciclos de mesas redondas y tenga un programa propio en ATC es un signo de interés por lo intelectual, o que imagina que Marcos Aguinis o Santiago Kovadloff son profundos pensadores de grandes cuestiones éticas, entre una charla con empresarios dudosos y viejos libros escritos para Massera. La entrevista de Informe Escaleno puede leerse, entonces, como una saludable intervención a contracorriente, casi como una insolencia. Transcribo un párrafo: “Recuerdo en el ’85, cuando empezaban las movilizaciones, que teníamos discusiones en el Club de Cultura Socialista y alguien decía ‘el bombo es la antipalabra’ (…). En fin, eso ha llegado al paroxismo. Lo último es la murga en los centros clandestinos de detención. Las murgas ya estaban, desde hacía rato, en la conmemoración del 24 de marzo. Y podía decirse que ya había dificultades para admitir en ese espacio algún tiempo para la congoja, el duelo, la reflexión, el silencio. En fin, nunca hubo silencio en las conmemoraciones. Pero ahora la murga está delante o adentro de El Olimpo (…). Estaba viendo fútbol en los días del carnaval, en el canal público (…). No debían ser pocos los que estaban viendo ese partido. En el intervalo muestran a la murga frente a
El Olimpo. Todo es muy rápido porque son pastillas de pocos minutos. Y habla alguien, una mujer, ex detenida de ese sitio, que también participaba de la murga. Todo esto, lo destaco, resaltado y puesto en la televisión pública.

Y hay una frase de la ex detenida que me llamó la atención: ‘A los compañeros esto les hubiera gustado’. Por un lado, ¿quién puede hablar por los muertos? ¡Qué nivel de seguridad y de soberbia supone arrogarse la posición de hablar por los muertos!”.



Damián Tabarovsky