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Una memoria hacia el futuro

Se trata de una textualidad de límites borrosos en cuanto al género, en cuanto a los temas y los procedimientos.

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Se trata de una textualidad de límites borrosos en cuanto al género, en cuanto a los temas y los procedimientos. Es prosa poética. Poesía de frases largas, espasmódicas. Espasmos que son rezos, revelaciones, pero también testimonio, tratado amoroso, cuaderno de viaje, libro de “memorias”, glosas.

Una textualidad descentrada, que investiga, fundamentalmente por su propia lengua. Una textualidad oración, todas oraciones: el texto ora, recita, actúa, reconstruye el mundo. Una lengua que aparece atropellada, conversa, recuperada. Enhiesta como verga, lengua viril en boca de mujer que es poeta y memoria viva. Lengua en el cuerpo, tema y estructura ella misma del libro. Lengua como idiomas, alfabetos, versiones, traducciones.

¿Qué leemos, qué vemos en el libro de Ana Arzoumanian? Incrustaciones, urdimbre mixturada, misteriosa, al acecho, intertextos que vienen de El Corán, de cartas ancestrales, de los secretos, de lo que se pudo leer alguna vez, de los silencios. La lengua vuelve a través del silencio de lo blanco y de lo que no es blanco y que es piel y es letra y es textil y es líquido corporal. Y el líquido del cuerpo es una disolución. Y el cuerpo del libro es una asociación.

Vuelve la lengua como plegaria, el verso se agota, se acuesta finalmente sobre el renglón, el verso no quiere ser verso, no le sirve, se hace exhortación, se va a buscar otras fidelidades. Se aplasta en su erección, avanza indetenible como un manto. Y el manto cruza sin abrocharse.

¿Quiénes son los infieles de Ana, quiénes en el libro? Cuáles los vacíos, las desmemorias, cuáles los gritos en negro, en blanco, en rosa. Cuáles los profetas y los profesados. Quiénes los fieles: ¿los amantes? ¿los asociadores? ¿los sembradores? ¿los cuerpos-lengua, las lenguas masacradas, las conversas, las que se callaron para sobrevivir?

Un libro que es morada y también cárcel, apretujo de palabras en la sombra, pero también palabras-golpe. Enigmas. Este es un libro sobre una lengua perdida, sobre la pérdida de cuerpos vivos y muertos, de paisajes. Enigmas para la fe y para el deseo, para los que profesan y para los que depositan su fe en la ciencia. Para los que no pueden regresar, para los que no tienen retorno y así lo dicen sus pasaportes, sus cartas de navegación, sus naufragios.

Este libro es también el relato de un no regreso regresando, navegando. Es todo acción el poema, verbo, sucesión de peripecias, de hechos: la vuelta al mundo y la re-vuelta de los alfabetos que la poeta conoce, en los que decide recordar, en los que decide escribir. Infieles cronologías, infieles lazos de sangre, infieles genealogías. Ningún idioma le sirve. Y el amor se lleva las palabras, las raíces, los recuerdos. Motivos, repeticiones, oraciones, en las alfombras, en la tierra, en los libros, en las invocaciones, en los aprendizajes, en los cuerpos.

Hay que llamar a las cosas por su nombre: guerra, aniquilamiento, golpe, ofensa, lesión, marca. Y el libro hace unidad de la dispersión ¡por los que están en las filas! ¡por los rechazados!, por los que tenían todos los requisitos para triunfar pero no se hallaban en un solo lugar, ellos, los que estaban dispersos. Nosotros.

La poeta hace su propia guerra, su motín antidisturbios, no vacila, no se dispersa, reúne todos los movimientos, todas las evidencias y prueba su fe. Su poesía en este relato épico erótico en el que aparece desnuda, haciendo y actuando el amor todos los amores de todas las mujeres con todos los hombres, ella y la pija como fusil AK M y también ella purificada, ella y sus prótesis: dándose, dándonos, entregándose como lenguaje en peregrinación. Es una plegaria activa, erotizada, una prueba, ella arriba, él abajo, los sexos desapareciendo en el sexo del otro. Ella dice sí porque tener amor dice sí no es sentir, es actuar. Y marca su escrito como ley, no como religión. Palabras extensiones, palabras sin límites, las del libro Infieles, palabras que ascienden entre las manos porque son palabras para las manos de los que van a recordar, de los que recordaron como lo hizo ella. Las palabras son primero silencio, después rezo, después erección: “un solo coito en un periodo de setecientos años sin que se acabe”. “Como si el sexo fuera una pregunta”, dice. En qué relato creer.

“Quienes descrean y mueran, esos serán infieles” ¿En qué parte del cuerpo, del alma de la escritora nos incrustamos para leerla? ¿En la epopeya, en la religión, en las catapultas, en la ficción, en el tratado amoroso, en el testimonio, en los axiomas? Hay un nosotros que rige el estatus de las presencias del libro. Un nosotros mamífero como un nosotros canto; recopilación de memorias de la autora, su yo autobiográfico mostrándose y elaborando a un mismo tiempo, un propio nuestro campo de observación. Ella insaciable, porque toda ella se da el derecho de re-escribir el rezo, el documento histórico, el artificio, la peregrinación. Porque “toda la tierra es una mezquita”, dice.

Aquí el poema es viaje, investigación –de “orden radioactiva”-, dice. Aquí el poema es migración, búsqueda y encuentro de dios y de los nuevos nombres. Acto “bajo fuego cruzado”.

Decisión de saber, de crear. Memoria con hambre de todo, de todas las guerras, de todas las aniquilaciones, de todas las madres, de todas las distorsiones del amor, de todos los desaparecidos. Y memoria hacia el futuro, por decir re-escritura de lo nuestro, por un nosotros nuevo genético y memorialista, “capa sobre capa”: ritual de apareamiento, nueva familia para compartir.


*A propósito del libro Infieles (Libros del Zorzal), de Ana Zoumanian.



Nara Mansur