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Una noticia

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Leo en Clarín del 4 de mayo una noticia que casi no tuvo ningún otro eco en los demás periódicos entre nosotros y que, sin embargo, si yo fuese editor en alguno de esos periódicos la hubiera colocado como nota central del día, y en los subsiguientes hubiera dado cabida a las repercusiones y loa debates. Por supuesto, no entendiendo “debate” bajo el modo trivial en que habitualmente lo actúan los medios: uno “a favor”, otro “en contra”, en nombre de un supuesto pluralismo que lo único que hace es reforzar las desigualdades –de acceso a la palabra pública– de los actores sociales. El de los medios es el pluralismo de un instante evanescente en el que, bajo el modo del simulacro, todas las voces ocuparían el mismo espacio y tendrían la misma relevancia en el set televisivo, o en la página de un diario diseñada en InDesign. Pero pluralismo no es eso: es darles mayor espacio a las voces que habitualmente no lo tienen, a las voces minoría, a las voces silenciadas, a las voces perseguidas, a las voces disidentes, a las voces inmigrantes, a las voces border, a las voces pobres. Por lo tanto “debate”, en ese diario imaginario editado por mí, implicaría apoyar editorialmente el fallo de Tribunal de Apelaciones de Italia, y luego pensar sus alcances, sus límites, sus potencialidades, sus contradicciones internas. Y también “debate” implica pensar los efectos políticos de esa noticia, y reponer la noción de “derechos”, ausente por completo –con el común denominador de su censura en el discurso gubernamental y de su complicidad mediática– en la escena de la discusión argentina. Menciono Italia, porque es el país donde transcurre la noticia, pero que vale también para aquí, porque lo ocurrido bien pronto nos afectará: más temprano que tarde, en Argentina vamos a empobrecer. A empobrecer aún más. La pobreza –incluso la pobreza extrema– es el horizonte previsible de esta época, y sobre eso deberíamos estar hablando, antes que sobre cualquier otra cosa.

Transcribo entonces el título y el copete de la nota: “Robar para comer no es un delito en Italia. Fallo judicial. Lo decidió un tribunal al absolver a un mendigo que había sustraído salchichas”. Transcribo ahora fragmentos del texto: “El Tribunal de Apelaciones de Italia considera que robar comida en pequeñas cantidades, cuando se tiene hambre, no es un crimen, y absolvió a un mendigo que había sustraído queso y salchichas por un valor de 4 euros (…) ‘Las condiciones del acusado y las circunstancias en las que se apropió de los alimentos demuestran que tomó la comida para satisfacer sus necesidades inmediatas (...) y por lo tanto actuó por necesidad’, explicó el tribunal”. Ese mismo día, el diario La Stampa, en un editorial, dio el diagnóstico preciso de lo ocurrido: “El derecho a la sobrevivencia prevalece sobre el derecho de propiedad”. Y mientras pensaba en todo eso, releyendo un viejo manifiesto de Marx sobre la Comuna de París –texto sobre el que volveré alguno de estos domingos– encuentro una frase que nuevamente me da a pensar: “Terrorismo de clase” (refiriéndose al de Luis Bonaparte, escribe: “Fue éste un régimen de franco terrorismo de clase”). Pienso también en un pasaje de Estado de excepción, en el que Giorgio Agamben, luego de un largo rodeo y varias prevenciones, habla de un “derecho a la revolución”. En este otoño miserable, no podemos más que pensar.



dtabarovsky